A no asustarse, que es sólo político. Consecuencia directa, claro, del económico, desatado en la crisis de las hipotecas subprime de 2008-2009 y que promete para los próximos meses un capítulo aún más impactante.
Los resultados de las elecciones de ayer confirman a esta hora lo pronosticado por los boca de urna: triunfo conservador pero sin mayoría, retroceso laborista, necesidad de formar alianzas para que surja un nuevo gobierno.
Los liberaldemócratas de Nick Clegg fueron la gran sorpresa de la campaña, pero la espuma bajó a la hora de votar, y éstos se quedaron con el cuarto del electorado y la cincuentena larga de bancas de siempre. Víctimas de un sistema electoral que victimiza a las minorías, serán sólo el 8% de la Cámara de los Comunes.
La novedad es que, con el brutal ajuste en ciernes, el electorado no confía más en Gordon Brown, el médico de cabecera de los últimos trece años (primero como ministro de Finanzas, ahora como primer ministro), y la receta tory, si bien ganó, no terminó de enamorar, seguramente debido al recuerdo de lo amargo de sus brebajes. Así, unos y otros, laboristas y conservadores, deberán cortejar a Clegg y, en parte, de quién le haga la mejor y más ambiciosa oferta de reforma electoral se quedará con su favor y con el poder.
Los conservadores, fieles a su ADN, no quieren cambios y apenas proponen una referéndum sobre una mayor representación para las minorías en el que, dijeron, votarán en contra. Hasta ahora, porque, se sabe, la necesidad tiene cara de hereje. Los laboristas son un poco más generosos y están bastante más desesperados. El futuro está abierto, pero, la aritmética de votos y bancas favorece a los tories. Mientras, los mercados confían en que todos les aseguran el ajuste deseado, pero sufren por la indefinición. Como si desde el continente no llegara suficiente jaleo.
La liquidación del rancio bipartidismo británico sería toda una novedad. Al terremoto económico sigue ahora uno político. Suele ocurrir.