Se engaña quien piensa que la crisis de Grecia, y su posible contagio a economías grandes como la española o la italiana es un tema de interés sólo para el mundo de las finanzas o para iniciados y extravagantes. Sus consecuencias, según la situación sea controlada o no, pueden ser notables para economías como la argentina. Además, el desenlace involucrará nada menos que el modelo económico y social futuro de ese bloque, conocido hasta hoy por sus elevados parámetros de protección social que, si las cosas se salen de madre, podría quedar herido de muerte.
Hagamos primero un poco de historia. El Tratado de Maastricht, firmado el 7 de febrero de 1992, sentó las bases de la integración política de la hasta entonces Unión Europea, su transformación en la Unión Europea (tal su denominación actual) y prenunció su conversión en una zona monetariamente unificada.
Para llegar al euro, que comenzó a circular el 1 de enero de 2001, Maastricht hablaba de una Unión Económica y Monetaria (UEM) que imponía duras condiciones a los países que quisieran formar parte de la futura eurozona:
- Un déficit fiscal inferior al 3% del PBI nacional
- Una deuda pública menor al 60% del PBI en cada país
- Una tasa de inflación anual no mayor a 1,5 puntos porcentuales del promedio de los tres mejores índices de los Estados miembro
- Tasas de interés de largo plazo que no superaran en 2 puntos a las de los tres países con menores guarismos
- Obligación de permanecer dentro de una banda de flotación cambiaria prefijada
El tema inflacionario no es hoy mayor problema dentro del contexto recesivo que impera en toda la eurozona. Las tasas de interés ya están unificadas por el Banco Central Europeo y el tema cambiario perdió vigencia tras la introducción del euro. Las variables que se mantienen dentro de las competencias nacionales, déficit fiscal y deuda básicamente, son las que se han salido de control en la mayoría de los casos (ver tabla). Una crisis que se desencadenó con la debacle de Wall Street pero que encontró en Europa burbujas y carencias regulatorias autóctonas que le permitieron avanzar en una segunda fase de impacto global. En lo local, lo que se está expresando es ni más ni menos que un punto de ruptura, hasta ahora sin solución, en la forzada convivencia entre la ambiciosa construcción de un mercado continental unificado y una lógica política que no sale aún de sus marcos nacionales. Mercado trasnacional, políticas nacionales. Ésa es la cuestión.
Con déficits fiscales y niveles de deuda pública tan explosivos en los países más afectados, similares a los argentinos de 2001 y tan alejados de lo que establecía la UEM como requerimientos mínimos, llega a Europa la era del ajuste.
Éste, claro, no debería ser tan drástico si existiera la perspectiva de una pronta y vigorosa recuperación económica, que mejoraría los ingresos impositivos, cosa que no sucederá. China, Rusia, India, América Latina y hasta Estados Unidos (citados en orden descendente) ven recuperar hoy sus niveles de actividad. No así la Unión Europea, que tiene ante sí la perspectiva de varios años de crecimiento en el mejor de los casos mediocre y serpenteante.
Vayamos al caso de España, donde se jugará si la crisis de Grecia queda aislada dentro de una cuarentena nacional o se derrama a toda la eurozona. Este fin de semana debería terminar de conformarse el paquete de rescate para Grecia (de rescate para sus acreedores, obviamente, pero pesado y que deberán cargar sus contribuyentes y trabajadores por años). Si el plan falla, habrá que mirar a España, nada menos que 11% del PBI de la UE (el griego es el 3%). Desde allí, cabría esperar cualquier cosa.
Standard & Poor’s rebajó el miércoles la calificación de la deuda española. Ni la reputación de la firma (más bien menguada desde la crisis de las hipotecas subprime) ni el nivel al que fijó la ponderación (AA, esto es en el nivel intermedio de lo considerado como “alta capacidad de repago”) fueron lo que provocó el desasosiego mundial. Lo inquietante provino de su advertencia sobre una nueva y posible degradación dado lo sombrío del pronóstico económico para los próximos… ¡siete años!
Según S&P, la economía española crecerá nominalmente de aquí a 2016 un promedio de apenas 0,7% anual. Además, para 2013 el déficit fiscal no podrá caer por debajo de un astronómico 8,1% y la deuda pública trepará hasta un peligroso 87,5% del PBI. Si a semejante cuadro se suma un piso de desempleo del 20,05%, tal el último dato conocido esta semana, y la imposibilidad de devaluar (por no tener moneda propia) para corregir una falta de competitividad del 30%, todo queda dicho. No por nada ya el 12 de junio del año pasado nos hacíamos eco en este blog de la posibilidad de que España sufriera una “recesión alemana”, similar a la de los años 90 en aquel país, profunda y prolongada, como modo doloroso de deflacionar los precios internos para restaurar la competitividad internacional de sus productos. Como la Argentina del “uno a uno” posterior a 1999 pero peor.
En ese contexto, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero jura que impondrá un ajuste “cueste lo que cueste” y ensaya, tímidamente, una reforma laboral a imagen y semejanza de la recetada por el Fondo Monetario Internacional para reducir la protección al trabajo formal y abaratar el despido.
En este punto comienzan las dudas con respecto al futuro del Estado social europeo y, dependiendo del desarrollo de los hechos, una posible evolución hacia formas de desprotección que equiparen a algunos países con el modelo anglosajón como modo de oxigenar la tasa de acumulación de capital, la inversión privada y, en definitiva, el capitalismo en el bloque.
Se equivoca quien piense que el Estado de Bienestar que, pese a recortes parciales, Europa continental supo sostener en Alemania, Francia, Italia, España y otros países saldrá intacto de esta crisis. El ajuste es inexorable, y en un contexto de bajísimo crecimiento económico previsto, la carga del mismo no se volcará precisamente sobre los sectores con capacidad de inversión. Lo que resta ver es su magnitud a largo plazo. De eso dependerá si, aun magullado, el Estado social europeo sobrevive en todos los miembros del bloque o si muta hacia formas nuevas.
Nada de esto dejará ajena a la Argentina. Pero ya nos hemos extendido mucho. Dejemos ese tema pendiente por ahora.

