Algo diremos. Antes de tomarle la jura, el ecuatoriano Rafael Correa fundamentó la necesidad de que se cree ese cargo en que el cúmulo de trabajo doméstico cotidiano hace imposible al presidente pro tempore del bloque atender debidamente los asuntos continentales. Por otro lado, el propio tratado constitutivo del bloque dice en su artículo 10, inciso i:
Durante el ejercicio de sus funciones, el Secretario General y los funcionarios de la Secretaría tendrán dedicación exclusiva, no solicitarán ni recibirán instrucciones de ningún Gobierno, ni entidad ajena a UNASUR, y se abstendrán de actuar en forma incompatible con su condición de funcionarios internacionales responsables únicamente ante esta organización internacional.
Agustín Rossi y otros insisten en que no hay incompatibilidad en ambas funciones; los críticos azuzan la discusión hablando de una acumulación de cargos dado también su carácter de Presidente del PJ y de las reiteradas ausencias del ex mandatario a la Cámara de Diputados, y argumentando que no deja la banca por una cuestión de fueros.
El tema de fondo es otro: que unos y otros deben tomarse en serio la importancia de que el principal cargo del incipiente bloque haya recaído en manos argentinas. Hemos argumentado que ese tipo de nombramientos suelen ser acompañados de manera unánime por gobierno y oposición en todos los países y denunciado la pequeñez de quienes aquí restan su consenso por cuestiones menores de política doméstica.
El problema de fondo es el carácter salvaje de las prácticas políticas argentinas, del que, ciertamente, no hay un solo culpable, aunque el relato predominante así lo sostenga. Esa falta de políticas de Estado refleja, en el caso de la exterior, la dispersión de visiones sobre cuál debe ser el lugar de la Argentina en el mundo. No todos entienden la centralidad de una inserción latinoamericana como catapulta hacia el mundo (como hace el tan elogiado Brasil), que con Venezuela (más allá de Hugo Chávez) se pueden hacer buenos negocios, particularmente las pymes (y sin comisiones raras), que de esas definiciones dependen la estructura económica y el modelo de desarrollo del país, de si tendrá industria o será sólo una pradera sojera. Algunos siguen añorando las “relaciones carnales”, la apertura boba de la economía, el ALCA. ¿Qué consenso es posible si eso no está dirimido?
El tema es que no sólo la oposición sino también Kirchner debe entender la importancia de la cuestión, renuncia o no a su banca aparte. Que él se ha comprometido a jugar un rol crucial por los próximos dos años en la construcción sudamericana. Y que esa visión de la inserción internacional de la Argentina le permitirá desde su cargo influir decisivamente para que el proceso sea lo más afín posible a los objetivos nacionales, al menos como los entiende el actual gobierno.
No se trata de defender la elección de un argentino por puro nacionalismo infantil; se trata de que la Unasur no sea una mera prolongación del interés brasileño (que posiblemente, tras las elecciones, virará hacia posturas más pronorteamericanas), que la Argentina deje la mayor impronta posible en temas clave de la agenda continental como la integración comercial (qué sectores se abren, cuáles conservarán mayor protección), la de defensa, la energética.
No se juega poca cosa. Ojalá el país tenga más cosas que aportar que una pueril polémica por bancas, candidaturas presidenciales y fueros.

