Los jefes de gobierno del Grupo de los 8 reunidos en L’Aquila, Italia, se refirieron de manera ambigua a la crisis económica mundial. Afirmaron que se ven “señales positivas” acerca de una eventual recuperación pero, a la vez, advirtieron que persisten “riesgos significativos para la estabilidad”. Financiera, productiva… y social y política, se debe leer entre líneas.
Una demostración de esto último está dada por los graves disturbios étnicos en Xinjiang, China, que obligaron al presidente Hu Jintao a abandonar la cumbre (de la que iba a participar hoy como miembro del G5) para supervisar personalmente desde Pekín la aplicación de una impiadosa represión a los manifestantes uigures.
Una demostración de esto último está dada por los graves disturbios étnicos en Xinjiang, China, que obligaron al presidente Hu Jintao a abandonar la cumbre (de la que iba a participar hoy como miembro del G5) para supervisar personalmente desde Pekín la aplicación de una impiadosa represión a los manifestantes uigures.
El Fondo Monetario Internacional, una entidad que como hemos podido comprobar tantas veces es experta en formular vaticinios precisos, acaba de elevar a 2,5% el crecimiento del PBI mundial estimado para 2010. ¿Qué significa esto? Que lo peor de la recesión puede haber quedado atrás (una contracción promedio de 1,4% este año) pero que la recuperación global será débil. En la práctica lo que parece abrirse paso, sin que se sepa cuánto durará, es una era de estancamiento.
Contrariando a los más optimistas, acaso hartos de ver cómo los activos financieros en los que han invertido siguen cotizando a valores de descarte, los datos siguen siendo al menos preocupantes. En Estados Unidos, la gran locomotora de la economía mundial, el desempleo es el mayor en 26 años, trepó al 9,5% y se encamina rápidamente a los dos dígitos. En perfecto paralelo, la morosidad de los clientes de los bancos es récord desde 1974 y el consumo sigue planchado. Tanto es así, que Barack Obama estudia un nuevo paquete fiscal de estímulo, experimentando ya peligrosamente con los límites de lo prudente.
Igualmente inquietos, Gran Bretaña y Francia tampoco descartan un nuevo derrame de dinero público sobre sus economías, lo que en la cumbre del G8 se topó con la resistencia de Alemania (la cuarta economía mundial), acaso ya asumidamente condenada a sufrir varios años perdidos en materia de crecimiento.
Pero, al no incluir a China y otros grandes países emergentes, el G8 ya no es lo que era. El G20, el verdadero nuevo directorio de la economía mundial (del que participa Argentina, pese a las imprecaciones de algunos adoradores locales de la insignificancia), tendrá algo más para decir en septiembre. ¿Dirá algo realmente significativo? ¿Existe un nuevo paradigma que lo permita?
Igualmente inquietos, Gran Bretaña y Francia tampoco descartan un nuevo derrame de dinero público sobre sus economías, lo que en la cumbre del G8 se topó con la resistencia de Alemania (la cuarta economía mundial), acaso ya asumidamente condenada a sufrir varios años perdidos en materia de crecimiento.
Pero, al no incluir a China y otros grandes países emergentes, el G8 ya no es lo que era. El G20, el verdadero nuevo directorio de la economía mundial (del que participa Argentina, pese a las imprecaciones de algunos adoradores locales de la insignificancia), tendrá algo más para decir en septiembre. ¿Dirá algo realmente significativo? ¿Existe un nuevo paradigma que lo permita?
El tiempo actual parece perfectamente descripto cuando se recuerda aquella luminosa frase de Antonio Gramsci (fotos): la crisis se da cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.

