No soy uno de esos fans incondicionales de Brasil, pero sí creo que hay aspectos de ese país que deberíamos observar con atención. En especial, uno: la capacidad de mirar al futuro y diseñar una estrategia de desarrollo.
Los primeros (¿ingenuos o interesados en una comparación permanente y distorsionada con lo que ocurre en la Argentina?) suelen quedarse con los detalles anecdóticos, como si el Banco Central fija una tasa de interés más alta o más baja, si el real sube o se devalúa, si su Presidente tiene una popularidad u otra. Todas, circunstancias que, aunque importantes, pueden modificarse en un abrir y cerrar de ojos.
Lo que me interesa más pasa por la gestión que Brasil hace desde hace décadas (incluso desde su infausta dictadura) para potenciar el desarrollo nacional, eso que permanece sin variantes y que se proyecta al futuro. Son básicamente tres elementos.
Primero, la matriz energética. Se atiende la generación nuclear. Se desarrolló (con fuertes subsidios) una potente industria del alcohol de caña de azúcar para no consumir en el parque automotor combustibles fósiles hasta hace poco escasos y para viabilizar regiones con un cultivo al que se le creó una demanda adicional. Se invirtió fuerte, con aporte privado pero con control estatal, en la exploración petrolera, lo que resultó en el hallazgo de impresionantes reservas en la costa sur. Y, una vez consumado ese logro, se refuerza la participación del Estado en un negocio que asoma como fabuloso.
Segundo, el permanente fomento de la actividad industrial. Si para un país como argentina, con 45 millones de habitantes, la ecuación social y económica no cierra solamente con producción primaria, qué decir de uno con una población cuatro veces superior.
Al respecto, sobresale la actividad del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) que crea actividad privada desde el Estado a través de la concesión de crédito barato y abundante, eficientemente gestionado además, de modo que el dinero llegue al fin prometido y el repago del mismo no peligre y asegure la continuidad del esquema.
Tercero, la fijación de una estrategia de inserción internacional de círculos concéntricos para ir cimentando el desarrollo paulatinamente, induciendo una presión competitiva a la industria nacional.
Primero, fue el libre comercio con la Argentina. Luego, la expansión de sus empresas en nuestro país, a través de la compra de activos interesantes que dieron a éstas control del mercado interno y proyección externa. Más tarde, el esquema se repitió en Sudamérica. Y hoy se piensa en el mercado mundial.
¿Y Argentina?
Sería bueno que iniciara de una vez ese camino aunque sea con una demora de décadas, impuesta por políticas económicas que, en vez de reformarla, destrozaron no una sino dos, tres o cuatro veces a la industria nacional. Es cierto que desde la debacle de 2001, la tarea fue reconstruir empleo e industria desde las cenizas. Pero el problema es que nuevas demoras hacen que se genere un nuevo inconveniente, es decir un debilitamiento de la industria local dentro del mercado doméstico frente a los competidores brasileños.
La generación eléctrica es un tema que sí se ha abordado. Pero en materia petrolera falta mucho. Hay indicios de que las cuencas que descubrió Brasil podrían extenderse hacia el sur, lo que abre buenas perspectivas de exploración para nuestro país, algo que, por supuesto, requerirá inversiones cuantiosas. Al respecto, será clave definir con claridad el reparto de roles (esfuerzos y ganancias eventuales) entre el sector público y el privado.
El debate sobre el uso de reservas del Banco Central quedó, apenas, en una reyerta política y, en el mejor de los casos, en una cuestión limitada como si conviene o no usarlas para ese único fin.
¿Y si se piensa en la cuestión petrolera? ¿O en la creación de un verdadero banco de desarrollo que podría fondearse, y multiplicar su capital prestable a partir de las mismas?
El Banco del Sur, por estar sujeto a una lógica supranacional, no es un sucedáneo suficiente en este tema. Y con la ANSES tampoco alcanza.
Los primeros (¿ingenuos o interesados en una comparación permanente y distorsionada con lo que ocurre en la Argentina?) suelen quedarse con los detalles anecdóticos, como si el Banco Central fija una tasa de interés más alta o más baja, si el real sube o se devalúa, si su Presidente tiene una popularidad u otra. Todas, circunstancias que, aunque importantes, pueden modificarse en un abrir y cerrar de ojos.
Lo que me interesa más pasa por la gestión que Brasil hace desde hace décadas (incluso desde su infausta dictadura) para potenciar el desarrollo nacional, eso que permanece sin variantes y que se proyecta al futuro. Son básicamente tres elementos.
Primero, la matriz energética. Se atiende la generación nuclear. Se desarrolló (con fuertes subsidios) una potente industria del alcohol de caña de azúcar para no consumir en el parque automotor combustibles fósiles hasta hace poco escasos y para viabilizar regiones con un cultivo al que se le creó una demanda adicional. Se invirtió fuerte, con aporte privado pero con control estatal, en la exploración petrolera, lo que resultó en el hallazgo de impresionantes reservas en la costa sur. Y, una vez consumado ese logro, se refuerza la participación del Estado en un negocio que asoma como fabuloso.
Segundo, el permanente fomento de la actividad industrial. Si para un país como argentina, con 45 millones de habitantes, la ecuación social y económica no cierra solamente con producción primaria, qué decir de uno con una población cuatro veces superior.
Al respecto, sobresale la actividad del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) que crea actividad privada desde el Estado a través de la concesión de crédito barato y abundante, eficientemente gestionado además, de modo que el dinero llegue al fin prometido y el repago del mismo no peligre y asegure la continuidad del esquema.
Tercero, la fijación de una estrategia de inserción internacional de círculos concéntricos para ir cimentando el desarrollo paulatinamente, induciendo una presión competitiva a la industria nacional.
Primero, fue el libre comercio con la Argentina. Luego, la expansión de sus empresas en nuestro país, a través de la compra de activos interesantes que dieron a éstas control del mercado interno y proyección externa. Más tarde, el esquema se repitió en Sudamérica. Y hoy se piensa en el mercado mundial.
¿Y Argentina?
Sería bueno que iniciara de una vez ese camino aunque sea con una demora de décadas, impuesta por políticas económicas que, en vez de reformarla, destrozaron no una sino dos, tres o cuatro veces a la industria nacional. Es cierto que desde la debacle de 2001, la tarea fue reconstruir empleo e industria desde las cenizas. Pero el problema es que nuevas demoras hacen que se genere un nuevo inconveniente, es decir un debilitamiento de la industria local dentro del mercado doméstico frente a los competidores brasileños.
La generación eléctrica es un tema que sí se ha abordado. Pero en materia petrolera falta mucho. Hay indicios de que las cuencas que descubrió Brasil podrían extenderse hacia el sur, lo que abre buenas perspectivas de exploración para nuestro país, algo que, por supuesto, requerirá inversiones cuantiosas. Al respecto, será clave definir con claridad el reparto de roles (esfuerzos y ganancias eventuales) entre el sector público y el privado.
El debate sobre el uso de reservas del Banco Central quedó, apenas, en una reyerta política y, en el mejor de los casos, en una cuestión limitada como si conviene o no usarlas para ese único fin.
¿Y si se piensa en la cuestión petrolera? ¿O en la creación de un verdadero banco de desarrollo que podría fondearse, y multiplicar su capital prestable a partir de las mismas?
El Banco del Sur, por estar sujeto a una lógica supranacional, no es un sucedáneo suficiente en este tema. Y con la ANSES tampoco alcanza.

