Los números son tan grandes que impactan. U$s 146.000 millones a tres años, 106.000 millones de la Unión Europea, 40.000 millones del FMI. Son las cifras del rescate financiero para Grecia aprobado ayer, que, como se sabe, tienen la contracara dramática del ajuste. Exagerando, Grecia puede ser hoy para la economía europea lo que Guernica fue para la Segunda Guerra: un ensayo doloroso.
La Argentina probó el amargo sabor del ajuste entre 2000 y 2002 por diferentes caminos. Hasta fines de 2001, tratando de mantener una paridad cambiaria imposible, con un recorte del 13% en los salarios de los empleados públicos y los ingresos de los jubilados, con podas mayores, en algunos casos de hasta el 35% en la actividad privada, y con planes de reducción del presupuesto universitario. Tras la explosión, el ajuste tomó la forma de una devaluación brutal, que llevó a una pesificación asimétrica que, es bueno no olvidarlo, recayó sobre las espaldas de toda la sociedad.
Para la Grecia de hoy, sometida al euro como está, sólo el primer camino es posible. Es el ajuste más doloroso, el que se macera a través del tiempo en la recesión, el aumento del desempleo, la precarización de las condiciones de trabajo y de vida.
El ahorro que el FMI y, sobre todo, la UE le imponen es de 30.000 millones de euros en tres años, nada menos que el 8,5% del PBI nacional. Pero es cierto que es el precio por un largo desbarajuste económico, que incluyó una contabilidad nacional “creativa”, para lo que prestaron su inestimable apoyo técnico consabidos bancos de inversión.
El horizonte es pésimo: la economía se contraerá 4% este año y 2,6% el próximo, para recuperar, en el mejor de los casos, un leve crecimiento a partir de 2012. El déficit fiscal caerá de un astronómico 13,6% del PBI el año pasado a 2,6% en 2014, año en que los desequilibrios mencionados se acumularán en una deuda pública de nada menos que el 144,3% de la economía. ¿Cómo se paga semejante cuenta? Con ajuste, ajuste y ajuste, hasta 2014 y, seguro, más allá de esa fecha.
Las condicionalidades para el paulatino desembolso de la ayuda internacional, que sólo amerita tal nombre si se refiere a los bancos franceses y alemanes y a los acreedores en general y no a la población griega, son durísimas. La inversión pública, el gasto social, la cobertura del Estado benefactor, todo eso sufrirá. Pero para no aburrir con el listado de medidas de recorte que hoy publica la prensa de todo el mundo, tomemos sólo algunas de esas disposiciones, interpretando someramente cómo cambiarán de la noche a la mañana la vida de un griego promedio, digamos asalariado.
Hasta ahora cobraba dos salarios anuales de aguinaldo. Si gana más de 3.000 euros, los perderá, lo que equivale a un recorte del 14,25% de un solo golpe. Si gana menos de esa cifra, directamente no se calcula nada y apenas se le dará un bono anual de 1.000 euros.
Además, obviamente, las subas salariales estarán prohibidas. Así, sólo en función de la inflación esperada para este año y el próximo, los sueldos caerán no menos de un 2,5% adicional.
Pero lo anterior atiende a la suba de los precios promedio; la canasta básica, dada por servicios como el transporte y artículos de primera necesidad, podría encarecerse más. Si esa persona debió asimilar en marzo una suba de 2 puntos del IVA, ahora deberá pagar 2 más en cada compra, para llegar a una tasa total del 23%.
Los impuestos que paga por el tabaco, las bebidas alcohólicas o, mucho más importante, el combustible subirán 10 puntos. Con esto último se encarecerán el transporte, los alimentos y, en general, todo lo que tenga el traslado de mercancías como un costo.
La idea, se dijo, es deflacionar la economía griega un 30%. Los números ya están claros con lo descripto más arriba. Pero hay más.
Si la persona en cuestión pensaba jubilarse tras 37 años de aportes, ahora deberá completar 40. En términos generales, la edad para las mujeres se equiparará en los 65 años.
El mercado de trabajo cambiará sus reglas. Las contrataciones en el sector público estarán congeladas tres años, y en el privado comenzará a regir una flexibilización que diluirá los salarios más allá de lo expuesto y, por supuesto, los derechos laborales.
El toque final estará dado por un programa de privatizaciones y una fusión de municipios, que pasarán de los actuales 1.300 a 340, esto último sin despidos (inicialmente). Las condiciones para cualquier nuevo empleo serán necesariamente más precarias y baratas, de la mano de un índice de desocupación que no dejará de subir por las reestructuraciones de personal, el abaratamiento del despido y el clima recesivo de la economía.
Mucho dependerá de que todo lo detallado resulte políticamente viable, algo que no sorprendería si se revisa la historia, particularmente la argentina.
Decíamos en una entrada previa que la crisis griega, y su posible contagio, pone en cuestión al Estado social europeo. Está por verse si Grecia es finalmente un ensayo para lo que vendrá en España, Portugal, Irlanda, Italia y otros países. Mientras, cabe una pregunta: ¿cuánto tiempo más podía “la vieja Europa” sostenerse como una isla celosa de su Estado social en un mundo ultracompetitivo y globalizado, cuyos principales centros de producción están organizados de manera mucho más precaria desde el punto de vista social? EE.UU. (y el otro país de capitalismo anglosajón, el Reino Unido), China, India y los “mercados emergentes”, salvando las distancias, todos ellos poseen niveles de protección social, laboral y hasta ambiental (es decir, costos) mucho menores.
