América Latina asiste a una enorme paradoja: los líderes políticos mejor evaluados por sus sociedades abandonan el poder con niveles récord de adhesión, pero esto no se traslada a los candidatos presidenciales que aquéllos eligen para sucederlos. Al contrario, terminan derrotados por otros aspirantes, quienes no garantizan con la misma certeza las políticas supuestamente exitosas celebradas por los ciudadanos.
Ocurrió con la chilena Michelle Bachelet, quien se retiró con una imagen positiva sin precedentes del 84%, pero no pudo evitar que la Concertación perdiera el Gobierno por primera vez en veinte años, ni que la derecha llegara al poder a través del voto por primera vez en cincuenta.
En Uruguay, es cierto, ganó el Frente Amplio prometiendo la continuidad de la era de Tabaré Vázquez, pero esto no oculta que el mandatario socialista, que se fue con un 61% de imagen positiva, no fue capaz de imponer a quien era su verdadero candidato, el ex ministro de Economía Danilo Astori, en la interna de la alianza de izquierda. Astori fue, finalmente, candidato a vice de José Mujica, en una alianza parida no sin polémicas y con fórceps.
Hoy, cuando Colombia y Brasil transitan sendas campañas electorales, el fenómeno amenaza con reeditarse.
Álvaro Uribe, con una cierta merma en su imagen, pero aún con un apoyo del 63%, más que considerable tras ocho años de gestión, ve cómo su candidato, Juan Manuel Santos, se hunde en los sondeos mientras se encumbra un excéntrico independiente como Antanas Mockus, quien trepó nada menos que 18 puntos en apenas dos semanas.
Luiz Inácio Lula da Silva, entretanto, no termina de transferir su popularidad histórica del 76% a una Dilma Rousseff que sigue a la zaga del opositor ex gobernador paulista José Serra.
Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, dijo que «se trata de un fenómeno nuevo que, en mi opinión, no registra antecedentes».
«Hoy en América Latina están los presidentes más populares del mundo y ello no tiene una explicación clara. Se está desarrollando un nuevo fenómeno y no hay hipótesis definitivas sobre el mismo», agregó.
¿Será que el análisis habitual sobreestima esos niveles de adhesión, dado que las encuestas que los arrojan no distinguen entre intensidades en el apoyo? El especialista en opinión pública Carlos Fara dijo: «Estoy totalmente de acuerdo. Hay mucha tendencia a dejarse llevar por el número frío, pero ese apoyo se compone tanto de simpatías livianas como de convencimientos o entusiasmos fuertes por el personaje. Esa situación se va a seguir viendo en la medida en que las coaliciones electorales son cada vez más inestables».
Marta Lagos, directora de Latinobarómetro, una organización que sigue permanentemente la evaluación del apoyo ciudadano a los gobiernos de la región, no ve en esto meras dinámicas locales sino una tendencia general.
«Se trata de un punto muy sensible que estamos observando, es decir una incongruencia entre lo que es popularidad de un Gobierno y lo que es el voto. Desde 2006 ha aumentado considerablemente la buena opinión de la gente sobre sus gobiernos en buena parte de la región. Pero otra cosa que ha crecido en paralelo es el poder crítico de los ciudadanos», aseguró la especialista en diálogo telefónico desde Santiago de Chile.
«No basta con que un gobierno haga las cosas bien para que obtenga una recompensa. El latinoamericano está muy dispuesto a castigar con el voto, a ejercer a través de éste un control de calidad de la democracia», añadió.
Cuando se consumó la derrota de Eduardo Frei a manos de Sebastián Piñera en Chile, desde estas páginas señalamos que los éxitos generales de la era concertacionista no implicaban que se hubiesen resuelto las principales demandas de los chilenos en materia de acceso al trabajo estable, a la salud pública y a una educación asequible y de calidad. Lagos profundiza en esa línea.
«No hay relación entre la política exitosa de los gobiernos y la continuidad de éstos. Creo que éste es el corazón del asunto. Los gobiernos se han dedicado a elaborar políticas públicas sofisticadas. Todo el tiempo se habla de grandes reformas, judiciales, educativas, etcétera, se habla de reformas de segunda y hasta de tercera generación, pero no se transforman los grandes nudos gordianos: la exclusión social, la brecha entre ricos y pobres, la tolerancia de diversidad», explicó.
Fara entregó un punto de vista complementario. «Estos presidentes muy exitosos lo son porque logran sumar apoyos fuera de su propio mercado electoral. Así, conforman coaliciones de opinión que se mantienen alrededor de la figura en cuestión, pero cuando ésta sale de escena, se reconfiguran. Ahí entran a jugar probables adversarios que tienen flexibilidad para captar algo de aquel respaldo».
Aunque un hombre de derecha como Uribe corre el riesgo de ser víctima de la misma tendencia, Lagos achacó estas faltas sobre todo a las administraciones que se proclaman progresistas, que incumplen así con su declamado ADN. «Los llamados gobiernos de izquierda, que se suponía debían abordar aquellos temas, sólo adoptaron exitosas políticas públicas, pero no fueron a la raíz de muchos problemas sociales. El voto expresa esta discrepancia», dijo.
¿Pero qué ocurre cuando una gestión, como la de Lula da Silva, que sí es exitosa en el abordaje de cuestiones que tienen que ver con la inclusión social, tanto desde la creación de empleo como a partir de la elaboración de masivos planes de ayuda social? «Lula tiene efectivamente esa popularidad, pero no está pudiendo traspasarla. Logró en lo personal aislarse del fenómeno de la corrupción y produjo un bien político de valor infinito, como es la expectativa de movilidad social de los más desposeídos. Pero éste es un fenómeno único, que tuvo lugar en un lugar y un tiempo determinados, que no es traspasable. Al próximo gobernante se lo juzgará por lo que es capaz de hacer», sostuvo la directora de Latinobarómetro.
Por otro lado, Fara indicó que «al haber un electorado más independiente, los votantes van más a la persona en cuestión» que a quien la antecedió y la respalda.
En definitiva, explicó Lagos, el proceso descripto expresa «el éxito de reformas que incrementaron lenta pero sostenidamente el nivel de educación de la gente, lo que genera ciudadanos más críticos. La democracia es peligrosa: cuanto mayor es, más fácilmente los pueblos se vuelven contra quienes los conducen».

(Publicado en Ámbito Financiero)