La decisión tomada esta tarde por la OEA de permitir el regreso de Cuba después de 47 años permite extraer unas primeras reflexiones, que dan cuenta de un trasfondo mucho menos idílico que lo aparente para las relaciones entre América Latina y Estados Unidos. Veamos:

  • La región presionó a Estados Unidos con una fortaleza y una autonomía de criterio llamativas, continuidad de lo insinuado en la Cumbre de las Américas de abril en Trinidad y Tobago. La votación de ayer, que se produjo por unanimidad, era impensable hasta enero último, cuando Barack Obama reemplazó en la Casa Blanca a George W. Bush.
  • Sin embargo, no hay que pensar por el momento que Obama esté dando un giro dramático a la tradicional postura norteamericana. El texto votado ayer fue apoyado tras una fuerte resistencia por su canciller, Hillary Clinton, y es lo suficientemente ambiguo como para que un regreso efectivo de Cuba al esquema hemisférico aún esté en veremos.
  • La resolución habla de un retorno en arreglo a los derechos humanos y los principios democráticos de la entidad. Esto permitió a Hillary hablar de «condiciones» como elecciones libres y liberación de presos políticos, algo que Fidel y Raúl Castro rechazan de plano.
  • Incluso países que actuaron como fiel de la balanza entre EE. UU. y el bloque procubano liderado por Venezuela, como Chile, dijeron que lo expresado por Clinton es una interpretación personal del texto aprobado ayer.
  • Independientemente de sus consecuencias finales, los hechos de ayer marcan formalmente el fin del aislamiento de Cuba.
  • Se viene ahora un tira y afloje fuerte entre la región y la Casa Blanca. Una tensión que revela una inédita rebelión en el patio trasero.