Todo el mundo tiene derecho a sentir agrado o desagrado por un gobierno. Más puntualmente, a cuestionar una política económica, una orientación política o una agenda internacional. A denunciar el avasallamiento del INDEC, los casos de corrupción, la ley de medios o lo que sea. Allá cada uno. En definitiva, todos tienen derecho a decir lo que piensan. Lo que piensan, repetimos.
Lo que no se debería hacer es propagar a sabiendas slogans absurdos, consignas carentes de racionalidad, calumnias que sólo sirven para crear climas y convocar a escuálidos cacerolazos. ¿Argentina como Venezuela? ¿Cómo Cuba? ¡Como Cuba!
Me refiero, es obvio, al tantas veces mentado alineamiento del gobierno kirchnerista con el chavismo. Nunca como ayer, durante la intervención de Cristina Kirchner ante la Asamblea General de la ONU y en los actos conexos, como el almuerzo durante el que compartió mesa con Barack Obama, quedó claro que esos juicios son simplemente absurdos. Es más, si algo dejó en claro la intervención de la Presidenta es su clara intención de aprovechar la llegada al poder del demócrata como una oportunidad para, relaciones carnales aparte, avanzar en una comunidad de criterios casi total en política exterior.
Repasemos los ejes de lo dicho por Cristina Kirchner. Por un lado, arremetió con la debida mesura contra Irán. Por su rechazo a extraditar a personajes sospechados por el atentado a la AMIA, claro, pero también por la indignante negación del Holocausto en que recurre su presidente, el ultraislamista Mahmud Ahmadineyad.
Por si eso fuera poco, ordenó a la delegación argentina que se retirara del recinto cuando llegó el turno del discurso del iraní, en momentos en que repetía sus diatribas contra Israel, que suelen mezclar críticas justas con un inocultable deseo de destruir al país y aniquilar a su población.
El retiro de la delegación nacional se efectuó acompañando la actitud de Israel (por supuesto), Alemania, Francia, Canadá, Italia… y los Estados Unidos.
¿Alguien en su sano juicio o que actúe con buena fe puede alegar que la política exterior argentina es “chavista”? Que quien dice eso se base en que el país mantiene buenas relaciones con Venezuela, Ecuador y Bolivia debería decir entonces que la Casa Blanca sigue una política exterior, digamos, saudita, dada la sintonía entre Washington y Riad. O que Obama (y George W. Bush, y Bill Clinton) son también chavistas, dado que Estados Unidos es, retórica aparte, el principal socio comercial de Venezuela.
Mientras Cristina Kirchner reclama con fuerza en todos los foros internacionales la cooperación iraní en la investigación sobre el atentado a la AMIA, Chávez se abraza con Ahmadineyad. Y, más aun, Luiz Inácio Lula da Silva (mucho más celebrado por la derecha argentina que por la brasileña) recibirá al negador del Holocausto en noviembre y lo visitará en Teherán a comienzos del año próximo, además de reivindicar el tumultuoso proceso electoral que le dio a éste la reelección y de defender el derecho de Irán a la tecnología nuclear, sin reparar en las sospechas de la comunidad internacional.
En lo que fue un discurso medido en tiempo y tono, y que fue directamente a los aspectos nodales del interés nacional, la Presidenta hizo otro guiño a Obama al recordar que Argentina y Estados Unidos son los dos únicos países del hemisferio que han sido víctimas del terrorismo internacional.
Para Washington, terrorismo, narcotráfico y lavado de dinero son los temas de la agenda con América latina, además de la inmigración ilegal, en el que nuestro país no representa un problema. En todos ellos, la cooperación en la era Kirchner ha sido ampliamente reconocida por la Casa Blanca como satisfactoria, por encima de la de Brasil. Basta de clichés.
En otro hábil gesto, Cristina Kirchner avaló la política de Obama hacia Medio Oriente. Se alineó (tal es la tradición de la política exterior nacional) con la idea del norteamericano de que Israel debe vivir seguro dentro de sus fronteras y con el objetivo de la creación de un Estado palestino independiente. El problema mayor de Obama para volver a sentar a unos y otros a una mesa de diálogo pasa por la continuidad de la construcción en los asentamientos israelíes en Cisjordania ocupada, lo que ayer calificó de “ilegítimo” en su discurso. Cristina se alineó también con esa postura, a la que calificó como “una caricia para el alma”.
Defendió también los derechos nacionales sobre Malvinas, sin privarse de destacar la cooperación con Gran Bretaña para que los familiares de los caídos puedan inaugurar un cenotafio en las islas. Y, como corresponde, defendió con énfasis la restauración de la democracia en Honduras, conculcada, dijo con un inocultable eco doméstico, por un golpe “cívico-mediático”. Allí no hubo, repetimos, “relaciones carnales”, ya que durante el almuerzo que compartió con Obama, si bien descartó que piense que Estados Unidos esté detrás de la asonada, le reclamó acciones más decididas (un embargo comercial, por caso) para desbaratar al régimen ilegítimo.
Defendió también la vigencia irrestricta de la democracia y los derechos humanos, calificando a estos últimos como “el ADN” de la gestión kirchnerista.
Al respecto, explicó la decisión de su gobierno de despenalizar las calumnias e injurias en el ejercicio del periodismo, todo mientras Chávez anuncia (y luego retira) proyectos de ley sobre delitos mediáticos. ¿De qué chavismo se habla?
Lo que no se debería hacer es propagar a sabiendas slogans absurdos, consignas carentes de racionalidad, calumnias que sólo sirven para crear climas y convocar a escuálidos cacerolazos. ¿Argentina como Venezuela? ¿Cómo Cuba? ¡Como Cuba!
