Dejó un regusto más que amargo en el gobierno nacional el paso por Buenos Aires del jefe de la diplomacia estadounidense para la región, Arturo Valenzuela. Eso y su «retractación» posterior, en la que simplemente aseguró que «no necesariamente» comparte las denuncias de inseguridad jurídica que le plantearon las empresas norteamericanas y que él reveló en una conferencia de prensa la semana pasada.
En rigor, la visita empezó mal incluso antes del viaje. El propio embajador en Estados Unidos, Héctor Timerman, reconoció hoy en Radio el Mundo que Valenzuela le había pedido una entrevista con Cristina Kirchner que fue denegada por no tener un própósito específico sino, simplemente, «conocer a la Presidenta».
Cabe recordar que Luiz Inácio Lula da Silva tampoco recibió a Valenzuela, pero ocurre que es tradición en Brasil que el Presidente no departa con un funcionario de ese nivel. Todo lo contrario a lo hecho por el kirchnerismo con el antecesor de aquél, Tom Shannon, por lo que la decisión supuso un cambio de política y un desaire.
¿Fue entonces un pase de factura? Es probable. Aunque también hay que recordar que, por diferentes razones, distintas empresas estadounidenses radicadas en el país han planteado en el pasado quejas por la «inseguridad jurídica» imperante, desde Kraft hasta los socios de TyC en la televisación del fútbol ahora estatizada. Quejas que, vale recordar, ya había planteado de modo poco diplomático la embajadora Vilma Socorro Martínez.
Lo que subyace a la polémica es la visión preponderante en el Departamento de Estado y la que sostiene su titular, Hillary Clinton, sobre la Argentina. Más allá de viejas fotos de ocasión con Cristina Kirchner, ya desde los tiempos en los que disputaba la primaria demócrata con Barack Obama, la ex primera dama había dado a conocer a través de su principal asesora, Madeleine Albright, su agenda de temas pendientes: la relación nacional con Hugo Chávez, el Indec, el clima de negocios, seguridad jurídica para las inversiones de su país y corrupción. Todo sazonado con elogios a las «relaciones carnales» de los 90 y un recuerdo nostálgico sobre el menemismo y Guido Di Tella. Tango, este último, que volvió a cantar Valenzuela al ercordar cuán fácil era invertir en el país en 1996.
Obviamente, reclamar seguridad jurídica para una empresa que vulneró el marco legal argentino al despedir a delegados sindicales mueve a risa. Lo mismo que hacerla valer en favor de compañías que pretenden perpetuar posiciones monopólicas. Lo extraño es, en todo caso, que el gobierno nacional no haya tomado nota antes de aquellas posiciones y que haya confiado excesivamente en el giro que prometía Obama, algo que, como es notorio, se ha quedado más que corto.
Otro error es haber rebajado innecesariamente el nivel del viaje inaugural de Valenzuela. Sobre todo cuando el propio Secretario de Estado Adjunto para Asuntos Hemisféricos destacó que la Argentina es un aliado valioso de la Casa Blanca en los temas que hacen al interés nacional prioritario de los Estados Unidos: lucha contra el narcotráfico, ombate al terrorismo (léase también Irán) y no proliferación nuclear.
Errores de lectura propios y una política externa norteamericana que sigue siendo inclemente para nuestro país hicieron que temas menores vuelvan a envenenar una relación que no tiene motivos objetivos para la tirria. Al revés que Brasil, que pese a haber recibido al iraní Mahmud Ahmadineyad y coquetear con un relanzamiento de su plan nuclear, salió mejor parado de la gira.
De no creer.