Como siempre ocurre cuando el agua llega al cuello, el liderazgo europeo abandonó sus veleidades en torno a la creación de un Fondo Monetario propio y terminó arrojando a su miembro más vulnerable a los brazos del de siempre, el hegemonizado por Estados Unidos.
Grecia, verdaderamente en la ruina económica, acaba de dejar de lado su reticencia sobre la “ayuda del FMI” y aceptó un “paquete” (jerga conocida por aquí) conformado por u$s 15.000 millones del organismo y u$s 30.000 millones e la Unión Europea.
Las bolsas respiran hoy y saludan la buena nueva con alzas expresivas. Pero, como se sabe, la evaluación de los mercados es siempre miope y nunca incluye en sus ecuaciones importantes variables políticas y sociales.
Grecia, sólo el caso más extremo de lo que ocurre en los llamados con mal gusto y afán correctivo PIGS (Portugal, Irlanda, ¿Italia?, Grecia desde ya y España), ha acumulado desequilibrios dramáticos: una deuda de 300.000 millones de euros para una economía de tamaño equivalente a la argentina y un déficit fiscal del 13,6% (el límite del Tratado de Maastricht, que dio pie a la eurozona y hoy es vulnerado por casi todos sus signatarios, es del 3%). El ajuste es inevitable. ¿Pero cuál? Aunque últimamente se haya querido decir lo contrario, las recetas del FMI son las de siempre y su creatividad intelectual se agota en recortes del gasto social, en la recomendación de subir impuestos al consumo, bajar salarios y extender la edad de jubilación.
Se pretende que en tres años Grecia ponga en caja su déficit, lo que, dadas las cifras mencionadas, implicará un ajuste tan brutal que nadie puede hoy augurar que, si se toma en cuenta que existe de por medo una sociedad, pueda ser aplicado. De hecho, mientras los mercados festejan, analistas más ponderados siguen barajando la posibilidad de una reestructuración forzosa de la deuda de ese país y hasta su salida de la eurozona.
Pasada la paranoia con la gripe A surgida en México, el temor a la pandemia ahora apunta a las finanzas de Grecia. Su economía es el 2,6% de la de la eurozona (la alemana, la mayor, es el 27%), por lo que su impacto absoluto sería reducido. Pero la de España es más del 8,5%… Si la mancha de aceite se extiende otro será el cantar.
Lo sabemos bien aquí, para los griegos, el “éxito” del “rescate” se medirá en puestos de trabajo destruidos, una recesión brutal y miseria extendida. La lógica de los ajustes de la magnitud que se impondrá allí deja siempre sin respuesta cómo se logrará la reactivación económica con una demanda deprimida a perpetuidad.
El problema para Grecia, España y compañía es, ni más ni menos, el hasta hace muy poco celebrado euro, un cepo tan grande como el que conocimos aquí con la convertibilidad. Sin poder devaluar una moneda propia (esto es, socializar, repartir entre diferentes sectores el empobrecimiento momentáneo del país para recuperar luego competitividad y crecimiento), la única forma de abaratarse en términos internacionales es vía recesión y desempleo. El camino más largo y doloroso, que también hemos probado.
El problema es que los países mencionados parten de condiciones ya muy graves. España, allí donde, cueste lo que cueste, el contagio no debe llegar, tiene hoy, antes del ajuste en ciernes, un desempleo de casi el 20%, el juvenil se dispara al 50%, y mucho de lo que queda del otro lado está regulado por “contratos basura”.
En esas condiciones, no será tan difícil insistir con las ideas del “nuevo FMI” de flexibilizar (más) el mercado laboral y aplicar una rebaja nominal de los salarios.
Cuando la crisis financiera global pegaba fuerte, hasta los más conservadores admitían la necesidad de imponer mayores controles a los bancos y los mercados. Pasado el susto, todo eso cayó en el olvido y Barack Obama se esfuerza hoy por rescatar ese programa (al final del camino habrá que ver cuán ambicioso o pobre será el resultado, habida cuenta de las presiones que ya se han desatado).
Mientras, todo sigue igual y las recetas para los caídos en desgracia son las de siempre.
Habrá que ver si la paciencia de sus sociedades, acostumbradas a una prosperidad que ya no volverá, sigue siendo la conocida.
Ruina griega

