Luiz Inácio Lula da Silva ganó las elecciones de 2002 y 2006 de modo casi calcado: en ambas debió esperar a la segunda vuelta, derrotó a sendos candidatos del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), los dos paulistas, y obtuvo un 61% de los votos. Sin embargo, estos datos ocultan la profunda transformación que sufrió en el período el voto por el Partido de los Trabajadores, que pasó de tener su núcleo en los suburbios obreros del sur industrial de Brasil a concentrarse abrumadoramente en el norte pobre. Las imágenes que acompañan esta nota son reveladoras: en la primera de esas contiendas el lulismo ganó en casi todo el país, pero en la segunda debió compensar la pérdida del sur con votaciones épicas en el norte.
Ese cambio, sumado a una serie de hechos políticos recientes, amenaza con profundizarse en octubre, cuando el Partido de los Trabajadores teme ser literalmente barrido en el sur rico del país, lo que, pese a la impactante popularidad del presidente, podría costarle el sueño de permanecer en el poder cuatro años más. Es que esta vez el nombre de Lula da Silva no estará al tope de la lista, y la posibilidad de que su notable nivel de respaldo se traslade a su ex jefa de Gabinete Dilma Rousseff dista de estar asegurada.
Normalmente, la elección del número dos de una fórmula presidencial resulta una confesión de los atributos de los que carece el candidato principal. Y si a Dilma algo le falta, es penetración en los estados clave del sur.
Hay que comenzar observando lo que ocurre en San Pablo, el principal distrito de Brasil, con 30 millones de votantes (un verdadero país). Allí el PSDB pondrá en juego a los dos caudillos que dominaron la política estadual en los últimos años: José Serra, el último gobernador, será el candidato a presidente; Geraldo Alckmin, su antecesor y ex presidenciable, va otra vez por el poder local. Los dos cuentan con muy buena imagen y chances ciertas de obtener triunfos abrumadores. Una revancha, acaso, para quienes fueron, en ese mismo orden, los derrotados por Lula da Silva en 2002 y 2006.
Si lo de San Pablo ya puede darse por descontado, pasa a ser crucial para Dilma lo que pueda ocurrir en el segundo colegio electoral de Brasil, Minas Gerais, con más de 14 millones de votantes. Ese es territorio de Aécio Neves, un socialdemócrata como Serra que acaba de dejar la gobernación con un escalofriante 92% de imagen positiva para competir por una banca en el Senado.
Es nieto del presidente electo para la transición democrática (y malogrado antes de asumir), Tancredo Neves. Desde hace tiempo se lo menciona como un futuro presidente de Brasil, amparado por su linaje político, su hegemonía en uno de los estados más poblados y ricos y por una gestión en la que batió récords de eficiencia, obra pública y extensión de servicios sociales.
Hace cuatro años, mientras Aécio Neves era reelecto con el 77% de los votos, Lula da Silva se imponía a Alckmin en el estado por 65% a 34%, una diferencia mayor que el promedio nacional. Funcionó entonces lo que se llamó «voto Lulécio», una alquimia que a posteriori hizo soñar a algunos con un salto de Neves al PT para ser el candidato de Lula en 2010, fantasía que se probó demasiado afiebrada.
Lo ocurrido fue tomado como una traición en el PSDB, donde se alegó que el hombre fuerte mineiro había jugado a favor del petista por haberse sentido ninguneado por la cúpula partidaria, dominada por el ala paulista.
Hoy Serra no quiere correr el mismo riesgo, sobre todo cuando sabe que en Minas persiste el resentimiento por su exigencia de que la candidatura le fuera pedida por consenso, sin aceptar someterse a una elección interna. Tan así es que halagó hasta el hartazgo a su enemigo íntimo, llegó a proponer una reforma constitucional para eliminar la reelección (un modo de fingir que podría cederle el paso en el próximo turno) y lo invitó, y hasta presionó, para que sea su compañero de fórmula.
Pero Neves rechazó la invitación. Con sólo 50 años y mucha carrera por delante, prefirió preservarse para 2014. «Finalmente, nadie vota una fórmula por el candidato a vice», se defendió.
Especulando con que una derrota de Serra (sería la segunda) dejaría ahora sí al postergado Neves en la primera línea de largada para el próximo turno, en el PT se ilusionan con una reedición de lo ocurrido en 2006 y hablan de un «voto Dilmasia». Según la especulación, el candidato del PSDB a gobernador, Antonio Anastasia, volvería a jugar contra la fórmula presidencial de su propio partido. El problema es que esta vez Aécio, el verdadero dueño del aparato estadual, parece dispuesto a jugar el partido esperable y las previsiones, sobre todo ante la ausencia de Lula da Silva como competidor directo, apuntan a un triunfo amplio del PSDB en el estado, escenario que, de concretarse, podría resultar definitorio.
«Me voy a esforzar para ayudar a Serra porque tengo un compromiso con el país que está por encima de cualquier proyecto personal», prometió Neves en una reciente entrevista con la revista Veja, intentando desmarcarse de renovadas miradas de desconfianza tras su negativa a subirse a la «chapa» socialdemócrata. Otra defección podría enemistarlo definitivamente con el partido que debe llevarlo alguna vez al Planalto… o condenarlo a la maldición familiar de quedarse siempre a sus puertas.
Así las cosas, Serra busca a su vice en otra parte, pero le sobran postulantes y problemas. Lo natural sería que la elección recayera en algún político del principal partido aliado, los Demócratas (DEM, derecha), con elevada popularidad en el norte. Un nombre que suena mucho allí, entre otros, es el de la senadora Kátia Abreu, quien tiene además a favor ser mujer y líder de la llamada «bancada rural», algo que le permitiría a Serra atenuar el marcado sesgo pro industria de su discurso.
El problema es que el candidato, que pone énfasis en cuestionar la corrupción de la administración del PT, no quiere «comprarse» los coletazos del escándalo que hace poco derrumbó a José Arruda, el gobernador del estado capital, Brasilia. Hombre de DEM, claro.
Lo de Dilma es más claro: en los últimos días apuntó con todo al presidente de la Cámara de Diputados, Michel Temer. Hombre de San Pablo y figura histórica de la principal maquinaria electoral de Brasil, sobre todo en el interior profundo, el Partido del Movimiento Democrático (PMDB), le asegura a un tiempo una imprescindible base de apoyo en el estado más importante, penetración regional y el afianzamiento de la alianza que más le importa al PT. Lo malo es que su nombre también llega acompañado de viejos cuestionamientos.
Se viene una campaña movida, de pronóstico reservado y sin lugar para errores. Un paso en falso significaría perderlo todo.
(Nota y gráfico publicados en Ámbito Financiero).