Pasó hace poco, pero de eso ya no se habla. Ayer nomás, en la previa de las elecciones del 28 de junio, hubo candidatos que hicieron campaña (como si se hubiese votado para presidente y no para diputados, además) con la idea de volver a endeudarse con el Fondo Monetario Internacional. Idea poco taquillera, como se comprobó. La cuestión era que, con la crisis global, el FMI ya no era el de antes, lo presidía “un socialista francés que está a la izquierda de Néstor Kirchner”, se había vuelto keynesiano y bueno. Ya no exigía ajustes como los impuestos a la Argentina en el pasado. Volveremos a esto en pocos párrafos.
La salida de la crisis global del 2008-2009 es desigual. Para beneficio de la Argentina, China y Brasil, dos de sus grandes motores externos, retomaron rápidamente el crecimiento. Aquí, el auge del consumo interno acompaña esa tendencia, completando la lista de las tareas que se debían hacer puertas adentro; la inflación luce, al contrario, como una cuenta pendiente.
Estados Unidos reacciona aunque con mayor lentitud. Europa, con el enorme lastre de sus PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España), está en veremos.
Grecia es hoy eje de los desvelos de los gurúes financieros, pero el escaso tamaño relativo de su economía vis a vis la del bloque europeo puede derivar en que su crisis termine quedando aislada dentro de sus fronteras. Distinto es el caso de España.
Ese país sufrió la crisis internacional de las hipotecas basura estadounidenses y, además, una propia, la de su propia burbuja inmobiliaria. Burbuja que “infló” todos sus precios en euros, al punto que se habla ahora (al no tener moneda propia que devaluar) de una recesión a largo plazo que permita reducirlos en un 30%, hasta que el país recobre, por esa vía dolorosa, la competitividad.
Mientras, el déficit fiscal llegó a un brutal 11,4% el año pasado, y el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, quien prometió “ajuste, cueste lo que cueste”, pretende reducirlo progresivamente hasta 2013, cuando llegaría al 3%, tope que fijan los tratados europeos.
Por otro lado, el desempleo, la cara más dramática de la crisis española, ronda el 20% (hoy se informó que superó incluso ese umbral) y el gobierno socialista aspira a llevarlo a un 15,5% en 2013, esto es prácticamente el doble de los niveles previos a la crisis.
Con un agravante: el desempleo juvenil en España afecta al 40% de esa población, y los contratos temporales (basura) significan el 50% del total. Datos que puede tener un profundo impacto político en los próximos años.
Volvemos al primer párrafo. El “nuevo FMI”, el mismo que Grecia evitó hasta donde le dieron las fuerzas, le recomienda a ese país “debilitar las normas de protección laboral en los contratos permanentes y fortalecerlas en los empleos temporales”, es decir, una precarización promedio de las condiciones de trabajo «civilizadas».
En paralelo, le aconsejó una mayor flexibilidad laboral, dado que el actual sistema español «incrementa la pérdida de empleo al impedir un ajuste (a la baja) de los sueldos». Recordemos: ¡el empleo precario en España es la mitad del total! ¿Qué más se pretende?
Obediente, Rodríguez Zapatero ya propuso una reforma laboral que, pese a sus desmentidas, para los sindicatos no es más que un intento de abaratar el despido para los empresarios a expensas de las exhaustas arcas fiscales.
Todo está como era entonces.