El nuevo jefe de la diplomacia estadounidense para América Latina, Arturo Valenzuela, fue el encargado de fingir la “decepción” de su gobierno por el pésimo desenlace de la crisis institucional hondureña, esto es el voto contrario a la restitución del Presidente derrocado el 28 de junio. Un final que, en rigor, construyó con las palabras almibaradas de Barack Obama y las políticas de siempre del Departamento de Estado.
No adherimos en lo más mínimo a la teoría de que Obama tiene buenas intenciones pero que no tiene cómo imponerse a una burocracia llena de halcones, ni a su dama de hierro, la canciller Hillary Clinton. Fiel a su estilo, el Presidente entregó en el caso hondureño una prometedora reacción oral inicial, que se fue diluyendo en los hechos con el paso del tiempo.
Es hora de enfrentarlo: el golpe en Honduras triunfó y sus líderes (sobre todo el indescifrable Roberto Micheletti) mostraron tanta brutalidad para secuestrar a un Presidente, reprimir a sus simpatizantes y cerrar medios de comunicación como ductilidad para manipular las negociaciones. Y, en paralelo, si Luiz Inácio Lula da Silva, Cristina Kirchner, Hugo Chávez y compañía pretendieron influir en la cuestión, han perdido irremediablemente.
“Le dimos la respuesta, más que a los pobres diablos que tenía aquí él de representantes, a él le dimos la respuesta, como se la dimos a Evo Morales, al señor Correa, y como se la estamos dando diariamente a don Lula da Silva y a la señora Kirchner, que han tomado un odio increíble contra nuestro país, sin nuestro país haber hecho absolutamente nada más que decidir nuestro destino», resumió Micheletti sin la menor intención de tender puentes para el futuro de su país.
Se abre ahora para los gobiernos latinoamericanos que verdaderamente rechazan los golpes de Estado (que son muchos, pero no todos) una opción de hierro: ¿qué hacer ante el hecho consumado, que incluye, claro, que ha quedado establecido sin remedio un precedente nefasto y, además, la elección en las urnas del conservador Porfirio Lobo?
Es cierto que Manuel Zelaya (¡qué curioso, recién ahora lo mencionamos en esta nota!) no ha sido repuesto en el poder, que el proceso electoral avanzó en medio de la represión, la censura y el estado de sitio y que las cifras de participación pueden haber sido manipuladas. Lo que no se puede negar es la emergencia de un Presidente votado, para más, el mismo que lideró largamente todas las encuestas, lo que equivale a decir que aquellas restricciones no alteraron un resultado cantado desde hace mucho. He ahí el problema: si el gobierno de Lobo tiene un origen ilegítimo, lo tendrá también el de todos los gobiernos que lo sucedan hasta la eternidad. Parece una postura difícil de sostener, y que requerirá de algún gesto del electo para comenzar a normalizar su relación con la región. Eso si su análisis político es un poco más sutil que el de Micheletti.
Honduras sigue siendo patio trasero de Estados Unidos, no de Brasil. Y ésa es otra lección importante: las aspiraciones de liderazgo de Lula da Silva van por ahora mucho más lejos que sus posibilidades.
¿Cómo saldrá Zelaya de la embajada Brasileña? ¿Irá a la cárcel, buscará un indulto, se exiliará? Lula da Silva será muy criticado internamente, otra vez. Y una nueva era habrá empezado (¿o regresado?) para América Latina.