¿Hay o no una crisis entre Estados Unidos y Brasil? Una larga serie de hechos hace difícil no afirmar que las relaciones entre ambos países pasan por su momento más bajo desde la asunción de Barack Obama en enero.
El punto culminante de esos roces fue la carta de tres páginas que el estadounidense le faxeó el domingo a Luiz Inácio Lula da Silva, sugestivamente en vísperas de la irritativa visita de Mahmud Ahmadineyad a Brasilia. En la ella, Obama repasa con su viscosidad habitual algunos (sólo algunos) de los temas de fricción bilateral, entre ellos la cuestión iraní y la crisis en Honduras. Sobre lo primero, evitó criticar explícitamente la visita, pero le recordó a Lula la utilidad de explicarle al huésped que debe poner sin más demoras su programa nuclear bajo control internacional. Sobre lo segundo, justificó su apoyo a la elección del domingo, que permitirá, dijo, «comenzar de cero» una era en Honduras.
En la misiva se oculta una anécdota que es mucho más que eso: en uno de los párrafos Obama le dice a Lula que le habría gustado llamarlo por teléfono en lugar de escribirle, pero que no había tenido tiempo. El problema es que el brasileño aún espera respuesta a la invitación a una reunión que le formuló a fines de agosto en la cumbre de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) realizada en Bariloche, algo que es percibido como un desaire por Itamaraty.
¿Cómo seguirá la saga iniciada con la divulgación de una carta supuestamente reservada? ¿La dará alguien a conocer en su totalidad? Por lo pronto, y de modo revelador de lo difícil que resultó su digestión, Brasil dijo que la respondió «con educación».
El conflicto entre los dos países se originó en el acuerdo por el que soldados norteamericanos podrán usar siete bases en Colombia, ítem particularmente sensible en el que Lula se ha mostrado en sintonía con Hugo Chávez. Y que sigue y seguirá sin respuesta, tal como dejan claro su puesta en marcha y el silencio imperturbable del demócrata.
Pero hay más cosas que decir sobre la mencionada carta. Como que ésta llegó a Brasil el domingo, y que el lunes y martes siguieron sucediéndose las críticas a la Casa Blanca del asesor especial de Lula en política internacional, Marco Aurélio Garcia. Un dato clave: éste es el alter ego del Presidente desde hace 30 años y referente insoslayable, junto al canciller Celso Amorim, de la diplomacia bifronte que ha imperado de hecho bajo el lulismo.
La recepción del lunes a Ahmadineyad fue ampliamente interpretada en Brasil y en el exterior como un desafío. Si bien Lula da Silva habló de la necesidad de que el plan nuclear iraní tenga carácter pacífico y esté sujeto a controles internacionales, lo apoyó en público sin expresar prevenciones sobre sus verdaderas intenciones. Choque inevitable: Obama amenaza todos los días con nuevas sanciones a la República Islámica por su demora en aceptar que su uranio se enriquezca en el exterior y Brasil agujerea el cerco en torno a Teherán, le brinda una tribuna legitimadora y se prepara para que sus empresas saquen ventaja en un mercado (sobre todo petrolero) que sus competidoras norteamericanas seguirán teniendo vedado.
La supuesta intención de Brasil de «dialogar con todos» para facilitar la paz en Medio Oriente es la excusa perfecta. Pero, con el debido respeto, si Honduras le queda grande a Itamaraty, ¿qué cabe decir de aquel berenjenal?
Volviendo a la crisis en el país centroamericano, la diplomacia brasileña fracasó en los últimos días en lograr apoyo estadounidense para que se aplazaran las elecciones, las que mantienen a ambos países en las antípodas: Estados Unidos apoyará el resultado como base de una normalización institucional y Brasil seguirá (por ahora) cuestionando y desconociendo un proceso nacido de un golpe de Estado y desarrollado en medio de estado de sitio, toque de queda, cierre de medios y cruenta represión.
En Honduras, es cierto, se juega una cuestión de principios. Pero también algo mucho más de fondo, que hace a la sustancia misma de los roces entre Estados Unidos y Brasil. Ocurre que el golpe tuvo como eje a la tradicional dirigencia hondureña y al alto empresariado, ligados ambos a los negocios con Estados Unidos y al Tratado de Libre Comercio de América Central (CAFTA). Zelaya y su grupo son la carta latinoamericanista, la única que hoy le permitiría a Brasil pelearle la influencia a Estados Unidos en beneficio de sus empresas y la que quedará barrida del mapa político el domingo a la noche. No sólo de principios vive el hombre.
Por si eso fuera poco, la posibilidad de que Brasil salve la ropa con una reposición efímera y simbólica de Zelaya ayer parecía más lejana, si cabe. La Corte Suprema dio a conocer el dictamen (no vinculante) que usará el Congreso para decidir la cuestión que, sin sorpresas, es adverso a esa posibilidad. Lula da Silva queda así en un callejón sin salida, a cuyo diseño Washington aportó de modo decisivo. ¿Cuándo y cómo saldrá Zelaya de su refugio en la embajada brasileña Tegucigalpa? ¿Será al menos simbólicamente rehabilitado? La mayor o menor elegancia del desenlace implicará que Brasil zafe o no de una dolorosa herida a su amor propio de potencia en ciernes.
Una crisis no es una guerra, qué duda cabe. Pero si esto no es una crisis, ¿cómo llamarlo? Más temprano que tarde, Obama y Lula se reencontrarán, se palmearán y se elogiarán en público. Es lo esperable dados el peso actual y las aspiraciones de Brasil. Las mismas aspiraciones que comienzan a proyectarse fronteras afuera, allí donde un Estados Unidos omnipresente tiene densos intereses. Los choques parecerán más o menos frontales, pero ya nunca serán tormentas pasajeras.
