La recuperación económica de los Estados Unidos se demora, el desempleo sigue muy alto y la guerra antiterrorista de George W. Bush goza de creciente vigencia en Afganistán. Las bases demócratas comienzan a perder la paciencia con la “política bipartidaria” de su presidente o, lo que es lo mismo, de concesiones a los republicanos (por caso en materia de su promocionada y ultrasensible reforma del sistema de salud) y demandan el cumplimiento de la agenda progresista de la campaña electoral. Reflejo interno de lo que los latinoamericanos vemos día a día: promesas de un “nuevo comienzo” y más de lo mismo con el despliegue de tropas en siete bases de Colombia; rechazo al golpe en Honduras y tibieza a la hora de pasar de la retórica a las presiones concretas al poder de facto. Barack Obama comienza a tener problemas serios.
A fines de agosto, la prestigiosa encuestadora Rasmussen, registró un nivel de aprobación al gobierno del 46%, nada menos que 16 puntos por debajo del existente al momento de su asunción, el 20 de enero.
En tanto, otra consultora de prestigio, Zogby, cifró el mismo ítem en un 42%, 6 puntos menos que un mes antes. Para peor, la insatisfacción con el desempeño de Obama ya supera ese nivel, puesto que comprende al 48% de las opiniones.
Obama, recordemos, fue elegido con el voto esperanzado del 52% de los estadounidenses y, como es habitual, esa popularidad escaló aun más en el momento de su asunción.
El dato es que, con estos guarismos, Obama es, entre los presidentes recientes de los Estados Unidos, el que ha experimentado un declive más rápido en su imagen. El enojo de los demócratas no se compensa con ningún enamoramiento de simpatizantes republicanos.
Las políticas de consenso (entre dirigentes) también tienen límites y pueden dejar un tendal de disconformes (en la sociedad). Como una frazada corta.