Era 2008, el mundo crujía bajo el peso de la crisis de las hipotecas en Estados Unidos y se hablaba de una depresión equivalente a la de 1929-1930. Se preparaban paquetes de rescate para la banca (siempre son para la banca) a diestra y siniestra (geográfica e ideológicamente hablando) y se bajaban drásticamente las tasas de interés para evitar una mega recesión global… Salvo en Europa, cuyo Banco Central, a cargo de Jean Claude Trichet (foto), seguía insólitamente preocupado por la inflación. Increíblemente, cuando el peligro era una deflación global, el BCE seguía ocupado en evitar un brote inflacionario imposible, dada la caída vertical del consumo en los países miembro del bloque. ¿Reflejo de Pavlov, acaso?
La baja de tasas también se produjo en la eurozona, pero llegó con retraso. Así, la recesión se hizo más profunda y el esfuerzo por sostener las economías terminó pasando sobre todo por el gasto, lo que deriva hoy en déficits fiscales impactantes superiores al 10% del PBI en todos los países. Lo mismo ocurrió en Estados Unidos, pero al menos allí el rebote de la economía, aunque modesto (el desempleo sigue oscilando en torno al 10%), ha sido más rápido.
En la Unión Europea se llega entonces al peor de los mundos: la necesidad de proceder a drásticos ajustes del gasto público en economías que, más allá de lo técnico, siguen estando en una situación recesiva.
Todo gracias a la obsesión por la inflación, marca de una época superada en la realidad pero aún marcada a fuego en el sentido común predominante.