Los dos mandatos de Lula da Silva se vieron jalonados por numerosos escándalos de corrupción que dañaron dramáticamente la imagen de “fiscal de la República” del Partido de los Trabajadores, forjada por más de dos décadas de implacable actuación opositora. Tanto es así, que hoy, a pesar del más de 80% de imagen positiva del presidente, le cuesta una enormidad entronizar un sucesor y la oposición socialdemócrata (conservadora, en verdad) es amplia favorita para las elecciones de octubre del año que viene.
Los escándalos más graves (pero no los únicos) fueron dos:
El mensalão, que estalló en 2005, derivó en el descabezamiento del PT, les costó la carrera a los principales allegados de Lula y lo tuvo éste al borde del juicio político. Consistía ya no en una versión tropical de “la Banelco” de Fernando de la Rúa, sino en la compra, a partir del pago mensual de u$s 12.500 por cabeza, de toda una bancada aliada, esto es de decenas de diputados.
El otro fue el del llamado dossier. En la previa de la campaña para la presidencial de 2006, cuando Lula da Silva logró su reelección, la Policía interceptó un pago del equivalente en reales a u$s 810.000 de la época a cambio del armado de una carpeta con acusaciones falsas contra los principales candidatos socialdemócratas. El impacto de la foto de semejante paquete de dinero en la portada de todos los diarios brasileños apenas un par de días antes de la primera vuelta privó al presidente de lograr la mayoría absoluta, por lo que debió competir en un balotaje. El caso lo rozó tan de cerca que, entre otras bajas, debió aceptar la renuncia de su jefe de campaña.
Más allá de la veracidad de estas acusaciones (que fueron probadas, aunque no la implicación del propio mandatario), queda claro que la imagen de Lula en Brasil no es precisamente la de un paladín de las virtudes republicanas.
Otro aspecto que a menudo se critica en el kirchnerismo es el del clientelismo. Precisamente lo que la élite paulista le reprocha a lula, a quien acusan de haber comprado a punta de planes sociales el voto de su nuevo bastión electoral, el Nordeste pobre del país.
No se trató aquí de juzgar las luces y sombras del lulismo, sino de esquematizar qué implica como fenómeno. Y de esclarecer a algunos. Las élites brasileñas lo tienen claro: con Lula han hecho fortunas, pero su corazón está con el gobernador paulista José Serra y con el (¿socialdemócrata?) PSDB.