Ellos dejaron tendales en los arrabales del mundo, como el nuestro.
Ellos presionaron desde los 80 por una desregulación total de los mercados financieros.
Ellos lo hicieron frecuentemente a través de operaciones de lobby, eufemismo que oculta el financiamiento oscuro de campañas y el otorgamiento de prebendas (seamos buenos) a cambio de favores.
Ellos colonizaron los gobiernos de todo el mundo, instalando en el sentido común la idea de que buena parte de la política económica de los países debe sustraerse radicalmente a la acción de los representantes del pueblo a través de la autonomía de los bancos centrales. La titularidad de éstos, desde ya, debía recaer en hombres de su sector.
Ellos premiaron la ineficiencia y miopía de sus ejecutivos con bonus indignantes, que no dejaron de pagarse ni siquiera cuando el mundo se hundía bajo sus pies.
Ellos inundaron los sistemas financieros globales de hipotecas basura, emitiendo tantas y tan rápidamente como fuera posible.
Ellos les vendieron a sus clientes las bondades de esos “instrumentos de inversión” mientras sus mesas de dinero hacían fortunas jugando a la baja.
Ellos provocaron una crisis tal, que se temía que fuera comparable a la Gran Depresión de 1929-1930.
Ellos exportaron su crisis a las economías reales de todo el mundo: los planes de rescate y el descontrol del gasto necesario para evitar recesiones dramáticas llevaron a esfuerzos fiscales insostenibles.
Ellos miran hacia otro lado cuando la crisis estalla, y fuerzan ajustes sobrehumanos (éste, éste y todos los que vendrán) para “restablecer los equilibrios”.
Ellos recuperan sus ganancias y, como si nada, vuelven a premiar a los incapaces que desataron todo.
Ellos, siempre ellos.
Ellos presionaron desde los 80 por una desregulación total de los mercados financieros.
Ellos lo hicieron frecuentemente a través de operaciones de lobby, eufemismo que oculta el financiamiento oscuro de campañas y el otorgamiento de prebendas (seamos buenos) a cambio de favores.
Ellos colonizaron los gobiernos de todo el mundo, instalando en el sentido común la idea de que buena parte de la política económica de los países debe sustraerse radicalmente a la acción de los representantes del pueblo a través de la autonomía de los bancos centrales. La titularidad de éstos, desde ya, debía recaer en hombres de su sector.
Ellos premiaron la ineficiencia y miopía de sus ejecutivos con bonus indignantes, que no dejaron de pagarse ni siquiera cuando el mundo se hundía bajo sus pies.
Ellos inundaron los sistemas financieros globales de hipotecas basura, emitiendo tantas y tan rápidamente como fuera posible.
Ellos les vendieron a sus clientes las bondades de esos “instrumentos de inversión” mientras sus mesas de dinero hacían fortunas jugando a la baja.
Ellos provocaron una crisis tal, que se temía que fuera comparable a la Gran Depresión de 1929-1930.
Ellos exportaron su crisis a las economías reales de todo el mundo: los planes de rescate y el descontrol del gasto necesario para evitar recesiones dramáticas llevaron a esfuerzos fiscales insostenibles.
Ellos miran hacia otro lado cuando la crisis estalla, y fuerzan ajustes sobrehumanos (éste, éste y todos los que vendrán) para “restablecer los equilibrios”.
Ellos recuperan sus ganancias y, como si nada, vuelven a premiar a los incapaces que desataron todo.
Ellos, siempre ellos.