Me refiero, es obvio, al tantas veces mentado alineamiento del gobierno kirchnerista con el chavismo. Nunca como ayer, durante la intervención de Cristina Kirchner ante la Asamblea General de la ONU y en los actos conexos, como el almuerzo durante el que compartió mesa con Barack Obama, quedó claro que esos juicios son simplemente absurdos. Es más, si algo dejó en claro la intervención de la Presidenta es su clara intención de aprovechar la llegada al poder del demócrata como una oportunidad para, relaciones carnales aparte, avanzar en una comunidad de criterios casi total en política exterior.
Repasemos los ejes de lo dicho por Cristina Kirchner. Por un lado, arremetió con la debida mesura contra Irán. Por su rechazo a extraditar a personajes sospechados por el atentado a la AMIA, claro, pero también por la indignante negación del Holocausto en que recurre su presidente, el ultraislamista Mahmud Ahmadineyad.
Por si eso fuera poco, ordenó a la delegación argentina que se retirara del recinto cuando llegó el turno del discurso del iraní, en momentos en que repetía sus diatribas contra Israel, que suelen mezclar críticas justas con un inocultable deseo de destruir al país y aniquilar a su población.
El retiro de la delegación nacional se efectuó acompañando la actitud de Israel (por supuesto), Alemania, Francia, Canadá, Italia… y los Estados Unidos.
¿Alguien en su sano juicio o que actúe con buena fe puede alegar que la política exterior argentina es “chavista”? Que quien dice eso se base en que el país mantiene buenas relaciones con Venezuela, Ecuador y Bolivia debería decir entonces que la Casa Blanca sigue una política exterior, digamos, saudita, dada la sintonía entre Washington y Riad. O que Obama (y George W. Bush, y Bill Clinton) son también chavistas, dado que Estados Unidos es, retórica aparte, el principal socio comercial de Venezuela.
Mientras Cristina Kirchner reclama con fuerza en todos los foros internacionales la cooperación iraní en la investigación sobre el atentado a la AMIA, Chávez se abraza con Ahmadineyad. Y, más aun, Luiz Inácio Lula da Silva (mucho más celebrado por la derecha argentina que por la brasileña) recibirá al negador del Holocausto en noviembre y lo visitará en Teherán a comienzos del año próximo, además de reivindicar el tumultuoso proceso electoral que le dio a éste la reelección y de defender el derecho de Irán a la tecnología nuclear, sin reparar en las sospechas de la comunidad internacional.
En lo que fue un discurso medido en tiempo y tono, y que fue directamente a los aspectos nodales del interés nacional, la Presidenta hizo otro guiño a Obama al recordar que Argentina y Estados Unidos son los dos únicos países del hemisferio que han sido víctimas del terrorismo internacional.
Para Washington, terrorismo, narcotráfico y lavado de dinero son los temas de la agenda con América latina, además de la inmigración ilegal, en el que nuestro país no representa un problema. En todos ellos, la cooperación en la era Kirchner ha sido ampliamente reconocida por la Casa Blanca como satisfactoria, por encima de la de Brasil. Basta de clichés.
En otro hábil gesto, Cristina Kirchner avaló la política de Obama hacia Medio Oriente. Se alineó (tal es la tradición de la política exterior nacional) con la idea del norteamericano de que Israel debe vivir seguro dentro de sus fronteras y con el objetivo de la creación de un Estado palestino independiente. El problema mayor de Obama para volver a sentar a unos y otros a una mesa de diálogo pasa por la continuidad de la construcción en los asentamientos israelíes en Cisjordania ocupada, lo que ayer calificó de “ilegítimo” en su discurso. Cristina se alineó también con esa postura, a la que calificó como “una caricia para el alma”.
Defendió también los derechos nacionales sobre Malvinas, sin privarse de destacar la cooperación con Gran Bretaña para que los familiares de los caídos puedan inaugurar un cenotafio en las islas. Y, como corresponde, defendió con énfasis la restauración de la democracia en Honduras, conculcada, dijo con un inocultable eco doméstico, por un golpe “cívico-mediático”. Allí no hubo, repetimos, “relaciones carnales”, ya que durante el almuerzo que compartió con Obama, si bien descartó que piense que Estados Unidos esté detrás de la asonada, le reclamó acciones más decididas (un embargo comercial, por caso) para desbaratar al régimen ilegítimo.
Defendió también la vigencia irrestricta de la democracia y los derechos humanos, calificando a estos últimos como “el ADN” de la gestión kirchnerista.
Al respecto, explicó la decisión de su gobierno de despenalizar las calumnias e injurias en el ejercicio del periodismo, todo mientras Chávez anuncia (y luego retira) proyectos de ley sobre delitos mediáticos. ¿De qué chavismo se habla?
La cumbre del Grupo de los 20 que cominza hoy en Pittsburg será un buen escenario para comprobar si se consolida la sintonía con Obama que ensayó ayer la Presidenta.


M.F. decir que Arabia Saudita decide por EEUU es de una torpeza que solo los tontos pueden aceptar. Si en cambio ocurre lo contrario, Arabia Saudita es un satélite en las decisiones de EEUU. En todo caso lo que debes entender que la política Argentina tiene mucho en lo interno de Chavismo y en lo externo una dependencia excesiva de EEUU y Brasil. (sino como justificas que el embajador de EEUU pasee todas las semanas por la casa rosada). no es preciso que publiques esto, solo que lo tengas en cuenta.
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Le contesto en un post. Gracias.
PD: Sólo le preguntaría: ¿dónde digo yo que Arabia Saudita va a tomar decisiones por EE.UU.?