La relación de Barack Obama con Luiz Inácio Lula da Silva pasó de un confesada admiración inicial a un elegante desacuerdo y, en las últimas horas, directamente a la irritación. El acuerdo nuclear patrocinado por el presidente brasileño y por el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, va mucho más allá de las habituales aspiraciones de liderazgo del inquilino saliente del Planalto y se transformó, sin medias tintas, en un obstáculo para la política exterior estadounidense.
El silencio inicial de las principales cancillerías mundiales fue elocuente en cuanto a la confusión y hasta la molestia que generó la movida de Lula. La reacción, demorada, fue rica en frases de circunstancia, llamados a la cautela e invectivas dichas entre dientes.
Si algo hicieron Lula y Erdogan en Teherán fue lanzarle a Irán el mejor salvavidas que podía esperar: complicar enormemente la posibilidad de que los cinco grandes del Consejo de Seguridad de la ONU decidan una cuarta ronda de sanciones, como es intención de la Casa Blanca.
Con Estados Unidos, el Reino Unido y la Francia del conservador Nicolas Sarkozy de acuerdo, y con Rusia avanzando aceleradamente hacia los brazos de las potencias occidentales, sólo China se erigía como obstáculo a las nuevas represalias. Pero la creciente presión de los otros cuatro países, sumada a la intransigencia iraní y a la percepción de amenaza que el plan nuclear suscita en buena parte del mundo, tampoco aseguraban una posición incólume hasta el final de una China que rankea otros temas de su agenda externa, sobre todo los que la vinculan con Estados Unidos, mucho más alto que los desplantes de los ayatolás.
Funcionales a los deseos iraníes, Lula y Erdogan les dieron al verdadero hombre fuerte de la República Islámica, el líder espiritual Alí Jamenei, y al presidente Mahmud Ahmadineyad, un negacionista del Holocausto, no sólo legitimación diplomática, sino el puente de plata que necesitaban en este trance: la aceptación casi textual del mismo plan occidental que habían rechazado hace siete meses, es decir, la posibilidad de enviar al exterior uranio enriquecido al 3,5% para recuperarlo luego refinado al 20%, esto es, apto para ser usado como combustible en sus reactores. Al hacerlo, Irán pretende mostrar que cede a los pedidos internacionales y que sus fines son transparentes y pacíficos.
El problema es doble. Por un lado, cuando ese plan fue presentado por primera vez, fue definido como una prueba de buena voluntad y no como una solución de fondo. Por el otro, el uranio involucrado, 1.200 kilos enriquecidos al 3,5%, era aproximadamente el 70% del stock iraní de entonces, situación que ha cambiado radicalmente.
La continuidad de las acciones nucleares iraníes entre el rechazo a aquella propuesta y su aceptación de ayer le permitió a la República Islámica acumular nuevas existencias, que convierten aquella cantidad en apenas un 50% del stock total. ¿Quién puede garantizar, sin un compromiso verificable de inspecciones internacionales, que el saldo no se use en actividades militares? Así las cosas, el diálogo podría reabrirse, lo que en sí es bueno. Pero el tiempo sigue corriendo…, y lo hace a favor de Irán.
La idea de que el uranio se enriqueciera en el exterior apuntaba a dos objetivos. Primero, a limitar la búsqueda del Estado sospechado de más y más centrifugadoras, lo que a la larga lo acercaría a niveles de enriquecimiento superiores al 90%, es decir, a la bomba atómica. Segundo, a llevar una contabilidad precisa que permitiera saber cuánto uranio tenía Irán, cuánto usaba como combustible en sus centrales atómicas y, sobre todo, qué hacía con el sobrante.
El acuerdo anunciado ayer con pompa no garantiza que Irán no siga enriqueciendo uranio por su cuenta (de hecho, ya lo hace al 20%), tal como le exige Occidente. Es más, en paralelo a los anuncios, funcionarios iraníes se encargaron de aclarar que no cederán en ese punto. Éste es el tema que más preocupa a las cancillerías occidentales.
Además, la nueva ronda de sanciones no respondía a la resistencia de Teherán a enriquecer su uranio en el exterior, sino a haber desoído los llamados a congelar ese proceso localmente y a la construcción secreta, de espaldas a la AIEA, de nuevas instalaciones.
Con el golpe de efecto de Lula, Erdogan y Jamenei-Ahmadineyad, las negociaciones con China y hasta Rusia por nuevas sanciones se complicarán enormemente y, sin la renuncia de estos dos países a usar su poder de veto en el Consejo de Seguridad, directamente serían inviables. Así, la presión israelí por medidas más duras contra Irán se hará sentir en Washington y, en ese contexto, esperar concesiones mayores en la negociación con los palestinos será utópico. Un golpe duro para uno de los principales objetivos internacionales de un Obama urgido de restaurar las relaciones con el mundo islámico.
La resolución definitiva de un conflicto tan complejo como éste (o como el de Medio Oriente y hasta el de Honduras) va más allá de las capacidades actuales de Brasil. Lo de ayer es diferente, más un golpe de efecto o, a los ojos de Washington, directamente un desplante.
Si la idea del presidente brasileño era mostrar un éxito internacional a fin de lograr para Brasil un asiento permanente en el Consejo de Seguridad, su raid iraní seguramente ayudará poco. Pero si el objetivo pasaba por obtener, a título personal, el cargo de secretario general de la ONU cuando deje el poder en enero próximo, el favor del bloque «tercermundista» sí que está hoy más al alcance de su mano.
Mientras, consciente de que la crisis no terminará con un movimiento de su mano, Lula da Silva se encargó en esta visita de posicionar en el mercado iraní a las empresas brasileñas, de cara a un comercio bilateral crecido, a inversiones en el área petrolera y de refino y hasta a posibles privatizaciones. Una ventaja decisiva frente a sus competidoras de países que sí creen que un Irán dotado de bombas atómicas es una amenaza.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

