No es bueno el macartismo antiinflacionario, pero tampoco lo es su contracara: la subestimación del fenómeno. Ya se sabe que la suba sostenida de los precios (no diremos “generalizada” ni “puntual” para no enredarnos en polémicas absurdas) es perjudicial, en primer lugar para las personas con ingresos fijos, ya sean asalariados o receptores de asignaciones sociales. También que ese hecho no fue ajeno a los resultados del 28 de junio del año pasado, cuando el PJ oficial retrocedió impensadamente en sus bastiones más fuertes del conurbano. No insistiremos en eso, sino en los perjuicios futuros que la inflación puede provocarle al país en un escenario internacional cambiante, con la crisis europea de fondo, las incertidumbres de la economía estadounidense, el devenir de las cotizaciones de las materias primas y hasta las elecciones brasileñas de octubre.
Los “superávits gemelos”, fiscal y comercial, han sido pilares de la gestión kirchnerista. Sobre el primero, no sólo los economistas ortodoxos sino hasta los del Plan Fénix insisten en que debe ser regenerado pasada la crisis de 2009, que obligó a elevar el gasto para sostener la economía. Sobre el segundo, acecha la posibilidad de un atraso del dólar, consecuencia directa de una inflación en torno al 20, 25, 30% (descalabro mediante en el INDEC, lamentablemente hay números para todos los gustos y usos políticos).
Dicho para no iniciados, si los precios suben más rápidamente que la cotización del dólar (algo que viene ocurriendo hace tiempo), éste se abarata en términos reales (más allá de la paridad de las pizarras de la City, alcanza para comprar menos productos en pesos). Esto deteriora la competitividad externa de la economía, alienta las importaciones y hace menos rentables las exportaciones. Menos trabajo para los argentinos.
Hasta ahora la erosión del tipo de cambio no se notó demasiado debido a que los países y bloques con los que más comercia el país han mantenido sobrevaluadas sus respectivas monedas. El real brasileño y el euro se han mantenido en niveles altos, lo que no hizo necesaria una devaluación mayor del peso para mantener los términos del intercambio en condiciones favorables a nuestro país. Es más, gracias a eso se pudo (se puede) usar un tipo de cambio que se va deteriorando como ancla contra la inflación. El problema es que todo esto puede cambiar en el futuro próximo.
Como consecuencia de su debacle financiera, el euro viene cayendo. La misma crisis hace retroceder en estos días al real contra el dólar, tendencia que podría acentuarse en Brasil al calor de una campaña electoral en la que el tipo de cambio será uno de los temas estrella y, el año que viene, más todavía si gana el opositor José Serra, que habla abiertamente de una devaluación. Asia por ahora ayuda al no alterar sus paridades, pero, como todo baja o sube contra algo, habrá que prestar atención al dólar a nivel mundial.
Pasados los actuales temblores, la continuidad de la depreciación del euro, sumada a la fortaleza relativa de la economía norteamericana vis à vis la europea, puede llevar a una suba del dólar en términos internacionales. Esto sería acompañado, en principio, por todas las monedas de la “zona dólar”, la americana, con el peso incluido, y, si la demanda de materias primas se mantiene constante, por una eventual una caída del valor de la soja, el petróleo y otros commodities que exporta nuestro país, simplemente porque éstas cotizan en la moneda estadounidense.
Claro que nada de esto es inexorable ni se planteará de modo dramático y simultáneo, y que mucho es por ahora especulación. De lo que se trata es de entrever tendencias. También es claro que siempre es bueno precaverse de los megadevaluacionistas, siempre ansiosos por derrumbar los costos (salarios) en dólares. Así, moderar la inflación, no subestimarla mecánicamente y como mera reacción a los pronósticos agoreros o interesados, permitirá reducir la erosión del “tipo de cambio competitivo” y evitarse a futuro el mal trago de tener que apurar correcciones bruscas.
La flexibilidad siempre es buena compañía, y una inflación alta no suele favorecerla.