Acuerdos de paz históricos, actos de resistencia heroicos ante poderes totalitarios, conmovedoras contribuciones humanitarias, tales han sido frecuentemente (aunque no siempre) los fundamentos del Premio Nobel de la Paz. Tan grandes solían ser las hazañas premiadas, que hasta permitían recibir el galardón a terroristas rehabilitados sin que casi nadie se escandalizara.
Esta vez se premió en la figura de Barack Obama a un brillante orador. A un hombre que ha trocado la doctrina de la “guerra preventiva” por el mensaje de la cooperación internacional. Alguien que ha cambiado la teoría del “choque de civilizaciones” por las ofertas de diálogo a Estados como el iraní y al islam en general.
Se premió una intención. Un contraste. En definitiva, se premió el alivio que representa su figura Obama como contratara de la George W. Bush, un hombre que pasará a la historia por su legado de guerra, destrucción, avance sobre las libertades individuales y desmanejo de la economía.
¿Es suficiente motivo? Acaso no, porque Obama, en apenas nueve meses de gestión, hasta ahora no ha pasado de las intenciones y, es más, podría estar a las puertas de un “giro realista” que nada más (y nada menos) podría diferenciarlo de Bush sólo en los métodos. Desde ahora cualquiera de nosotros, firmes defensores discursivos de la paz y el amor mundiales, podemos aspirar al Nobel. ¿Un poco raro, no?
Obama pretendió sentar a la mesa del diálogo a palestinos e israelíes, intentando arrancar a éstos la promesa de cesar la construcción en los asentamientos de Cisjordania ocupada; no lo logró.
Obama declara estar dispuesto a frenar o a contener dentro de los límites del uso civil el avance nuclear iraní, pero más allá de las promesas recientes de Teherán, está lejos de poder dar garantías al respecto y no puede descartar que la confrontación adopte otra vez formas ya conocidas.
Obama prometió acelerar la retirada de Irak, pero la mantiene en el mismo ritmo que impuso Bush.
Obama prohibió que los agentes estadounidenses torturen a los sospechosos de terrorismo que interrogan, pero no logra confirmar cuándo será cerrado el lamentable penal de Guantánamo.
Obama permite avanzar en la investigación sobre los casos de tortura ocurridos en la era Bush, pero da señales de que el proceso podría abortarse por consideraciones de seguridad nacional.
Obama condena esos malos tratos, pero censura la difusión del material que lo prueba en los medios de prensa.
Obama quiere luchar contra el cambio climático, pero se aguardan aún más propuestas concretas.
Obama realizó gestos de distensión con Cuba, pero mantiene el anacrónico y políticamente inocuo embargo comercial.
Obama condenó el golpe de Estado en Honduras, pero se resiste a pronunciar la palabra “golpe” y no va a fondo con medidas que podrían precipitar la recuperación de la democracia.
Obama es todavía un brillante orador, un hombre de intenciones honestas y un brillante orador, pero una enorme incógnita política.
Obama es una esperanza, un gesto, un suspiro de alivio, un estilo diferente al de Bush. Al Comité Nobel le alcanzó, algo que le generará al premiado una responsabilidad adicional que, acaso, termine de conformar su fisonomía política. ¿A vos te alcanza?