Ya que hablamos de controles y regulaciones, cabe preguntarse, en el caso de Grecia, dónde estaban las diferentes instancias de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, bomberos más que discutibles de un incendio que, por omisión, ayudaron a propagar. O qué película miraban las agencias calificadoras de riesgo que, como recordó Cristina Kirchner, hasta no hace mucho le daban a ese país una mejor nota que a la Argentina.
La crisis griega hizo eclosión tras la de las hipotecas subprime en Estados Unidos, que obligó a todos los países a incrementar el gasto público para evitar una depresión global, pero no nació con ella. Sus causas son propias y, contra los prejuicios, el dispendio anterior no es atribuible a un gobierno de centroizquierda sino a uno de derecha.
Fue el primer ministro Costas Caramanlis quien contrató hasta el año pasado más de cien mil nuevos empleados públicos y abultó en un 70% el costo salarial para el Estado. Antes de que se desencadenara la actual debacle, el déficit fiscal ya superaba el 7% del PBI. Después de ella, trepó por encima del 13,6% y arrastró la deuda pública por encima del 115% del PBI. En un caso tal, el ajuste es inevitable y, aunque debe ser equitativo (lo que no ocurre hoy en Europa), no basta con llamar a cuatro empresarios para que “pongan la plata” que falta.
En Argentina se ha citado como un rasgo ortodoxo de política económica el énfasis del kirchnerismo en la cuestión de los superávits gemelos, comercial y fiscal. Error; es un principio de buena gestión económica. Lo conservador o lo progresista no pasa por tener finanzas sólidas o endebles sino por lo que se hace con lo que se gasta, entre otras cuestiones. No por nada, pasada la recesión del año pasado y el aumento del gasto que forzó (que llevó al Estado a acumular un pequeño déficit), no sólo la ortodoxia económica sino también los principales referentes del Plan Fénix exhortan a Cristina Kirchner a que restablezca la solidez fiscal.
Trucos contables mediante, en los que prestaron su inestimable colaboración importantes bancos internacionales, Caramanlis logró mantener ocultos los efectos de sus desmanejos (según las estadísticas oficiales, el déficit era de “sólo” el 7% del PBI en lugar del 13,6% real). Hasta su derrota electoral de octubre último, cuando el socialista Giorgios Papandréu debió hacerse cargo del desastre.
Así las cosas, el riesgo país de Grecia, que era 2 puntos porcentuales mayor al de Alemania, la referencia de la eurozona, se disparó hasta 10 puntos, cerrando cualquier posibilidad de financiamiento. Todo agravado por la vigencia del euro y no contar con el recurso de la devaluación. En ese contexto, ¿cómo se hace política contracíclica, con mayor gasto contra la recesión, en ese contexto?
El resto es historia conocida. Ajuste brutal, “rescate” sólo para los bancos y condena a la sociedad griega, recurso al FMI, silencio ante el clamor de que se reestructure la deuda pública para mitigar los costos humanos y para que los bancos sean corresponsables de la salida.
Gastar más o menos (y mejor o peor), tener equilibrio fiscal o no, la cuestión de la moneda propia, el uso de estadísticas “creativas”… Mucho en común con diferentes momentos de la Argentina. Mucho para pensar y evitar recaer en errores.