Pese a las quejas de sectores poderosos, el gobierno de Brasil ya tomó su decisión: los ricos yacimientos de petróleo ubicados en el lecho profundo del Océano Atlántico, recientemente descubiertos, no serán explotados por Petrobras sino por una nueva compañía estatal.
Los yacimientos de petróleo descubiertos se encuentran bajo una gruesa capa de sal en las profundidades del mar, a hasta 4.000 metros de la superficie. Contendrían reservas de unos 50.000 a 70.000 millones de barriles, un aumento impresionante con respecto a los 8.000 millones que se contabilizaban antes del hallazgo.
Al crear una nueva petrolera estatal, Lula sigue el ejemplo de Noruega, que puso en 2001 el petróleo del Mar del Norte en manos de una nueva compañía, Petoro. Ésta no tiene participación privada alguna, por lo que enriqueció al Estado desde entonces con unos u$s 600.000 millones, dos tercios de los cuales destinó a un fondo soberano que garantiza el desarrollo del país para las futuras generaciones a través de masivas inversiones en infraestructura y educación.
Tanto la captura de la mayor parte posible de la renta petrolera por parte del Estado como la generación de un fondo social son lo que ha seducido a Lula da Silva. Pero el modelo afecta intereses privados poderosos, que son socios del Estado en Petrobras.
En la “vieja” petrolera, una impactante historia de éxito que la Argentina debería estudiar en detalle, el Estado cuenta con la mayoría de las acciones con derecho de veto, fundamentalmente a través del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), lo que le da el control del Directorio. Pero más de la mitad del capital total de Petrobras está en manos de inversores privados (desde grandes compañías locales hasta George Soros y otros inversores extranjeros, pasando por tenedores individuales que compran las acciones en San Pablo, Nueva York, Madrid y Buenos Aires). Ahora, cuando llega la hora de hacer negocios a una escala mucho mayor, éstos se sienten marginados y denuncian inseguridad jurídica.
Como se ve, Lula no es, como se lo suele presentar interesadamente en Argentina, un liberal de manual. Al contrario, es un pragmático que resolvió la tradicional división de todos los gabinetes brasileños de las últimas décadas, dada por la puja entre liberales y desarrollistas. A los primeros les entregó el manejo de las finanzas del país; a los segundos, la producción, lo que hace de Brasil un ejemplo de capitalismo altamente subsidiado. El mencionado BNDES ha sido, con su apoyo a las empresas locales, la gran herramienta de esa acción.
¿Llegará el día en que Argentina, pionera regional en materia petrolera, deje de ver cómo compañías como Petrobras o Repsol, que estaban muy a la zaga de la perdida YPF, se convierten en arietes de la estrategia de desarrollo de otros países?
Urge la reestatización de YPF o, al menos, el relanzamiento en serio de la nueva Enarsa. Es decir, urge una nueva política petrolera.
Las posibilidades del país no se merecen un horizonte de importación de petróleo. Horizonte que, increíblemente, no evita que la Argentina siga exportando aquello de lo que va a carecer muy pronto.
(Ilustración de Langer).