(En sentido horario, los tipos de velo femenino más comunes en el mundo musulmán. El burka cubre todo el cuerpo de quienes lo usan y se corresponde con una interpretación radical del islam. El chador, utilizado en Irán, tapa el cabello y el cuello de la mujer. El niqab sólo deja descubiertos los ojos. Y el hiyab, por último,, que significa «velo» en árabe, permite ver parcialmente el rostro. El burka y el niqab son los más cuestionados en Europa).

El presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, acaba de anunciar que impulsará un proyecto de ley para prohibir completamente el uso público del velo islámico integral, el burka.
Una medida similar espera en el Parlamento de Bélgica a que ese país solucione primero su crisis institucional, e iniciativas en ese sentido también se aguardan en la inefable Italia de Silvio Berlusconi y en otros países. ¿Por qué?
Los críticos de Sarkozy dicen que no más de mil novecientas mujeres usan esa prenda en Francia. Es decir, que el fenómeno difícilmente podría ser presentado como un tema de primer orden. Por otro lado, registran que la popularidad del Presidente ha caído a un mínimo del 33%, qué el partido de éste acaba de perder sonoramente las elecciones regionales y que se ha dado a la tarea de conquistar votos por derecha, perdidos recientemente a manos del xenófobo Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen.
Además, que el tema es de larga data en el país; en 2004 se impidió el uso del velo en las escuelas estatales, y recientemente se conocieron iniciativas para multar con 750 euros a las mujeres que lo usaran y para impedir la radicación en el país de hombres que obliguen a sus mujeres a llevarlo. Todo el contexto de una histeria nacional creciente, dada por el hecho de que Francia tiene hoy la mayor comunidad musulmana de Europa, nada menos el diez por ciento de la población. Histeria que va de la mano de la existente en países cercanos, como Suiza, donde por voto popular se prohibió la construcción de minaretes en las mezquitas, y donde se ha generalizado el mote de Eurabia
Todo eso esa cierto. Mientras, el gobierno francés alega que el velo integral constituye una imposición abusiva a las mujeres, que contradice los principios aconfesionales del Estado e impide la identificación de sus portadoras. Esto último en el contexto de las amenazas de seguridad actuales y con el precedente cercano de un intento de ataque de un hombre que ocultaba explosivos bajo su burka.
Pero los críticos, y esto es lo interesante de la cuestión, se muestran divididos. ¿Defender la libertad de credo o los derechos de las mujeres, de modo que no se les imponga el uso de una prenda considerada humillante? Las posturas de la izquieda francesa son ilustrativas al respecto.
Muchas de las mujeres adultas que usan el burka proclaman su derecho a hacerlo como expresión de su fe y de su libertad para decidirlo. ¿Pero qué pasa con las menores de edad, a las que se les impone por mandato familiar? Además, ¿facilita esto la integración con el resto de la sociedad o, más bien, fomenta el aislamiento de las mujeres aun en lugares públicos, como escuelas o universidades, cuyas funciones no se agotan en la mera transmisión de conocimientos técnicos?
Se trata de un tema de respuesta al menos no automática, en el que se juega toda una concepción de los derechos humanos. ¿Deben ser éstos de alcance universal, o relativos a la cultura en los que se los aplica?
No quiero despedirme con una pregunta, así que, como el tema es complejo (y, como se dijo, se presta a utilizaciones políticas poco nobles), me conformo con hacerlo con una advertencia: el carácter relativo de los derechos humanos suele ser utilizado por los regímenes más brutales para justificar la represión política, el ahogo de la libertad de expresión y hasta la pena de muerte por delitos contra la moralidad en materia sexual.