Tras sus declaraciones iniciales de buenas intenciones, la política exterior de Barack Obama empieza a entregar señales mixtas, que muestran una distancia menor que la proclamada con respecto a la que aplicó George W. Bush. Veamos:
- El rechazo a la tortura de sospechosos de terrorismo va de la mano de la resistencia oficial a investigar a quienes dieron las órdenes y a quienes las cumplieron (¿te suena?).
- El cierre de Guantánamo marcha con lentitud.
- La propuesta de diálogo con Irán naufraga ante la indiferencia de un régimen que acaba de montar una farsa electoral, que al parecer fraguó el resultado en beneficio del ultraislamista Mahmud Ahmadineyad, que reprimió sangrientamente a su propio pueblo. Que, en definitiva, mostró una vez más su verdadero rostro. Para delicia del gobierno de ultraderecha de Israel, pronto estará otra vez sobre la mesa la posibilidad de un ataque militar a las instalaciones nucleares iraníes.
- América Latina sigue sin ser prioridad.
- Se restableció el diálogo con Cuba y el embargo se moderó, pero éste sigue en pie y no se abandonan las exigencias sobre un cambio de régimen.
- Se condenó el golpe en Honduras, pero no se desenfundó el arma económica, y los golpistas siguen ganando tiempo, con la idea de realizar elecciones y normalizar sus relaciones con el mundo sin reponer a Manuel Zelaya.
- Pero, acaso lo más importante en este momento, hay curso de colisión con Venezuela, en línea con lo visto en años anteriores.
Según consigna hoy el diario español El País, el Congreso norteamericano prepara un informe que caracteriza a Venezuela como un “narcoestado”, afirma que reemplazó a Colombia como gran base del comercio de cocaína hacia América del Norte y Europa y denuncia la colusión de los más altos niveles del gobierno y el ejército bolivarianos con las FARC, a la que califica como un cartel de las drogas.
¿Qué hará Obama con semejante papa caliente en las manos? Lo que indica el informe es que Venezuela es, en los términos habituales del discurso en Washington, una amenaza de primer orden a la seguridad nacional de los Estados Unidos.
Conclusión: ¿se puede dar un giro total hacia una política exterior de consenso cuando se es una superpotencia con recursos de poder menguantes? Un déficit fiscal proyectado de casi el 15% del PBI, una deuda pública que apunta al 70% del Producto, un desempleo que se empina hacia el 10% y un consumo languideciente hoy y para el mediano plazo no son las mejores bases para la “imposición amistosa” (¡vaya oxímoron!) de políticas a otros países. Estados Unidos no proyecta hoy una imagen de poder irresistible y sus rivales y enemigos no le regalarán nada. Obama ya lo está descubriendo.

