Bullicio infantil. Excitación. Guardapolvos más blancos que nunca. Trajecitos de época. Vestiditos de dama antigua. Caritas pintadas con corcho quemado. Todos tan felices… Volver a una escuela para festejar un 25 de mayo es, para quien ha pasado ya la mitad de su vida, sumergirse en un ritual conmovedor de nudo en la garganta, piel de gallina y ojos brillosos.
¿Qué resortes se activan en la mente y en el corazón de quien se ufana de haber tenido una formación universalista, que sospecha de los nacionalismos, que se ríe del patrioterismo? La magia del ritual, tal vez. Los ritos, como tales, nos devuelven a la infancia, a la parte cada vez más extensa de la vida que ya pasó, a la era de los sueños más alocados, al sentimiento de que todo era posible y que, sin duda, sería mejor, más brillante. Tenía que serlo, ¿no?
Esos sueños eran, claro, personales. Y, con el correr del tiempo, se hicieron colectivos. Y se hicieron frustración, pero nunca se olvidaron del todo.
La Patria… ¿qué será eso? Los símbolos son algo que está en lugar de otra cosa, que la representa. Como tales no tienen importancia en sí mismos. ¿Qué representan entonces la bandera, la escarapela, el himno, los próceres? A veces provoca una mueca de risa la devoción infantil de ciertos adultos por los símbolos. ¿Qué veneran, si «su Patria» resulta luego tan frecuentemente un concepto vacío de valores o un ente bucólico y carente de conflictos, reproductor infinito de injusticias? ¿El suelo? Cada país tiene el suyo, y todos son igualmente bellos, solitarios, exuberantes o abismales. ¿Los colores de la bandera? Bastaba cualquier jugada fortuita del destino para que el celeste y el blanco fueran, digamos, verde y colorado.
¿Qué nos hace singulares? Si, al cabo, duele igual en Argentina que en Brasil o que en Zaire ver a un chico semidesnudo y con la panza hinchada. O a un viejo tomar con torpeza y con vergüenza un lápiz para escribir su nombre. O a una mujer prematuramente envejecida. Los ojos de la falta de esperanza, la pregunta de qué nuevos universos podrían haber nacido de tantas vidas cercenadas. O la sangre generosa que se derramó al perseguir un sueño.
Si todos los chicos, los viejos, las mujeres, los muertos duelen igual, ¿qué nos provoca aquel nudo en la garganta y esa piel de gallina, qué nos nubla la vista en días como éste, un año tras otro?
Volvemos al principio: ¿qué es la Patria? Acaso sea el pequeño pedazo del mundo que nos creemos capaces de cambiar. Por los que están y por los que vendrán. Nada más y nada menos. Una esperanza eterna, que muere cada noche y revive cada mañana.
Felicidades para todos, amigos. Feliz Bicentenario.