
A más de dos meses del golpe en Honduras, Barack Obama se puso más firme contra los golpistas: suspendió ayudas económicas por un total de u$s 31 millones (sobre un total, que incluye asistencia humanitaria que no puede ser tocada, de algo más de u$s 200 millones), revocó la visas de todos los golpistas y anunció que no reconocerá al gobierno surgido de las elecciones que organiza el régimen si Manuel Zelaya no es rehabilitado en su cargo.
Saludable. Pero irremediablemente tardío. Estas medidas (un módico consuelo que Hillary Clinton le entregó ayer a Zelaya en la reunión que mantuvieron, ver foto) se le reclamaban desde el mismo 28 de junio, cuando un grupo de militares secuestró a Zelaya en pijama y lo deportó a Costa Rica.
Moroso, además. Estados Unidos sigue sin calificar oficialmente lo ocurrido como un golpe de Estado y, so pretexto de mantener abiertas las vías de negociación, mantiene a su embajador en Tegucigalpa. Y ni hablar de cancelar las preferencias comerciales que derivan del Tratado de Libre Comercio de América Central (CAFTA), que más que al país, uno de los más pobres del continente, benefician a la élite que está detrás del golpe.
Pero lo más potente de la reacción estadounidense parece el desconocimiento del proceso electoral, medida que sigue a la tomada por los países latinoamericanos. Con todo, eso es, creemos, una mentira piadosa. ¿Honduras seguirá siendo un paria político en, digamos, 2084, porque en las elecciones de fin de 2009 hubo un proceso no reconocido por la comunidad internacional?
No habrá otra llave para una reconciliación, para una normalización de la situación hondureña, que no pase por un proceso electoral, con un presidente surgido del voto popular. Con más o menos restricciones, esto es lo que ocurrirá en los comicios del 29 de noviembre. Y, aunque hoy se diga lo contrario, eso tendrá, debe tener, un efecto irresistible.Falta tan poco para esa fecha, que la posibilidad de un regreso de Zelaya al poder ya es, si no utópico, una posibilidad apenas simbólica. Por impotencia de algunos y por complicidad de otros, los golpistas están a punto de salirse con la suya.
El irresistible encanto de la democracia
