Cristina Kirchner dijo varias verdades en su reciente gira por España. Algunas, referidas a la situación del juez Baltasar Garzón, quien será absurda e hipócritamente juzgado por pretender investigar en su país lo que se le permitía dirimir en el exterior.
La Presidenta elogió al magistrado suspendido, le agradeció haber abierto camino sobre la “concepción de la justicia universal en materia de derechos humanos» y cuestionó el “doble estándar” del poder judicial español. De nada le valió su excusa de que no pretendía «inmiscuirse en asuntos internos»; la derecha de ese país, en buena parte rupestre, le cayó encima con dureza.
Otras verdades fueron las que dedicó a las medidas de ajuste que se ponen de moda hoy en Europa, todo un retorno a las recetas tradicionales del FMI. Al respecto, señaló con sensatez «¿por qué con la misma enfermedad y la misma medicina va a haber resultados diferentes? Creo que hay que cambiar de remedio o de médico, o ambos». Pero fue más allá, al advertir sobre las “consecuencias políticas” que tendrán esas decisiones.
Lo escrito con respecto a uno y otro tema en este blog (para recordarlo hemos llenado de enlaces esta entrada) es elocuente sobre el grado de acuerdo que tengo sobre lo dicho en esta ocasión por la Presidenta. Tampoco vamos a rasgarnos las vestiduras por las reacciones de los celosos que cuestionan posibles injerencias en asuntos internos de otros países, que son los mismos que, siendo extranjeros, actúan de esa misma manera con el nuestro o, siendo nativos, aplauden a los anteriores cuando coinciden en la crítica.
La libertad de decir debe ser total, incluso para un presidente. Sin embargo, éste, o ésta en el caso que nos ocupa, debe atender la vieja cuestión de la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Así, la pregunta se orienta a si sus comentarios fueron oportunos.
Mi sensación es que decididamente no lo fueron. En ambos casos, puso en aprietos a José Luis Rodríguez Zapatero, cuya permanencia en el poder es lo mejor que puede esperar hoy la Argentina con respecto a España. Las mencionadas reacciones de la derecha de ese país son suficientemente ilustrativas al respecto.
Sobre el tema Garzón, fue correcto el apoyo y la polémica, en buena medida inevitable. Pero eso, el gesto público, acaso no requería agregarle tantas palabras. Los periodistas obligaron al Presidente del Gobierno español a comentar los dichos de Cristina. El socialista eludió la cuestión y salió raspando del brete centrándose en el derecho de los familiares de las víctimas del franquismo a conocer qué fue de los desaparecidos y asesinados.
Sobre el tema del ajuste la cuestión fue más seria. Rodríguez Zapatero está aplicando uno , y muy duro. Que una jefa de Estado extranjera se refiera al tema, por cierto que sea lo que dice, refuerza las posturas de los críticos, cuando hasta Mariano Rajoy se da el gusto de correr por izquierda al gobierno. Mencionar consecuencias políticas es, finalmente, un exceso, sobre todo cuando las encuestas comienzan a resultar tan elocuentes.
Cristina contribuyó, inadvertidamente de seguro, pero innecesariamente, a socavar más la ya precaria situación política del socialista. Además, al recomendar recetas keynesianas para una recesión como la española, puntualiza los años de políticas poco prudentes de aquél. Porque hoy España no tiene un mero problema de debilidad productiva y de consumo; tiene un déficit fiscal de más del 11% del PBI que no le deja ya lugar a aplicar políticas contracíclicas. Es el peor de los mundos: conceptualmente, el ajuste es inevitable y, a la vez, un suicidio social.
A veces el énfasis deja de ser valentía y pasa a ser imprudencia. Un presidente no puede hablar como un conferencista ni escribir como un bloguero.