El informe de los especialistas del FMI sobre Grecia asegura que «los riesgos a los que se enfrenta el programa (de ajuste, contraparte del paquete financiero de 110.000 millones de euros) son altos. El ajuste necesario no tiene precedentes y llevará tiempo, con lo que se podría caer en la fatiga. Cualquier choque no previsto podría suponer una carga para la economía y el sistema bancario, incluso si el programa fiscal va por buen camino».
Pese a la dureza de esas disposiciones, los analistas calificaron de «desalentador» el programa de privatizaciones, con el que el gobierno socialista de Atenas quiere obtener 1.000 millones de euros por año y reclaman más sacrificios, puntualmente en salud (verían con buenos ojos mayores recortes o su traspaso a manos privadas) y jubilaciones. También claman por una baja de los sueldos en el sector privado, además de en el público. Que esto ocurra es sólo una cuestión de (poco) tiempo.
Según las últimas cifras oficiales griegas, el desempleo allí trepó en febrero a un 12,1%, un salto impactante con respecto al 9,1% de un año antes. Son datos previos al estallido, al fenomenal ajuste y a sus consecuencias, por lo que cabe esperar noticias mucho peores en los próximos meses. Sobre todo si se atiende también la condicionalidad de una reforma (flexibilización) laboral.
Aun así, los expertos del FMI creen que, una vez cumplido el brutal ajuste de tres años, el país podría seguir en claro riesgo de quiebra. De lo que se trata es de evitar el contagio a otras economías, temor que persiste, según expresan hoy los mercados financieros mundiales. Se trata de un esfuerzo que «vale la pena», dicen, pese a que acaso sólo sirva para ganar tiempo, hacer un «cerco sanitario» alrededor de ese país y que en el camino deban quedar muchas víctimas. Se trata, en definitiva, de quién abre la caja de Pandora y concita sobre sí todos los males del mundo.
Los griegos están, entonces, exactamente igual que antes del “rescate”. Sólo que peor, mucho peor.
Pese a la dureza de esas disposiciones, los analistas calificaron de «desalentador» el programa de privatizaciones, con el que el gobierno socialista de Atenas quiere obtener 1.000 millones de euros por año y reclaman más sacrificios, puntualmente en salud (verían con buenos ojos mayores recortes o su traspaso a manos privadas) y jubilaciones. También claman por una baja de los sueldos en el sector privado, además de en el público. Que esto ocurra es sólo una cuestión de (poco) tiempo.
Según las últimas cifras oficiales griegas, el desempleo allí trepó en febrero a un 12,1%, un salto impactante con respecto al 9,1% de un año antes. Son datos previos al estallido, al fenomenal ajuste y a sus consecuencias, por lo que cabe esperar noticias mucho peores en los próximos meses. Sobre todo si se atiende también la condicionalidad de una reforma (flexibilización) laboral.
Aun así, los expertos del FMI creen que, una vez cumplido el brutal ajuste de tres años, el país podría seguir en claro riesgo de quiebra. De lo que se trata es de evitar el contagio a otras economías, temor que persiste, según expresan hoy los mercados financieros mundiales. Se trata de un esfuerzo que «vale la pena», dicen, pese a que acaso sólo sirva para ganar tiempo, hacer un «cerco sanitario» alrededor de ese país y que en el camino deban quedar muchas víctimas. Se trata, en definitiva, de quién abre la caja de Pandora y concita sobre sí todos los males del mundo.
Los griegos están, entonces, exactamente igual que antes del “rescate”. Sólo que peor, mucho peor.

