Las crisis tienen la virtud de exponer la verdad más crudamente. Algo (o mucho) de eso está pasando en Estados Unidos, donde el intento de evitar un colapso de la economía mostró al gobierno (primero George W. Bush y ahora Barack Obama) actuando al unísono con la Reserva Federal, el banco central de ese país.
¿Cómo? ¿Dónde quedó la autonomía de la autoridad monetaria, encargada de velar por la solidez de la moneda y el control estricto de la inflación? La necesidad tiene cara de hereje, se sabe, y también flexibiliza las verdades asumidas.
Por caso, a la Fed no le importó que Obama lanzara una impresionante (aunque aún insuficiente) seguidilla de planes de estímulo, que amenazan en el mediano plazo la estabilidad de los precios, la sustentabilidad de la deuda pública e incluso la supervivencia del dólar como moneda internacional por excelencia.
Ante los avances, y el temor de que Obama busque una docilidad aun mayor reemplazando a Ben Bernanke cuando venza su período en enero, encendió las luces rojas en los mercados financieros. Así, ocho economistas famosos (entre ellos el ex funcionario de la Fed Frederic Mishkin) y más de 180 personalidades de la academia y la gran empresa de Estados Unidos dirigieron una «Carta abierta al Congreso y al Poder Ejecutivo» en la que denuncian que «la independencia de la política monetaria estadounidense está en riesgo». «Instamos al Congreso y al Poder Ejecutivo a refirmar su apoyo por la defensa de la autonomía de la Fed como una base de la estabilidad económica de Estados Unidos», presionaron.
A veces hay que tomar distancia y examinar las «verdades» impuestas. ¿Qué disparate es ése de la «independencia de los bancos centrales», esto es el manejo de la política monetaria de los países sin «interferencias» políticas, adoptada en Argentina y en todo el mundo capitalista como palabra santa? Con el pretexto de limitar los errores y «desvíos populistas» de los gobiernos, implica la captura de la política monetaria por parte del mercado financiero más concentrado. Así, en lugar de estar a cargo de un funcionario surgido (directa o indirectamente) de la voluntad popular, esas entidades son invariablemente puestas por gobiernos que actúan bajo chantaje en manos de personajes ligados a los grandes bancos de inversión, los mismos que generaron en buena medida la actual crisis global y que demandaron ingentes rescates estatales, los mismos que ahora ponen en riesgo nada menos que al poder imperial de los Estados Unidos. Restan en definitiva espacios democráticos y los entregan al beneficio de intereses privados.
Se sabe que la inflación perjudica sobre todo a los pobres (nadie la desea), pero la sobredosis del remedio, las políticas de ajuste permanente impuestas por esos bancos centrales, no es otra cosa que el disciplinamiento de las sociedades y los gobiernos democráticos.
Algún día caerán las «verdades reveladas».