La elección el martes de un republicano como senador por Massachusetts significó muchas cosas para Barack Obama, todas malas desde ya.
Primero, lo más evidente, los demócratas perdieron en uno de sus principales bastiones, tanto que la banca en disputa había pertenecido a Ted Kennedy, un ícono del ala liberal del partido, durante 47 años.
Segundo, el resultado, que se sumó a las derrotas anteriores en las elecciones para gobernador de Virginia y Nueva Jersey, delinea un panorama inquietante para los comicios de mitad de mandato de noviembre.
Tercero, altera el balance de poder en el Senado, donde el oficialismo perdió su «supermayoría» de 60 bancas y queda sometido desde ahora a las triquiñuelas que el reglamento legislativo habilita para que la oposición dilate sine die las deliberaciones. La reforma sanitaria, la propuesta insignia de Obama, corre riesgo serio de hundimiento.
Más allá de lo anterior, el resultado pone de manifiesto una paradoja notable: los electores independientes abandonaron prematuramente al presidente de la retórica brillante y, con un voto castigo impiadoso, lo conminaron a abocarse más decididamente al tema que más los preocupa: la crisis económica y el desempleo. Sólo que, al hacerlo, premiaron al pirómano (el Partido Republicano) y dejaron herido al bombero. Así de crueles son los seres humanos en tiempos de urgencias.
Obama, que deberá asumir el desgaste de haber hecho campaña en Massachusetts por la derrotada Martha Coakley, advirtió entonces que el ataque a George W. Bush, quien dejó el poder hace apenas un año y dos días en medio del oprobio universal, ya no es una buena estrategia de campaña.
Con elecciones a la vuelta de la esquina y sin que nadie le garantice un rebote económico capaz de cambiar drásticamente los humores, la necesidad lo urgió a encontrar un nuevo villano, y ningún actor encarna mejor hoy en día ese physique du rol que los bancos.
La ofensiva tiene un antecedente reciente. Su indignación por los bonus exorbitantes que volvieron a repartir entre sus ejecutivos los bancos que recibieron rescates estatales lo llevó a lanzar un impuesto especial para recuperar aquellos fondos. Lo que anunció ayer suena a una reestructuración profunda y penetra hasta el hueso en los intereses del sector.
La idea de limitar el tamaño y los riesgos en que incurren las entidades tiene dos aspectos salientes. Por un lado, impide a los bancos el proprietary trading, esto es operar con fondos propios (más allá de las actividades a nombre y cuenta de los clientes) en los mercados financieros. Por el otro, pretende limitar su tamaño, ya no sólo como establece la legislación actual en cuanto a que ninguno puede exceder el 10% del total de los depósitos garantizados, sino, directamente, imponiendo ese límite a la totalidad de los depósitos. Lo primero afecta directamente a gigantes (vapuleados, pero gigantes al fin) como el Citi, Bank of America, JP Morgan o Wells Fargo; lo segundo, a bancos de inversión como Goldman Sachs y Morgan Stanley. ¿Y los derechos adquiridos, una de las bases del sistema legal y del capitalismo norteamericanos?
Ahora bien, ¿tiene posibilidades de prosperar una propuesta tan irritante para un sector clave de la economía norteamericana? Recordemos que la reforma sanitaria, que afecta intereses poderosos pero mucho menos influyentes que los grandes bancos, está en peligro de colapso. Y ahora las denuncias sobre un «Obama socialista» vuelven a sonar en el horizonte.
No hay que perder de vista, además, que la Corte Suprema autorizó ayer mismo, poco después del anuncio del presidente, a las corporaciones del país a realizar aportes de campaña ilimitados. La decisión afectará radicalmente la dinámica electoral de los Estados Unidos a partir de noviembre. La reacción indignada de Obama a esa sentencia es el preludio del río de fondos que, seguramente, fluirán copiosamente desde el sector financiero hacia los candidatos que el Partido Republicano propondrá al electorado para intentar dar vuelta la relación de fuerzas en el Capitolio.
¿Quién hubiese imaginado semejante utopía hace tan sólo un año?
