La caída de la popularidad de Barack Obama se basa fundamentalmente en la decepción de una parte creciente del electorado demócrata por cuestiones de política interna, sobre todo el elevado desempleo (ya de 9,7%, en el umbral del 10%) y los titubeos sobre la reforma del sistema de salud. Pero también responde, en parte, a cuestiones externas, sobre todo la guerra en Afganistán, cada vez más complicada por la ofensiva de los talibanes y un creciente involucramiento de tropas estadounidenses. Así, según un sondeo de CNN y Opinion Research Corp., el 57% de los norteamericanos juzga negativa la marcha del conflicto, mientras el número de bajas propias desde 2001 supera ya las 800.
Desde que asumió el poder el 20 de enero, Obama autorizó el envío de 21 mil soldados más, de modo de elevar la presencia militar en ese país a 68 mil efectivos. El temor de muchos es que esté repitiendo el error de la URSS en los 80, que terminó en una estrepitosa derrota.
¿Pero qué pasa allí, en Afganistán, con esos tropiezos? No lo mide ninguna encuesta, por lo menos de las confiables. Pero muchas veces ocurre con esas intervenciones, saludadas inicialmente como liberadoras en muchos países del tercer mundo sometidos a tiranías, se van haciendo crecientemente impopulares. El etnocentrismo occidental atribuye esa derivación al carácter de las poblaciones locales. ¿Pero qué ponen las grandes potencias para que ése sea el resultado, que, en numerosas ocasiones las lleva a preguntarse con candor “por qué nos odian”?
Primero, muertos, muchos muertos. La semana pasada, un pedido de las tropas alemanas llevó a Estados Unidos a realizar un bombardeo que dejó hasta 150 muertos. Todos terroristas, se dijo inicialmente. Resultó al revés: los talibanes que habían robado un camión de combustible ya se habían alejado de la zona cuando pobladores se servían del mismo y el ataque se producía.
Segundo, la corrupción y el fraude. En los últimos comicios, el presidente Hamid Karzai, apoyado por Estados Unidos, se alzó con el triunfo. Ahora se denuncia fraude, al punto que la Comisión Electoral Independiente (sí, “independiente”) comenzó a revisar y a anular las mesas en las que éste recibió, de modo sospechoso, más del 90% de los votos. A tarea, claro, no pasará de la cosmética.
Que éstos sean los resultados de la ocupación puede explicar que cada vez más afganos respalden a la insurgencia o, al menos, se declaren indiferentes ante ella. Por más que los nuevos “libertadores” sean los talibanes, la expresión político-religiosa más oscura y opresiva se que pueda imaginar.
La pesadilla así se vuelve recurrente.
Desde que asumió el poder el 20 de enero, Obama autorizó el envío de 21 mil soldados más, de modo de elevar la presencia militar en ese país a 68 mil efectivos. El temor de muchos es que esté repitiendo el error de la URSS en los 80, que terminó en una estrepitosa derrota.
¿Pero qué pasa allí, en Afganistán, con esos tropiezos? No lo mide ninguna encuesta, por lo menos de las confiables. Pero muchas veces ocurre con esas intervenciones, saludadas inicialmente como liberadoras en muchos países del tercer mundo sometidos a tiranías, se van haciendo crecientemente impopulares. El etnocentrismo occidental atribuye esa derivación al carácter de las poblaciones locales. ¿Pero qué ponen las grandes potencias para que ése sea el resultado, que, en numerosas ocasiones las lleva a preguntarse con candor “por qué nos odian”?
Primero, muertos, muchos muertos. La semana pasada, un pedido de las tropas alemanas llevó a Estados Unidos a realizar un bombardeo que dejó hasta 150 muertos. Todos terroristas, se dijo inicialmente. Resultó al revés: los talibanes que habían robado un camión de combustible ya se habían alejado de la zona cuando pobladores se servían del mismo y el ataque se producía.
Segundo, la corrupción y el fraude. En los últimos comicios, el presidente Hamid Karzai, apoyado por Estados Unidos, se alzó con el triunfo. Ahora se denuncia fraude, al punto que la Comisión Electoral Independiente (sí, “independiente”) comenzó a revisar y a anular las mesas en las que éste recibió, de modo sospechoso, más del 90% de los votos. A tarea, claro, no pasará de la cosmética.
Que éstos sean los resultados de la ocupación puede explicar que cada vez más afganos respalden a la insurgencia o, al menos, se declaren indiferentes ante ella. Por más que los nuevos “libertadores” sean los talibanes, la expresión político-religiosa más oscura y opresiva se que pueda imaginar.
La pesadilla así se vuelve recurrente.

