La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, podrá enojarse todo lo que quiera y calificar de «imprudente» el intento de retorno a Honduras que protagonizó ayer Manuel Zelaya (foto), pero deberá saber que lo que su gobierno ofrece a cambio es, a esta altura, lamentablemente insuficiente.
Toda América saludó la postura inicial de la administración de Barack Obama, que condenó claramente la asonada cívico-militar y reconoció al depuesto como Presidente legítimo del país. Pero los días pasaron y la Casa Blanca no desenfundó nunca el arma más letal para los golpistas: la económica. Suspensión de la cooperación, la traba de las exportaciones hondureñas al mercado estadounidense y, en un extremo, la limitación de las remesas hubiesen sido herramientas irresistibles para cortar de cuajo una aventura que puede tener peligrosas consecuencias en las región.
Acosado desde la derecha, y sin querer jugarse a fondo por quien es, en definitiva, un aliado de Hugo Chávez, Estados Unidos puso todas sus expectativas en la mediación del presidente de Costa Rica, Óscar Arias. Pero éste fracasó, sobre todo por la irreductibilidad del golpista Roberto Micheletti.
Con Honduras a la deriva, Zelaya intentó con su retorno encender una chispa de resistencia popular, cosa que no terminó de lograr. Esa amenaza de violencia era su fortaleza política; su frustración es su debililidad.
Pero los golpistas tampoco logran controlar del todo la situación, y ya demostraron dos veces que temen hasta el pánico el tener que cumplir su promesa de detener a Zelaya ni bien ingrese al país.
Mientras, Estados Unidos sigue apostando a un diálogo que por ahora sólo avanza en la imaginación de Obama y Clinton, el Mercosur emitió ayer una declaración (testimonialmente valiosa, pero políticamente imprudente) que le ata las manos para reconocer a un futuro gobierno votado por el pueblo si esa convocatoria se produce en base a la consolidación del golpe.
Las elecciones hondureñas están previstas para el 29 de noviembre y la asunción del nuevo mandatario, para el 27 de enero. Si, como quiere Micheletti, el tiempo pasa y Zelaya sigue en el exilio, ¿qué margen quedará pronto para evitar ese escenario? En ese caso, el Mercosur deberá , sin gloria, dar marcha atrás.
Lo que decimos es que la democracia hondureña se ha quedado sola. Que Estados Unidos no quiere avanzar a fondo en su defensa y que el Mercosur solo no puede hacerlo.
Zelaya intenta volver y no lo logra. Los golpistas sugieren la aceptación de una nueva ronda de negociaciones que sólo parece funcional a su deseo de ganar tiempo hasta que la convocatoria a las urnas sea impostergable. ¿Habrá que acostumbrarse a esta política del gobierno demócrata? ¿Será la permanente invitación al diálogo, aun cuando éste es inconducente, un modo de evitar comprometerse en la defensa de los principios que, a la hora de los discursos, enarbola con tanta claridad?
Falta muy poco para averiguarlo.