Puede que esté asomando un cambio de importancia, por más que su rostro final se vea más dentro de años que de meses. Conviene pensar en eso.
La Argentina probó el amargo sabor del ajuste entre 2000 y 2002 por diferentes caminos. Hasta fines de 2001, tratando de mantener una paridad cambiaria imposible, con un recorte del 13% en los salarios de los empleados públicos y los ingresos de los jubilados, con podas mayores, en algunos casos de hasta el 35% en la actividad privada, y con planes de reducción del presupuesto universitario. Tras la explosión, el ajuste tomó la forma de una devaluación brutal, que llevó a una pesificación asimétrica que, es bueno no olvidarlo, recayó sobre las espaldas de toda la sociedad.
Para la Grecia de hoy, sometida al euro como está, sólo el primer camino es posible. Es el ajuste más doloroso, el que se macera a través del tiempo en la recesión, el aumento del desempleo, la precarización de las condiciones de trabajo y de vida.
El ahorro que el FMI y, sobre todo, la UE le imponen es de 30.000 millones de euros en tres años, nada menos que el 8,5% del PBI nacional. Pero es cierto que es el precio por un largo desbarajuste económico, que incluyó una contabilidad nacional “creativa”, para lo que prestaron su inestimable apoyo técnico consabidos bancos de inversión.
El horizonte es pésimo: la economía se contraerá 4% este año y 2,6% el próximo, para recuperar, en el mejor de los casos, un leve crecimiento a partir de 2012. El déficit fiscal caerá de un astronómico 13,6% del PBI el año pasado a 2,6% en 2014, año en que los desequilibrios mencionados se acumularán en una deuda pública de nada menos que el 144,3% de la economía. ¿Cómo se paga semejante cuenta? Con ajuste, ajuste y ajuste, hasta 2014 y, seguro, más allá de esa fecha.
Las condicionalidades para el paulatino desembolso de la ayuda internacional, que sólo amerita tal nombre si se refiere a los bancos franceses y alemanes y a los acreedores en general y no a la población griega, son durísimas. La inversión pública, el gasto social, la cobertura del Estado benefactor, todo eso sufrirá. Pero para no aburrir con el listado de medidas de recorte que hoy publica la prensa de todo el mundo, tomemos sólo algunas de esas disposiciones, interpretando someramente cómo cambiarán de la noche a la mañana la vida de un griego promedio, digamos asalariado.
Hasta ahora cobraba dos salarios anuales de aguinaldo. Si gana más de 3.000 euros, los perderá, lo que equivale a un recorte del 14,25% de un solo golpe. Si gana menos de esa cifra, directamente no se calcula nada y apenas se le dará un bono anual de 1.000 euros.
Además, obviamente, las subas salariales estarán prohibidas. Así, sólo en función de la inflación esperada para este año y el próximo, los sueldos caerán no menos de un 2,5% adicional.
Pero lo anterior atiende a la suba de los precios promedio; la canasta básica, dada por servicios como el transporte y artículos de primera necesidad, podría encarecerse más. Si esa persona debió asimilar en marzo una suba de 2 puntos del IVA, ahora deberá pagar 2 más en cada compra, para llegar a una tasa total del 23%.
Los impuestos que paga por el tabaco, las bebidas alcohólicas o, mucho más importante, el combustible subirán 10 puntos. Con esto último se encarecerán el transporte, los alimentos y, en general, todo lo que tenga el traslado de mercancías como un costo.
La idea, se dijo, es deflacionar la economía griega un 30%. Los números ya están claros con lo descripto más arriba. Pero hay más.
Si la persona en cuestión pensaba jubilarse tras 37 años de aportes, ahora deberá completar 40. En términos generales, la edad para las mujeres se equiparará en los 65 años.
El mercado de trabajo cambiará sus reglas. Las contrataciones en el sector público estarán congeladas tres años, y en el privado comenzará a regir una flexibilización que diluirá los salarios más allá de lo expuesto y, por supuesto, los derechos laborales.
El toque final estará dado por un programa de privatizaciones y una fusión de municipios, que pasarán de los actuales 1.300 a 340, esto último sin despidos (inicialmente). Las condiciones para cualquier nuevo empleo serán necesariamente más precarias y baratas, de la mano de un índice de desocupación que no dejará de subir por las reestructuraciones de personal, el abaratamiento del despido y el clima recesivo de la economía.
Mucho dependerá de que todo lo detallado resulte políticamente viable, algo que no sorprendería si se revisa la historia, particularmente la argentina.
Decíamos en una entrada previa que la crisis griega, y su posible contagio, pone en cuestión al Estado social europeo. Está por verse si Grecia es finalmente un ensayo para lo que vendrá en España, Portugal, Irlanda, Italia y otros países. Mientras, cabe una pregunta: ¿cuánto tiempo más podía “la vieja Europa” sostenerse como una isla celosa de su Estado social en un mundo ultracompetitivo y globalizado, cuyos principales centros de producción están organizados de manera mucho más precaria desde el punto de vista social? EE.UU. (y el otro país de capitalismo anglosajón, el Reino Unido), China, India y los “mercados emergentes”, salvando las distancias, todos ellos poseen niveles de protección social, laboral y hasta ambiental (es decir, costos) mucho menores.
Puede que esté asomando un cambio de importancia, por más que su rostro final se vea más dentro de años que de meses. Conviene pensar en eso.

