Un enfoque meramente ideológico debería atribuir el elevado nivel de apoyo social al presidente de Venezuela (paralelo, claro, al rechazo en una sociedad dramáticamente polarizada) a algún fenómeno de locura o alucinación colectiva, más propio del realismo mágico de las letras latinoamericanas que de la naturaleza de la política.
Si hay un pueblo fuera de Venezuela capaz de entender el chavismo es el argentino. Esto es así porque la trayectoria del movimiento (y del personaje que lo encarna) es llamativamente paralela a la del peronismo fundacional.
Como Juan Perón, Chávez es un militar y su salto a la política se dio a partir de un golpe de Estado. Como el argentino, el bolivariano partió de una ideología nacionalista y populista, aunque más tarde fue derivando hasta llegar (recién en 2004) a una revelación tardía de socialismo. También fue destronado brevemente por las armas (Perón, como secretario de Trabajo y Previsión en 1945; Chávez, como presidente en 2002) para experimentar una resurrección (política, claro, pero en parte «religiosa») por una reacción cívico-militar. El 14 de abril de 2002 es un equivalente llamativamente perfecto del 17 de octubre peronista.
No se trata sólo de trazar un paralelo entre dos personajes históricos pretendidamente digno de Plutarco. El peronismo y el chavismo han tenido implicancias equivalentes, cada uno en su lugar y en su momento.
Como ocurrió entre mediados de los años 40 y 50 en la Argentina, el chavismo convirtió masivamente a los excluidos en un actor político. Expandió derechos y cometió abusos, pero, más importante como consecuencia, dio voz para siempre a los que no la tenían. Y encarnó como nunca el clivaje patria-antipatria para convertirse, de un modo que seguramente sobrevivirá a su fundador, en un factor clave de la política venezolana en el tiempo por venir.
Chávez irrita a sus oponentes, pero por los mismos motivos encanta a sus simpatizantes. Gran orador y hombre versado en la Historia, al punto de ser capaz de distorsionarla con astucia (tal como lo hizo con la figura de Simón Bolívar, de la que se apropió y a quien convirtió en un precursor del Che Guevara), les habla a los venezolanos comunes en su lenguaje y sobre sus problemas, canta en cámara, cuenta chistes, transpira. Les entregó una identidad, les hace sentir que ahora existen.
Pero los once años en el poder y las victorias electorales en cadena tampoco deben ser vistas como un acto de ilusionismo. Las apariencias nunca duran tanto. En este punto empiezan las polémicas.
El Instituto Nacional de Estadísticas, el INDEC venezolano en toda la regla, dice que el desempleo pasó del 15% en 1999 (el año de la llegada de Chávez al poder) al 8% en 2009, el año de una crisis que tuvo consecuencias particularmente dolorosas en el país. Que la pobreza cayó en la década del 49% al 26,4%, que la indigencia se desplomó del 21% al 7% y que la desigualdad en la distribución del ingreso (el famoso coeficiente de Gini) pasó a ser la menor de toda la región.
Las cifras son fuertemente discutidas por mediciones privadas, que alegan incluso que la pobreza no sólo no bajó tanto, sino que subió. Sin embargo, la CEPAL, entre otros organismos, avala el trazo grueso de las estadísticas venezolanas, y la ONU reconoce una escalada sostenida del país en su Índice de Desarrollo Humano, en el que Venezuela subió al puesto 58 y es considerado hoy de nivel alto.
Más allá de los números fríos, hay que reconocer que, al acordarse de la masa de los invisibles, Chávez puso la salud, la educación, la alfabetización y la asistencia social en general allí donde nunca habían llegado. Llevó el Estado a los pobres. Testimonio de eso es el larguísimo listado de «misiones» que el chavismo montó en los barrios y en las localidades más pobres del país.
A la inversa, otra pregunta que suele soslayarse al hablar del fenómeno es qué lo generó. Sin temor a exagerar, puede decirse que Venezuela ha sido el país más expoliado del continente por su clase dirigente a lo largo de todo el siglo XX.
Si se habla de Venezuela, hay que hablar de petróleo. Gracias a éste, el país fue el de mayor ingreso per cápita de América Latina entre 1945 y 1990, y obtuvo en las décadas del 70 y el 80 nada menos que 274.000 millones de dólares. Semejante cifra sólo por petróleo, sin contar los aportes de otras actividades. ¿Dónde fue a parar semejante riqueza (para más, estatal, ya que el recurso fue nacionalizado en 1976 como reacción al shock de precios que se había producido tres años antes)? ¿Cómo es posible que la economía permaneciera en esas condiciones estancada en el subdesarrollo y el índice de pobreza llegara al 70%?
Más allá de las críticas previamente mencionadas, y de los aciertos reconocidos, cabe realizarle a Chávez una imputación que debería resultarle particularmente dolorosa, dadas sus promesas. ¿Qué ha hecho él en once años, en los que el barril de petróleo pasó de valer 9 dólares a 150, para regresar hoy a niveles de 75, insuficientes para financiar un Presupuesto desquiciado y sacar al país de la aguda recesión en que cayó el año pasado? ¿Por qué el recurso sigue representando el 95% de las divisas que ingresan a Venezuela? ¿Por qué no diversificó en serio la economía, por qué su industria sigue siendo enana, por qué el país sigue siendo un importador neto de alimentos, cuando tiene todas las condiciones naturales para producirlos? ¿Por qué su política social siguió siendo dependiente de los vaivenes del crudo y se deterioró en el último tiempo tanto como la cotización? ¿Por qué, en suma, tropezó con la misma piedra que sus antecesores? La crisis energética que sufre en la actualidad el quinto exportador de petróleo del mundo es reveladora de la magnitud del fracaso. En este sentido, hablar de «revolución» no puede sino provocar muecas burlonas.
Cuando superó con esfuerzo el golpe de 2002, durante el cual militares, políticos opositores y parte de la prensa se confabularon de modo lamentable, Chávez comenzó a ser Chávez. El que hoy conocemos, el socialista, el estatizador radical, el que asfixia la economía al punto de desabastecerla, el del avance sobre los medios de comunicación, el reeleccionista serial, el aliado de Irán, el belicoso y armamentista, el de las milicias populares.
Hoy enfrenta un momento crucial, de no retorno. Un momento que definirá cuánto más Chávez tendrá Venezuela. Y, en todo caso, qué Chávez será ése.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).