A Cristina Kirchner se le ha exigido que responda a la reciente nacionalización de empresas del grupo Techint con gritos, represalias y desplantes. Curioso, son los mismos que se la pasan demandando república, concordia y diálogo. Más allá de eso, citan que países serios como Brasil o España jamás permitirían pasivamente que se pisotee sus intereses, como presuntamente hace la Argentina. Y alegan que respetar el derecho venezolano a decidir sus políticas económicas y, en todo caso, buscar un resarcimiento apropiado, es insuficiente.
Falso. Lula da Silva, adorado por la derecha argentina y loado desde Caracas por el Vargas Llosa que al menos escribe (muy) bien como un practicante del “capitalismo radical” se tragó en medio de gritos aun más destemplados del establishment brasileño la estatización del gas en Bolivia. Recordemos: el 1 de mayo de 2005 Evo Morales ocupó con el Ejército las instalaciones de todas las petroleras extranjeras, incluida Petrobras (ver video). Todos le saltaron a Lula a la yugular, acusándolo de haber permitido que se afectara interesas brasileños y que ¡Bolivia! pisoteara la principal empresa del país e incluso el orgullo nacional.
Lula (a propósito, ¿deberá preocuparse por el elogio de Vargas Llosa?) operó diplomáticamente e hizo algún gesto público de enojo. Exactamente igual que Cristina.
Más. José Luis Rodríguez Zapatero soportó (por sólo citar un caso), que Chávez nacionalizara uno de los bancos privados más importantes de su país, el Banco de Venezuela, propiedad nada menos que del grupo Santander. Las críticas fueron iguales y su reacción, ídem. Situación calcada con lo que otras veces tuvo como eje a la Argentina, por caso en el tema de Aerolíneas.
Curiosos tiempos estos, en los que líderes que se reivindican de izquierda se constituyen en héroes idealizados de la derecha.