Mucho se habló sobre la escasa consideración que la actual administración estadounidense dispensa a la Argentina a propósito de la reciente gira regional de la canciller Hillary Clinton, que incluyó a nuestro país en el estribo y por unas pocas horas.
Más allá de la ausencia de una pregunta clave, como es cuál es la ventaja obvia de una alianza con EE.UU., mucho de aquello fue exagerado, y respondió, una vez más, al deseo de sumar elementos a la crítica política doméstica. Fueron una expresión elocuente de ello algunas de las preguntas formuladas a Clinton durante la conferencia de prensa que ofreció con Cristina Kirchner, en especial la referida al uso de reservas para el pago de deuda, que derivó en una respuesta de la norteamericana que, todo un tiro por la culata, terminó siendo el elemento central de una campaña oficial sobre las bondades del desendeudamiento. Claro, no se reparó en que para EE.UU. la prioridad al respecto es, simplemente, que la Argentina pague y clausure la era del default. Lo demás es de consumo estrictamente interno.
Como es habitual, se comparó la reticencia de la Casa Blanca hacia nuestro país con una supuesta actitud de gran cercanía hacia Brasil. Efectivamente, la secretaria de Estado no dudó en visitar Brasilia ni en hacer de esa escala el centro de su gira. Pero nada es lo que parece a simple vista.
Lo que dejó el raid de Clinton fue, una vez más, la comprobación de que Argentina no es un motivo de preocupación para EE.UU. en los temas que hacen al denominado «interés nacional» de ese país: terrorismo, narcotráfico, lavado de dinero, Irán. En cambio, emergió claramente que el trato a la República Islámica delinea a futuro un conflicto de fuste entre Washington y Brasilia, choque inevitable y que replica lo que ocurre dentro del hemisferio dada la vocación brasileña de liderazgo internacional.
No por nada Luiz Inácio Lula da Silva ninguneó el lunes a la tarde a Clinton, afirmando que sólo accedió a recibirla por pedido de su canciller, Celso Amorim.
«Vi recientemente lo que es la sumisión cuando vino Hillary Clinton. Es gracioso que la prensa me preguntara si iba a conversar con ella. No, respondí, quien trata con ella es el ministro Celso Amorim, de ministro a ministro», dijo. «Cuando venga Obama conversaré los temas con él», agregó. Curioso: muchos decían que el «castigo» a nuestro país se había debido a la decisión de la Presidenta de no recibir el número dos de Hillary para la región, Arturo Valenzuela.
Ni el desprecio por Argentina es tal ni lo es el aprecio incondicional por Brasil. EE.UU. simplemente se privilegia a los actores mayores o, lo que no es calidad es número, a los que se percibe como más afines (en la región, Colombia, Chile, Perú y, en cierta medida, Uruguay). Se trata de poder, no de amor.
Un poco de perspectiva a veces no viene mal.