Primero, lo más evidente, los demócratas perdieron en uno de sus principales bastiones, tanto que la banca en disputa había pertenecido a Ted Kennedy, un ícono del ala liberal del partido, durante 47 años.
Segundo, el resultado, que se sumó a las derrotas anteriores en las elecciones para gobernador de Virginia y Nueva Jersey, delinea un panorama inquietante para los comicios de mitad de mandato de noviembre.
Tercero, altera el balance de poder en el Senado, donde el oficialismo perdió su «supermayoría» de 60 bancas y queda sometido desde ahora a las triquiñuelas que el reglamento legislativo habilita para que la oposición dilate sine die las deliberaciones. La reforma sanitaria, la propuesta insignia de Obama, corre riesgo serio de hundimiento.
Más allá de lo anterior, el resultado pone de manifiesto una paradoja notable: los electores independientes abandonaron prematuramente al presidente de la retórica brillante y, con un voto castigo impiadoso, lo conminaron a abocarse más decididamente al tema que más los preocupa: la crisis económica y el desempleo. Sólo que, al hacerlo, premiaron al pirómano (el Partido Republicano) y dejaron herido al bombero. Así de crueles son los seres humanos en tiempos de urgencias.
Obama, que deberá asumir el desgaste de haber hecho campaña en Massachusetts por la derrotada Martha Coakley, advirtió entonces que el ataque a George W. Bush, quien dejó el poder hace apenas un año y dos días en medio del oprobio universal, ya no es una buena estrategia de campaña.
Con elecciones a la vuelta de la esquina y sin que nadie le garantice un rebote económico capaz de cambiar drásticamente los humores, la necesidad lo urgió a encontrar un nuevo villano, y ningún actor encarna mejor hoy en día ese physique du rol que los bancos.
La ofensiva tiene un antecedente reciente. Su indignación por los bonus exorbitantes que volvieron a repartir entre sus ejecutivos los bancos que recibieron rescates estatales lo llevó a lanzar un impuesto especial para recuperar aquellos fondos. Lo que anunció ayer suena a una reestructuración profunda y penetra hasta el hueso en los intereses del sector.
La idea de limitar el tamaño y los riesgos en que incurren las entidades tiene dos aspectos salientes. Por un lado, impide a los bancos el proprietary trading, esto es operar con fondos propios (más allá de las actividades a nombre y cuenta de los clientes) en los mercados financieros. Por el otro, pretende limitar su tamaño, ya no sólo como establece la legislación actual en cuanto a que ninguno puede exceder el 10% del total de los depósitos garantizados, sino, directamente, imponiendo ese límite a la totalidad de los depósitos. Lo primero afecta directamente a gigantes (vapuleados, pero gigantes al fin) como el Citi, Bank of America, JP Morgan o Wells Fargo; lo segundo, a bancos de inversión como Goldman Sachs y Morgan Stanley. ¿Y los derechos adquiridos, una de las bases del sistema legal y del capitalismo norteamericanos?
Ahora bien, ¿tiene posibilidades de prosperar una propuesta tan irritante para un sector clave de la economía norteamericana? Recordemos que la reforma sanitaria, que afecta intereses poderosos pero mucho menos influyentes que los grandes bancos, está en peligro de colapso. Y ahora las denuncias sobre un «Obama socialista» vuelven a sonar en el horizonte.
No hay que perder de vista, además, que la Corte Suprema autorizó ayer mismo, poco después del anuncio del presidente, a las corporaciones del país a realizar aportes de campaña ilimitados. La decisión afectará radicalmente la dinámica electoral de los Estados Unidos a partir de noviembre. La reacción indignada de Obama a esa sentencia es el preludio del río de fondos que, seguramente, fluirán copiosamente desde el sector financiero hacia los candidatos que el Partido Republicano propondrá al electorado para intentar dar vuelta la relación de fuerzas en el Capitolio.
¿Quién hubiese imaginado semejante utopía hace tan sólo un año?
(Nota publicada en Ámbito Financiero)

