Hace un mes y medio, el gobierno alemán sorprendía al lanzar la idea de crear un Fondo Monetario Europeo, con la idea de prescindir del ya gastado FMI y abocarse “a una solución europea de los problemas europeos”. O, lo que es casi lo mismo desde la óptica de Berlín, “a una solución alemana de los problemas europeos”.
La crisis de Grecia (y la de Portugal, España, Irlanda, Italia, ¿siguen las firmas?) se precipitaba sin que nadie pudiera frenarla, y Angela Merkel se descolgó con una propuesta que parecía más adecuada para pensar en tiempos de quietud que en los actuales de turbulencia.
Ésa fue la postura francesa, que, por mero imperio de la fuerza de gravedad, terminó atemperando los ímpetus germanos.
Lo de Merkel, con todo, no era ingenuo y apuntaba a varios frentes. Recortar la influencia de Estados Unidos en los temas del bloque (al fin y al cabo, decir FMI es casi lo mismo que decir Casa Blanca) y disponer sistemas de prevención y control de crisis en la eurozona que permitieran rescatar economías en problemas con costos acotados o, en el peor de los casos, encaminarlas en mecanismos de bancarrota que impidieran la necesidad de proceder, una y otra vez, a salvatajes extremadamente onerosos para los contribuyentes de las economías “sanas” y, en paralelo, políticamente gravosos.
Esto, ni más ni menos, es lo que experimenta la propia Merkel ante la crisis griega: cuando se habló de un salvavidas de u$s 60.000 millones (45.000 millones de euros), se pensó en apenas un año, y la realidad obliga a mirar a tres o más. Así, la factura total se elevaría a u$s 160.000 millones, de los que Alemania debería poner la friolera de u$s 33.000 millones. A la locomotora de la Unión Europea tampoco le sobra combustible en esta coyuntura, y esa obligación es un muy mal trago desde el punto de vista electoral.
La cuestión es que Francia tenía razón, que la tarea de la hora suponía dedicarse a cosas más urgentes y que el FME es una utopía para tiempos mejores.
La reticencia de Merkel, que el 9 de mayo enfrentará elecciones en una región que podrían modificar el balance de poder en el Parlamento, se topó con una insostenible presión europea y hasta con un llamado de Barack Obama. Game over.
Las quejas quedarán en privado desde ahora. Alemania pondrá los billetes que le reclaman, el Fondo Monetario seguirá siendo internacional y no europeo y los acreedores de Grecia cobrarán lo suyo. ¿Cómo sale la Unión Europea del trance? Enfrentará problemas nuevos y el primer gran reto a su arquitectura monetaria. Y, en lo político, seguirá tan enana como siempre.