La Unión Europea, auxiliada por el FMI, puso sobre la mesa un paquete de 750.000 millones de euros (más en promesas que en efectivo), aseguró que sus Estados miembro honrarán sus deudas y desató hoy una fiesta en los mercados. Subas de hasta un 14% en las bolsas de los países más afectados por el peligro del contagio griego, y similares en las acciones de varios de los principales bancos europeos dejaron en claro, por si algo faltaba, que el mentado «rescate» sólo lo es, en rigor, para las entidades financieras, que habrían temblado hasta sus cimientos en caso de algún default soberano en la eurozona.
Así las cosas, muchos dan por superada la crisis. Aunque está por verse, esto puede ser cierto únicamente en el plano financiero. Si en la primera fase de la crisis los salvados fueron los bancos estadounidenses, en ésta, la segunda, lo fueron sus competidores europeos. Pero en ambas instancias lo que no se evitó es que éstos exportaran sus aprietos a las economías reales de los países más desarrollados, que en muchos casos hoy se hunden en un cóctel de recesión, desempleo, históricos déficits fiscales y una explosión de endeudamiento.
Se avecina ahora una tercera fase de la crisis, cuyos efectos podrán verse por años, y que incluirá fuertes ajustes del gasto en todos los países de la eurozona, y aun más, una redefinición de sus respectivos Estados sociales. Ajuste sobre recesión, amarga receta ya conocida de final cantado: una recesión más larga como forma de bajar costos internos y restaurar la competitividad perdida. Y con el peligro de morderse la cola en un círculo vicioso de recesión-ajuste-caída de la demanda-recesión y, a lo Sísifo, volver a fojas cero cuando se cree que el trabajo está logrado.
El español José Luis Rodríguez Zapatero ya prometió bajar el déficit fiscal del 11,2% del PBI (dato del año pasado) al 3% (el límite fijado por los tratados constitutivos de la eurozona) en 2013. Ante la ola general, prometió ahorrar este año 0,5 punto porcentual más sobre lo ya anunciado y un punto adicional el año que viene. La UE lo palmeó, pero le aclaró que no será suficiente. Mientras, el 20% de desempleo se sostrendrá por un buen tiempo y será el escenario sobre el que se procederá, como recomendó el FMI, a una reducción promedio de la protección al trabajo y de los costos de despido.
En Gran Bretaña, donde Gordon Brown puso su cabeza a disposición de sus rivales tras la derrota del jueves, se cocina en estas horas si el próximo gobierno será conservador-liberal o laborista-liberal. Lo uno o lo otro no evitará el ajuste prometido de un déficit del orden del 11% del PBI, sino sólo cuándo comenzará. Los tories, como siempre, son más ansiosos al respecto, aunque la medida pueda ahogar una reactivación que, al haber sido de sólo el 0,2% en el primer trimestre, casi ni merece tal nombre.
En Alemania, Angela Merkel acusó el impacto de la derrota en el land más poblado del país (Renania del Norte-Westfalia) y se puso manos a la obra… con un anticipo equivalente. La reducción impositiva que había prometido, destinada a acelerar una economía que sigue en cámara lenta, no podrá ser aplicada ahora sino recién en 2013.
En Francia, Nicolas Sarkozy presiona por una reforma de las jubilaciones, crecientemente deficitarias. Historias similares cunden en todos lados, para no insistir una vez más con el infortunio enorme que espera a los griegos, los primeros «rescatados» por sus socios.
Nadie puede esgrimir que un ajuste no deba realizarse cuando un país llega a niveles de déficit fiscal como los relatados, o a niveles de endeudamiento del 75% del PBI o mayores. Lo que puede discutirse en cuándo comenzar a aplicarlo (especialmente para no sofocar una posible reactivación), en qué magnitud, si será brusco o lo más espaciado posible en el tiempo y, sobre todo, si será socialmente consensuado o impuesto, lo que determinará qué sectores lo pagarán. O si, a nivel del bloque, el Banco Central Europeo convalidará tasas de inflación algo mayores que atenúen la necesidad de forzar una deflación en los países con mayores problemas (Krugman dixit).
De cómo se diriman estas cuestiones dependerá mucho de lo que se verá en el futuro.