
Nada dura para siempre, y los trece años de hegemonía laborista en el Reino Unido no son la excepción. A tono con lo proyectado a esta hora en ese país, los conservadores se impusieron en los comicios legislativos y no obtuvieron la mayoría absoluta, por lo que necesitarán aliados para tomar el poder.
El laborismo de Gordon Brown quedó segundo, y la del liberal demócrata Nick Clegg no fue otra cosa que una de las tantas burbujas que estallan en estos tiempos. Aunque, nobleza obliga, a su favor hay que citar la persistencia de un sistema electoral que favorece descaradamente el bipartidismo.
Si Brown logró reemplazar a Tony Blair en lo más profundo de la crisis de las hipotecas subprime (la peor desde la Segunda Guerra) con la promesa de devolverle al país la prosperidad perdida (para lo que esgrimía los logros que obtuvo como ministro de Finanzas), paradójicamente, es ahora la primera víctima formal de la segunda oleada de la misma.
Justo en un día en que los mercados europeos crujieron con particular fiereza, Brown quedó al borde del derrocamiento. El sistema británico no prevé la salida de un primer ministro de modo automático en caso de derrota electoral, pero para que eso se concrete bastará con una moción de censura o que no obtenga el respaldo de la mayoría de los legisladores al plan de gobierno que le hará leer a la reina Isabel II el 25 de mayo. De acuerdo con las proyecciones, ni una alianza con Clegg salvaría su cabeza. Las 255 bancas que se adjudican a esta hora a los laboristas sumadas a las 59 de los LibDem no alcanzan al número mágico de 326 escaños necesarios para gobernar.
El próximo gobierno, todo indica que del tory David Cameron, deberá enfrentar una situación económica acuciante. La salida de la recesión no parece asegurada tras el anuncio de un magro crecimiento del 0,2% en el primer trimestre, mientras un explosivo déficit fiscal del 13% del PBI y una deuda pública cercana al 70% del Producto reclaman urgentes recortes del gasto. Virtual recesión y ajuste en ciernes… mala combinación. La crisis fue generada por un sistema financiero desbocado y radicalmente desregulado, que obligó al Estado a gastar sin freno para evitar una depresión. La receta elegida por una mayoría relativa de los británicos para remediarla fue votar a los conservadores.
Ante la magnitud de los problemas, la City londinense se horrorizaba ante la posibilidad de un “Parlamento colgado” (sin mayorías). No le importaba tanto quién gobernaría (así de pequeñas son las diferencias ideológicas hoy en día) sino que lo hiciera alguien cuanto antes. No será posible. La salida institucional requerirá muchos enjuagues y negociaciones. Mientras, la crisis de la economía global también seguirá golpeando las puertas de la cuna del capitalismo.
Y si de víctimas de la crisis se trata… ¡con ustedes, Gordon Brown!
