Ya que hablábamos de una Argentina generosa con muchos extranjeros, no podemos dejar de mencionar a España. Molesta, en ese sentido, que ese país (justo ése) haya pasado de deportar a 383 compatriotas en 2007 a 800 en 2008, y que en lo que va de este año ya sean más de 330 los argentinos rechazados al llegar a sus aeropuertos.
Claro, al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero le preocupa que el desempleo se esté acercando peligrosamente al umbral del 20%, récord en la Unión Europea, en medio de una crisis internacional que ha hecho de España su principal víctima. Y que desde la oposición y el empresariado lluevan reclamos de un adelantamiento de las elecciones.
A propósito de los argentinos a los que se les niega sin ninguna justificación el ingreso, Clarín relata en su edición de hoy el caso de una pareja que, además, tuvo que tolerar 48 horas de virtual incomunicación y un maltrato indignante.
La Cancillería argentina viene presentando quejas por estos hechos, pero acaso convenga mirarse en el espejo de Brasil, país que por su volumen y orgullo suele manejarse en estos casos de un modo más expeditivo.
El año pasado las autoridades migratorias españolas habían encerrado, maltratado y deportado a 750 brasileños cuando el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva ordenó aplicar medidas de reciprocidad a los viajeros españoles. Pocos días y 27 españoles deportados después, Madrid anunció que atenuaría los controles al ingreso de brasileños y le pidió a Brasilia una tregua migratoria.
Mientras, al calor de la crisis y la presión conservadora, el torniquete proseguirá. El ministro español de Trabajo e Inmigración, Celestino Corbacho, anunció el jueves ante el Parlamento que la Ley de Extranjería será reformada en busca de una «inmigración legal y ordenada» y adaptada «a las necesidades del mercado de trabajo». Entre los cambios propuestos se destaca la limitación de la reunificación familiar.
Delicias del socialismo español.