Brasil votará un nuevo presidente el próximo 3 de octubre y, si ninguno obtiene la mayoría absoluta, concurrirá a una segunda vuelta el 31 de ese mismo mes. Como se sabe, todo girará en torno a la oficialista Dilma Rousseff (ex jefa de gabinete de Luiz Inácio Lula da Silva) y el opositor José Serra, del Partido Social Demócrata de Brasil, ex alcalde de San Pablo y gobernador del estado homónimo.
Es fácil tentarse y plantear la cuestión en función de un clivaje gobierno/oposición o de izquierda/derecha. Eso es cierto, pero como todas las fotos satelitales no permite ver lo que verdaderamente ocurre en la tierra, es decir los relieves y matices de la cuestión. Algo más que importante en este caso.
La mayoría de los medios de comunicación insiste en que las bases del modelo brasileño no estarán en discusión gane quien gane. Si por «bases del modelo» se entiende crecimiento, baja inflación, política social y generalidades de esa índole, probablemente están en lo cierto. Pero, como no podía ser de otra manera dadas nuestra escasa urbanidad, aquí refutaremos esa tesis.
Serra lanzó formalmente su candidatura el 10 de abril último. De lo dicho entonces surge claramente la propuesta de un cambio de orientación en caso de que triunfe.
Menor gasto público, tasas de interés más bajas, dólar caro (o real barato, que es lo mismo) y menos Mercosur fueron sus ejes. Tremendos cambios.
Se trata, ni más ni menos, que del programa de la gran industria paulista, sector que Serra entiende, representa y expresa mejor que nadie. Y de un giro muy importante con respecto a lo hecho por Lula da Silva, un modelo que privilegió, antes que al sector secundario de la economía, al financiero.
La industria brasileña creció durante la era Lula, desde ya. Pero su crecimiento se vio limitado por la existencia de un «súper real» y por las elevadas tasas de interés que desde un comienzo fueron la principal ancla antiinflacionaria. Así, hoy el 90% de sus exportaciones se dirige a América Latina o, lo que es lo mismo, aún no juega en las ligas mayores.
Para la Confederación Nacional de la Industria (CNI) y la Federación de Industrias del Estado de San Pablo (FIESP) llegó la hora de superar ese primer círculo concéntrico, de competir en el mundo. Para ello ya no basta con los créditos blandos del BNDES. Es necesario que todo el sistema financiero se subordine a su programa con tasas más bajas y que la política cambiaria le sirva de escudo y catapulta. El sector ya está maduro y tiene la escala y envergadura suficiente para ello. Sólo necesita el trabajo estatal inherente a todas las «revoluciones».
Esto, de más está decirlo, modificaría de raíz el lulismo: en él, como se dijo, las altas tasas de interés fueron un ancla contra la inflación, y el dólar barato aseguró comida a bajo costo para los brasileños. No hubo allí retenciones, pero sí una limitación de las ganancias del sector agropecuario dada por la paridad cambiaria.
El giro que propone Serra toca muy claramente a la Argentina. Con un dólar caro, las empresas brasileñas dejarán de representar una amenaza en términos de compra de compañías argentinas (proceso que proveyó una plataforma de internacionalización muy útil para lo que se viene) y, en cambio, plantearán fuertes tensiones desde el punto de vista del comercio bilateral: las importaciones de productos brasileños se verían muy favorecidas, al revés de lo que ocurriría con nuestras exportaciones. Pensemos que hoy, con la ecuación cambiaria inversa a la que pretenden Serra y la gran industria brasileña, el comercio bilateral es estructuralmente al vecino. ¡Cómo serán las cosas si el eje se modifica!
Además, hasta ahora el gobierno argentino pudo aminorar la erosión del tipo de cambio que genera una inflación creciente debido a la fortaleza del real. Si eso cambia, la tendencia devaluatoria en nuestro país debería ser más acentuada, con los efectos (positivos en términos de costos de producción y de los otros, paralelos, de deterioro del poder adquisitivo de los salarios) que eso genera.
En este punto debemos detenernos a pensar que ocurrirá con el Mercosur. Serra ha dicho que el bloque, como unión aduanera (esto es, con un arancel externo común, aunque con numerosas excepciones) es «una farsa». Su idea es retrotraerlo a una mera zona de libre comercio, lo que desataría las manos de Brasil para firmar acuerdos de apertura comercial con Estados Unidos, la Unión Europea y países de Asia, algo que el grado de maduración de las empresas de ese país ya permite planear.
¿Alguien en la Argentina, algún partido, algún dirigente, está pensando en la era «post Mercosur» que puede abrirse? Mmmm… Los temas aquí son otros, más miopes y arrabaleros.
Hay que entender que no se trata sólo de que gane Serra. Aun en el caso contrario la tendencia, aunque más suave, podría seguir ese curso. Se sabe que cuando las placas subterráneas del planeta se mueven, más temprano que tarde la tierra tiembla.