El punto culminante de esos roces fue la carta de tres páginas que el estadounidense le faxeó el domingo a Luiz Inácio Lula da Silva, sugestivamente en vísperas de la irritativa visita de Mahmud Ahmadineyad a Brasilia. En la ella, Obama repasa con su viscosidad habitual algunos (sólo algunos) de los temas de fricción bilateral, entre ellos la cuestión iraní y la crisis en Honduras. Sobre lo primero, evitó criticar explícitamente la visita, pero le recordó a Lula la utilidad de explicarle al huésped que debe poner sin más demoras su programa nuclear bajo control internacional. Sobre lo segundo, justificó su apoyo a la elección del domingo, que permitirá, dijo, «comenzar de cero» una era en Honduras.
En la misiva se oculta una anécdota que es mucho más que eso: en uno de los párrafos Obama le dice a Lula que le habría gustado llamarlo por teléfono en lugar de escribirle, pero que no había tenido tiempo. El problema es que el brasileño aún espera respuesta a la invitación a una reunión que le formuló a fines de agosto en la cumbre de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) realizada en Bariloche, algo que es percibido como un desaire por Itamaraty.
¿Cómo seguirá la saga iniciada con la divulgación de una carta supuestamente reservada? ¿La dará alguien a conocer en su totalidad? Por lo pronto, y de modo revelador de lo difícil que resultó su digestión, Brasil dijo que la respondió «con educación».
El conflicto entre los dos países se originó en el acuerdo por el que soldados norteamericanos podrán usar siete bases en Colombia, ítem particularmente sensible en el que Lula se ha mostrado en sintonía con Hugo Chávez. Y que sigue y seguirá sin respuesta, tal como dejan claro su puesta en marcha y el silencio imperturbable del demócrata.
Pero hay más cosas que decir sobre la mencionada carta. Como que ésta llegó a Brasil el domingo, y que el lunes y martes siguieron sucediéndose las críticas a la Casa Blanca del asesor especial de Lula en política internacional, Marco Aurélio Garcia. Un dato clave: éste es el alter ego del Presidente desde hace 30 años y referente insoslayable, junto al canciller Celso Amorim, de la diplomacia bifronte que ha imperado de hecho bajo el lulismo.
La recepción del lunes a Ahmadineyad fue ampliamente interpretada en Brasil y en el exterior como un desafío. Si bien Lula da Silva habló de la necesidad de que el plan nuclear iraní tenga carácter pacífico y esté sujeto a controles internacionales, lo apoyó en público sin expresar prevenciones sobre sus verdaderas intenciones. Choque inevitable: Obama amenaza todos los días con nuevas sanciones a la República Islámica por su demora en aceptar que su uranio se enriquezca en el exterior y Brasil agujerea el cerco en torno a Teherán, le brinda una tribuna legitimadora y se prepara para que sus empresas saquen ventaja en un mercado (sobre todo petrolero) que sus competidoras norteamericanas seguirán teniendo vedado.
La supuesta intención de Brasil de «dialogar con todos» para facilitar la paz en Medio Oriente es la excusa perfecta. Pero, con el debido respeto, si Honduras le queda grande a Itamaraty, ¿qué cabe decir de aquel berenjenal?
Volviendo a la crisis en el país centroamericano, la diplomacia brasileña fracasó en los últimos días en lograr apoyo estadounidense para que se aplazaran las elecciones, las que mantienen a ambos países en las antípodas: Estados Unidos apoyará el resultado como base de una normalización institucional y Brasil seguirá (por ahora) cuestionando y desconociendo un proceso nacido de un golpe de Estado y desarrollado en medio de estado de sitio, toque de queda, cierre de medios y cruenta represión.
En Honduras, es cierto, se juega una cuestión de principios. Pero también algo mucho más de fondo, que hace a la sustancia misma de los roces entre Estados Unidos y Brasil. Ocurre que el golpe tuvo como eje a la tradicional dirigencia hondureña y al alto empresariado, ligados ambos a los negocios con Estados Unidos y al Tratado de Libre Comercio de América Central (CAFTA). Zelaya y su grupo son la carta latinoamericanista, la única que hoy le permitiría a Brasil pelearle la influencia a Estados Unidos en beneficio de sus empresas y la que quedará barrida del mapa político el domingo a la noche. No sólo de principios vive el hombre.
Por si eso fuera poco, la posibilidad de que Brasil salve la ropa con una reposición efímera y simbólica de Zelaya ayer parecía más lejana, si cabe. La Corte Suprema dio a conocer el dictamen (no vinculante) que usará el Congreso para decidir la cuestión que, sin sorpresas, es adverso a esa posibilidad. Lula da Silva queda así en un callejón sin salida, a cuyo diseño Washington aportó de modo decisivo. ¿Cuándo y cómo saldrá Zelaya de su refugio en la embajada brasileña Tegucigalpa? ¿Será al menos simbólicamente rehabilitado? La mayor o menor elegancia del desenlace implicará que Brasil zafe o no de una dolorosa herida a su amor propio de potencia en ciernes.
Una crisis no es una guerra, qué duda cabe. Pero si esto no es una crisis, ¿cómo llamarlo? Más temprano que tarde, Obama y Lula se reencontrarán, se palmearán y se elogiarán en público. Es lo esperable dados el peso actual y las aspiraciones de Brasil. Las mismas aspiraciones que comienzan a proyectarse fronteras afuera, allí donde un Estados Unidos omnipresente tiene densos intereses. Los choques parecerán más o menos frontales, pero ya nunca serán tormentas pasajeras.
(Publicado en Ámbito Financiero).

