Interesante artículo en el blog La ciencia maldita, del economista Lucas Llach, sobre los problemas de competitividad que les genera a varios países europeos la pertenencia a la eurozona. Problemas especialmente agudos en España, pero que alcanzan a otros países que se ven imposibilitados de practicar devaluaciones competitivas por carecer de moneda propia. Algo que recuerda a lo que acontecía en Argentina en tiempos del 1 a 1 y que en su momento resumió lúcidamente Rodolfo Terragno: era como comprarnos un traje varios talles más chico para después adelgazar de modo que nos entre. ¿Poco inteligente, no?
Según el artículo, España necesita abaratarse entre un 20 y un 30% para volver a ser competitiva. Si pudiera devaluar, lo lograría de inmediato, pero la peseta no existe más.
El camino (ya argumenta DNH, no La ciencia maldita) es una deflación “a la alemana”, un proceso largo y doloroso que supone el ajuste a la baja de todos los precios de la economía vía recesión. El desempleo derrumbará los salarios; la caída del nivel de actividad, el costo de las materias primas e insumos; la falta de ventas, los márgenes de ganancia de industrias y comercios. El mismo proceso que arrancó en nuestro país en 1998 y que terminó en la eclosión de 2001. A favor de los españoles jugarán la fortaleza y diversificación de su economía y los mapas: estar en Europa es mucho más cómodo que ser vecino de Estados Unidos en América.
Recordamos que las coincidencias con La ciencia maldita terminaron un párrafo atrás. Continuamos entonces. La integración económica en bloques regionales tiene muy buena prensa en todo el mundo, lo que, de por sí, debería movernos a sospecha. En opinión de este blog, es una herramienta útil en lo comercial, pero su profundización a nivel monetario puede muy frecuentemente resultar perniciosa. Es, en definitiva, un modo más de disciplinar a los poderes políticos. A la decisión democrática de los pueblos, en definitiva.
La tan defendida autonomía de los bancos centrales es una forma de hacer “independiente” el manejo de la política monetaria (las tasas de interés). Claro, independiente de los poderes políticos, del voto popular, pero no de los intereses de los mercados financieros, que suelen lograr que uno de los suyos se acomode en el sillón más grande de dichas entidades.
La integración monetaria es otro mecanismo disciplinador, toda vez que ata de pies y manos a los gobiernos para el manejo de la política cambiaria, impidiéndoles influir en la paridad de la divisa local con las del resto del mundo. Algo clave para impedir que los países tomen rumbos autónomos, definidos políticamente, en materia de comercio exterior, sustitución de importaciones, industrialización, creación de valor agregado y trabajo. En la Argentina, esto fue la convertibilidad de Domingo Cavallo, Carlos Menem y Fernando de la Rúa.
El superpeso ficticio fue además perfectamente conveniente para el proceso de transnacionalización de la economía argentina, dado por la privatización masiva de empresas públicas en beneficio de compañías extranjeras. El 1 a 1 les permitía a éstas, y a todas las multinacionales instaladas en el país, remitir al exterior remesas enormes en dólares, mientras la ficción cambiaria destruía industrias, emprendimientos agropecuarios (sí, ¿te acordás?) y puestos de trabajo.
El camino (ya argumenta DNH, no La ciencia maldita) es una deflación “a la alemana”, un proceso largo y doloroso que supone el ajuste a la baja de todos los precios de la economía vía recesión. El desempleo derrumbará los salarios; la caída del nivel de actividad, el costo de las materias primas e insumos; la falta de ventas, los márgenes de ganancia de industrias y comercios. El mismo proceso que arrancó en nuestro país en 1998 y que terminó en la eclosión de 2001. A favor de los españoles jugarán la fortaleza y diversificación de su economía y los mapas: estar en Europa es mucho más cómodo que ser vecino de Estados Unidos en América.
Recordamos que las coincidencias con La ciencia maldita terminaron un párrafo atrás. Continuamos entonces. La integración económica en bloques regionales tiene muy buena prensa en todo el mundo, lo que, de por sí, debería movernos a sospecha. En opinión de este blog, es una herramienta útil en lo comercial, pero su profundización a nivel monetario puede muy frecuentemente resultar perniciosa. Es, en definitiva, un modo más de disciplinar a los poderes políticos. A la decisión democrática de los pueblos, en definitiva.
La tan defendida autonomía de los bancos centrales es una forma de hacer “independiente” el manejo de la política monetaria (las tasas de interés). Claro, independiente de los poderes políticos, del voto popular, pero no de los intereses de los mercados financieros, que suelen lograr que uno de los suyos se acomode en el sillón más grande de dichas entidades.
La integración monetaria es otro mecanismo disciplinador, toda vez que ata de pies y manos a los gobiernos para el manejo de la política cambiaria, impidiéndoles influir en la paridad de la divisa local con las del resto del mundo. Algo clave para impedir que los países tomen rumbos autónomos, definidos políticamente, en materia de comercio exterior, sustitución de importaciones, industrialización, creación de valor agregado y trabajo. En la Argentina, esto fue la convertibilidad de Domingo Cavallo, Carlos Menem y Fernando de la Rúa.
El superpeso ficticio fue además perfectamente conveniente para el proceso de transnacionalización de la economía argentina, dado por la privatización masiva de empresas públicas en beneficio de compañías extranjeras. El 1 a 1 les permitía a éstas, y a todas las multinacionales instaladas en el país, remitir al exterior remesas enormes en dólares, mientras la ficción cambiaria destruía industrias, emprendimientos agropecuarios (sí, ¿te acordás?) y puestos de trabajo.
El último elemento del cepo político eran las condicionalidades del FMI, que algunos nos quieren hacer creer que no existen más, pero que siguen al acecho de quien caiga en la tentación de volver a endeudarse con el organismo. Ahí venían el ajuste perpetuo, las “reformas estructurales”, la flexibilidad laboral, el despido libre. O dislates como aquella inolvidable propuesta de fusionar provincias para poder echar a la mitad de los empleados de las administraciones públicas del país.
¿Habremos aprendido suficientemente aquella lección?

