Un cierto candor pueblerino explica el valor desmesurado que se le dio a la cuestión de si habría o no reunión privada entre Cristina de Kirchner y Barack Obama en la Cumbre sobre Seguridad Nuclear de Washington. A eso se sumó la tendencia de parte de la prensa de imponerle al Gobierno el cumplimiento de esa faena, celada que guardaba una mal disimulada esperanza de fracaso.
Las relaciones entre los países marchan por otros carriles, menos rutilantes, más burocráticos, y afirmados más en los intereses nacionales que en la empatía que puedan mostrar ante los flashes líderes circunstanciales, tal como se cansó de explicar el embajador Héctor Timerman a todo aquel que conversó con él en los últimos días. Cuestiones en las que no hay entre Estados Unidos y la Argentina ningún conflicto de fondo: lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, flujos migratorios, no proliferación nuclear, lavado de dinero, influencia de Irán, tal la acotada agenda de la Casa Blanca para la región.
Tanto como en la importancia de quince minutos de «cumbre» (toda una osadía semántica si se repara en el volumen relativo de los países en cuestión), se sobrevaloraron también los gestos amables de Obama hacia la Presidente, que incluyeron en las crónicas referencias a un beso en la recepción, una mano sobre el hombro de ésta, una reunión a solas, el pedido de que la sentaran junto a él en el plenario de la Cumbre y hasta una supuesta invitación a cenar en la Casa Blanca. Deferencias inéditas desde la era de las «relaciones carnales».
En todas partes se incurre en aquellos pecados. Hasta Sebastián Piñera, quien, se supone, no debería trabajar por ningún reconocimiento extra para Chile, se esforzó en vano por lograr su foto con el demócrata. Habló en inglés en la Cumbre y terminó conformándose con haber estado al lado de Obama en el almuerzo.
Con todo, lo que no tiene una entidad crucial en el marco de las relaciones bilaterales objetivas sí la tiene en términos de mensajes gestuales dirigidos a diferentes audiencias. Para Cristina de Kirchner, ante el mercado político de consumo doméstico, todo un éxito finalmente, que hará subir la cotización del mencionado Timerman, independientemente de sus reflexiones; para Obama, ante el díscolo Brasil.
«Obama ignora a Lula y pide sanciones inmediatas a Irán», tituló ayer el influyente diario Folha de Sao Paulo. Debajo del título, una elocuente foto en la que el ministro brasileño de Desarrollo, Miguel Jorge, le entrega una camiseta de su selección de fútbol a un Mahmud Ahmadineyad que, sonriente, demuestra que lo suyo no es solamente pegar gritos para negar el Holocausto y amenazar a Israel con la destrucción.
Otro peso pesado de la industria editorial del país vecino, el tradicional O Estado de Sao Paulo, incurrió en una de esas llamativas coincidencias que suele entregar el periodismo mainstreams: «Obama ignora a Lula y mantiene la presión por sanciones a Irán», dice en su tapa junto a la foto de marras. «Lula aísla a Brasil en la cuestión nuclear», dijo, por su parte, O Globo, el gran diario carioca, en su editorial.
Esos medios aluden a la respuesta del estadounidense tras la reunión, también de quince minutos, que concedió a Luiz Inácio Lula da Silva y al primer ministro turco, Recep Tayip Erdogan, a quienes, abogados de Irán, les expusieron su idea de buscar una solución negociada sobre el sospechado plan nuclear persa. Respuesta silente, ya que de allí salió raudo a afirmar en la conferencia de prensa de cierre su deseo de que la ONU «avance rápidamente y de modo agresivo» en nuevas sanciones a la República Islámica.
La prensa brasileña tomó esa reacción como un desaire a su presidente; también allí la campaña electoral está lanzada, con fecha de vencimiento el 3 de octubre.
El Lula da Silva que se ofrece para mediar en todos los conflictos imaginables, el que aspira a ser nombrado secretario general de la ONU tras su jubilación presidencial busca dejar el poder usando la política exterior para dar a su gestión (y a la continuidad que pretende con Dilma Rousseff) el barniz izquierdista y antiimperialista necesario para llegar a las urnas. No sólo recibió en Brasilia a Ahmadineyad sino que lo visitará el mes que viene en Teherán al frente de una comitiva de 86 empresarios, ocasión en la que desafiará más que nunca las pretensiones de la Casa Blanca de aislar económicamente a ese país cuando firme allí numerosos y ambiciosos acuerdos comerciales y productivos.
Como para «ayudar» más, el vicepresidente José Alencar, todo un experto en declaraciones políticamente incorrectas, dijo mientras ocupaba interinamente la Presidencia que Lula da Silva «ha defendido a Irán por afinidad. Irán no es de izquierda, no es una cuestión ideológica, es por solidaridad».
Es en este contexto que se deben interpretar las muestras de calidez a Cristina de Kirchner que prodigó Obama, un hombre que cimentó en buena medida su llegada a la Casa Blanca en su prodigioso manejo de la imagen y la gestualidad.
¿Esto significa que Estados Unidos y Brasil están peleados? Claro que no. No por nada los dos países firmaron un importante acuerdo comercial mientras se dirimían estos mismos enjuagues, y la Reserva Federal autorizó al Banco do Brasil a adquirir entidades financieras norteamericanas y a ampliar allí su rol en el mercado de capitales.
Se trata, más bien, de «marcar la cancha». Algo inevitable entre dos países que, por tener economías diversificadas y (escalas aparte) potentes, chocan frecuentemente en temas comerciales, que colisionan en sus pretensiones de liderazgo hemisférico (como se demostró en el golpe hondureño) y que mantienen un juego curioso en Irán, donde Lula da Silva quiere dar a las empresas brasileñas las ventajas de las que las sanciones privan a las estadounidenses.
Así, súbitamente, Obama recordó que, como le venían diciendo medio Departamento de Estado y miembros prominentes del ala demócrata del Congreso, la Argentina sigue siendo la segunda economía más grande de Sudamérica. La Cumbre sobre Seguridad Nuclear, materia en la que nuestro país es, sin dudas, el mejor alumno de la clase tanto por su desarrollo como por las garantías que entrega de un uso únicamente civil, fue el escenario perfecto para llevarlo a jugar en primera.
Obama lo hizo.

(Nota publicada en Ámbito Financiero)