La crisis económica internacional comienza a mostrar efectos inquietantes en los eslabones más afectados del sistema internacional. En su centro de difusión, los Estados Unidos, Obama comienza a experimentar un deterioro de sus índices de aprobación, que han caído en pocos meses de casi un 70% a un 56% según cifras del instituto Rasmussen. Se trata de un guarismo aún importante, pero que podría deteriorarse más y de modo acelerado debido a tres factores: los norteamericanos comienzan a desconfiar del creciente intervencionismo estatal; el gasto y las medidas de estímulo parecen ya haber llegado al límite de lo prudente; y, aun peor, todo lo hecho parece insuficiente para evitar un largo período de estancamiento económico. Veamos.
Según Gallup, el 82% de los estadounidenses cree que el déficit fiscal ya es excesivo y el 69% se muestra inquieto por el creciente intervencionismo estatal.
En línea con lo anterior, y con una corriente de pensamiento neoliberal aún muy influyente en Estados Unidos, un artículo de The Washington Post ilustra claramente el tema al preguntarse “¿cuán grande queremos que sea nuestro Estado?”. Luego, postula que “el gobierno está a punto de experimentar una expansión permanente, que durará mucho más que la actual crisis”. Y explica que el aumento del gasto y del déficit fiscal que provocaron las medidas de estímulo de Obama hará que los impuestos federales deban crecer en los próximos años un 50% con respecto al promedio del último medio siglo.
Mientras Obama cae en las encuestas, también se desbarrancan líderes demócratas que el año que viene pondrán en juego en las urnas sus cargos, hecho que está concentrando fuertes presiones para que la Casa Blanca disponga nuevas medidas de estímulo. Pero esto nos lleva a lo antes mencionado: acaso no se pueda hacer más, independientemente de que su eficacia sea, para ser benévolos, mediocre.
Parte de los economistas, con el Premio Nobel Paul Krugman a la cabeza, prevén que la recuperación de la producción y el consumo serán débiles. Pero voces poderosas, como la del titular de la Reserva Federal, Ben Bernanke, advierten que la exhuberancia fiscal y el endeudamiento público ya pasaron los límites de la prudencia.
¿Qué pasa, mientras tanto, en otros países especialmente afectados?
- En Gran Bretaña, al colapso de Gordon Brown y el Partido Laborista sólo le faltan día y hora.
- En España, José Luis Rodríguez Zapatero acaba de perder las elecciones europeas a manos del Partido Popular, y la debacle no fue mayor sólo gracias a los problemas internos (desde casos de corrupción hasta durísimas reyertas políticas) de los conservadores.
- En México, uno de los países más golpeados de América Latina por su dependencia de las exportaciones al encogido mercado estadounidense, el conservador PAN acaba de perder el control del congreso a manos del PRI, llamativamente regresado de la muerte política.
- En Oriente, puntualmente en Japón, el partido históricamente predominante, el Liberal Demócrata (PLD) sufrió un grave revés en las elecciones locales de Tokio y se vio obligado a adelantar las generales para el 30 de agosto, con perspectivas sombrías.
- China ve cómo su ritmo actual de crecimiento de “sólo” el 6% la expone a convulsiones sociales graves en las regiones más alejadas de sus polos de desarrollo, como la reciente con la minoría uigur en Xinjiang, que dejó alrededor de 160 muertos y fue la crisis más sangrienta desde las protestas de Tiananmen en 1989.
La Argentina no vive ajena al mundo, por más que muchas veces creamos que es así. A los problemas descriptos se suman nuestras propias cuitas políticas. Hay que tomarse muy en serio la coyuntura si se quieren evitar deterioros políticos mayores a los ya conocidos y, sobre todo, la restauración de las ideas más indeseables.
