El rebote relativo de los mercados financieros internacionales, el repunte de los precios de las materias primas, la mejora de los balances de algunos bancos internacionales y algunos indicadores de que la crisis ha tocado fondo en algunos países han provocado en las últimas semanas un sentimiento de alivio. Algunos analistas han hablado incluso de “brotes verdes”, por más que a cada anuncio de estadísticas positivas sigan, por ahora invariablemente, otras de signo contrario.
En lo que hace al nivel de actividad de la economía y el comercio mundiales, el partido parece ya jugado en lo que resta de 2009. La incógnita es 2010, algo de lo que depende en parte la suerte que espera a la Argentina. ¿La ayudará el mundo a retomar el crecimiento o seguirá siendo un lastre? ¿Se viene una rápida reactivación de la economía mundial o un período largo de estancamiento, que será doloroso y que, cuando existan las herramientas teóricas necesarias, pondrá en duda a fondo la configuración del capitalismo que conocemos hoy?
Mientras caminamos entre tinieblas, hay al menos un motivo para ser moderadamente optimistas, ya que se cree que ayudará a nuestro país el previsible sostenimiento de los precios de sus productos de exportación, sobre todo la soja, más allá de oscilaciones coyunturales, como la caída de 10% de la última semana. Un “viento de cola” adicional, dado por la retomada del crecimiento en otros países clave para las exportaciones argentinas, aún está por verse.
Si de entrever cómo será el mundo que viene, es interesante repasar los principales tramos de la entrevista a Paul Krugman que publicó Clarín el domingo, realizada originalmente por el diario británico The Guardian. La visión del premio Nobel de Economía es inquietantemente pesimista para el mundo en, al menos, el mediano plazo, lo que acaso sirva para compensar la necesidad de muchos de que sus activos financieros por fin se terminen de recuperar y no dejan de pregonar la teoría de los “brotes verdes”, a todas luces aún frágiles y prematuros. Aquí va lo esencial de lo dicho por Krugman.
  • No se ve que el riesgo del «síndrome de Japón» haya cedido mucho. El peligro de una Gran Depresión total, generalizada, un colapso absoluto, se alejó bastante en los últimos meses. Pero este primer año de crisis fue mucho peor que lo que a Japón le pasó en diez años. El riesgo de una estanflación prolongada es realmente alto.
  • Hay muchos que hablan de Japón pero con pocas evidencias. Lo que sí sabemos es que normalmente, en todas partes, las recesiones terminan porque la autoridad monetaria baja mucho las tasas de interés, y eso reactiva. Y lo que sabemos de Japón es que ellos llegaron a bajar sus tasas a cero y que no alcanzó. Hasta ahora, aunque hicimos las reducciones más rápido que los japoneses y llegamos a cero, no alcanza. Hemos bajado al piso, como ellos: más allá de eso, todo es más o menos conjetura.
  • La magnitud del shock en nuestros sistemas va a ser mucho mayor que en Japón en los 90. Ellos nunca tuvieron su economía en caída libre, un período en que su PBI retrocediera 3 ó 4%. No es para nada claro que las diferencias de fondo en la estructura de la situación sean significativas. Lo que sí sabemos es que el límite cero es real. Sabemos que hay situaciones en las que la política monetaria corriente pierde toda tracción. Y que hoy estamos en una de esas situaciones.
  • Todo apunta a una menor velocidad de la caída, no a una reactivación real. ¿Quién sabe si lo de la bolsa tiene un significado? Las bolsas ya descontaron la posibilidad de un apocalipsis hace unos meses. Ahora esa posibilidad parece más remota, por lo cual es lógico que los mercados suban, pero eso no significa que la economía va a andar muy bien. Si usted compara no con dónde estaban hace tres meses, sino hace dos años, verá que todavía están muy deprimidos. Espero equivocarme, pero la pregunta que uno tiene que hacerse es: ¿de dónde vendrá esta reactivación? No es fácil de contestar.
  • Hay dos relatos. Uno es a la manera japonesa, donde se acaba el margen para bajar las tasas de interés. Otro, a lo indonesio ­y a la argentina­, donde todo colapsa por problemas de balance.
  • ­La «niponización» de la economía mundial con varias «argentinizaciones» agudizando la crisis. Pero aun cuando estas últimas pasen, queda la niponización de la economía mundial, lo cual ya es mucho.
  • ­­Que la causa (de la crisis) sea primariamente financiera es una hipótesis. Lehman y todo eso, por supuesto, nos puso a todos en alerta. Y disparó una inmediata caída de la demanda. Pero el derrumbe inmobiliario iba a ocurrir indefectiblemente. ­La baja de la inversión empresaria en gran medida responde a la sobrecapacidad, que es el resultado de la caída de la demanda de los consumidores y la crisis inmobiliaria. Por eso digo que no sabemos. ­Claramente, restablecer la estabilidad de los mercados financieros es una condición necesaria para la reactivación. Pero no estamos seguros de que sea suficiente.
  • ­Si medimos la recesión estadounidense de 2001 por el momento en que el mercado de trabajo empezó a repuntar, fueron 30 meses hasta que el desempleo bajó.
  • ­Hay una posibilidad de algún tipo de reactivación a medida que los dólares del estímulo comiencen a circular y se produzca una recuperación casi automática de la producción industrial cuando se acumulen stocks. Pero luego volveremos a deslizarnos. La idea de que llegamos a un fondo y rebotamos es demasiado fácil.
  • (Un cambio estructural necesario para favorecer una reactivación pasa por) la regulación financiera. Controlar a ese monstruo. El gran aumento del apalancamiento general público-privado es uno de los motivos que explican por qué quedamos tan vulnerables. Pasaron cincuenta años de la Gran Depresión sin ninguna crisis financiera grave, y eso, pienso, fue porque teníamos un sector financiero que no dejaba que la gente se endeudara tanto como hoy.