Los líderes golpistas hondureños ya festejaban: la cercanía de la elección presidencial, convocada para el 29 de noviembre, y de la asunción de un nuevo mandatario, el 27 de enero de 2010, convertía en una utopía el regreso de Manuel Zelaya al país. Además, la amenaza de los países de América Latina (con la lamentable y única defección de Panamá), de Estados Unidos y hasta de la Unión Europea de desconocer el resultado de esos comicios parecía de muy difícil cumplimiento. ¿No sería extremadamente complejo desconocer a un presidente surgido de las urnas, de un proceso electoral sin proscripciones además, ya que Zelaya no estaría constitucionalmente habilitado para participar? Por otro lado, si Zelaya no era repuesto antes en su cargo, ¿dicha amenaza dejaría a Honduras fuera de la comunidad internacional sine die? Más que improbable.
Para ganar ese tiempo precioso estaban dispuestos a todo, incluso a soportar las sanciones (en forma de reducción de la ayuda económica y de la cancelación de visados) que goteaban morosamente desde Washington. Bastaba con resistir un poco más.Lo que no tuvieron en cuenta es que Zelaya lograría regresar al país 86 días después de haber sido sacado de la cama en pijama y deportado a punta de pistola, y no precisamente para instalarse en una zona de frontera, como había intentado hasta el momento. Llegó a la propia Tegucigalpa, el corazón político de Honduras. Así, su acción deja de lado los simbolismos vacíos y le provoca al régimen una crisis de grandes proporciones, por más que el desenlace de esta saga sea todavía imprevisible.El hecho de que el mandatario depuesto haya aparecido en la Embajada de Brasil, líder indiscutido de la región, es otro dato crucial. No en vano en canciller brasileño, Celso Amorim, responsabilizó al Gobierno de facto por la seguridad personal de su huésped.No está claro todavía que Zelaya pueda salir de la sede diplomática y comenzar a desplazarse libremente. Pero la tentación de intentarlo es grande, ya que, de lograrlo, pondría a Roberto Micheletti y su gente ante una prueba sin retorno. En ese caso el Gobierno de facto se vería en la disyuntiva de cumplir su promesa de arrestarlo o de admitir a la vista del mundo un rasgo de debilidad que lo pondría directamente al borde del colapso.La presencia de «Mel» Zelaya en su país busca forzar al régimen a aceptar su rehabilitación en la presidencia, aunque sea con poderes limitados y por apenas un par de meses más. Eso se daría, si el depuesto tiene éxito, por dos vías posibles. Una, insurrecional: la pérdida del miedo de sus simpatizantes podría derivar en una movilización más amplia que las conocidas hasta ahora y forzar la caída del Gobierno de Micheletti. Otra, pacífica: el apoyo diplomático de los países latinoamericanos podría ayudarlo a forzar las concesiones que necesita. Las reacciones conocidas ayer revelan que Zelaya puede seguir contando con el aval irrestricto de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de los gobiernos del hemisferio, deseosos de detener por todos los medios el regreso del golpismo puro y duro a la región, impidiendo que se haga aceptable con el solo recurso de travestirse de legalismo.Tan sorpresiva fue la movida del presidente legítimo de Honduras que las palabras de acero que hace sólo 24 horas le había dedicado Micheletti se convierten ahora, a la luz de los acontecimientos, en un posible lastre. «Lo estamos esperando, un juzgado está listo para proceder judicialmente en su contra y una cárcel también está lista», había dicho el domingo a la prensa.Ya no necesita esperarlo: Zelaya está en Tegucigalpa. ¿Podrá Micheletti elevar su desafío al mundo y ponerlo preso, o más le valdría empezar a negociar en serio para no ser él quien termine dando con sus huesos en la cárcel? El juego no terminó, pero el final dejó de ser el previsible.
(Publicada hoy en Ámbito Financiero. Foto de AP).

