“La política comercial de Brasil está basada en la reciprocidad. Con cualquier socio comercial, las medidas de liberalización o de restricción serán siempre proporcionales al trato concedido a los exportadores brasileños». Lo dijo el secretario de Comercio Exterior brasileño, Welber Barral, en referencia a las barreras impulsadas por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, a las importaciones de productos alimentarios. “Brasil tiene un sistema electrónico para controlar las importaciones. Es tocar un botón”, amenazó.
De Brasil llega el grueso de las importaciones de alimentos que absorbe el país, unos u$s 600 millones, pero las ventas a ese mercado suponen al menos u$s 2.500, desproporción que, aunque la balanza bilateral general es deficitaria para nuestro país, explica el desconcierto del vecino.
El sostenimiento de un superávit comercial elevado es clave para la continuidad del modelo económico; de los “gemelos”, es el único que permanece verdaderamente incólume. Y, se estima, este año será de alrededor de u$s 14.000 millones, una excelente cifra más que suficiente para evitar una restricción cambiaria como las que explicaron buena parte de las crisis económicas pasadas.
De Brasil llega el grueso de las importaciones de alimentos que absorbe el país, unos u$s 600 millones, pero las ventas a ese mercado suponen al menos u$s 2.500, desproporción que, aunque la balanza bilateral general es deficitaria para nuestro país, explica el desconcierto del vecino.
El sostenimiento de un superávit comercial elevado es clave para la continuidad del modelo económico; de los “gemelos”, es el único que permanece verdaderamente incólume. Y, se estima, este año será de alrededor de u$s 14.000 millones, una excelente cifra más que suficiente para evitar una restricción cambiaria como las que explicaron buena parte de las crisis económicas pasadas.
Asimismo, la absorción de ese excedente permite al país nutrir continuamente sus reservas y usar parte de ellas sin perjuicio, por caso, para el pago de la deuda pública.
¿Qué motivó al gobierno entonces para avanzar en una medida que, si uno se atiene a los últimos dichos de Cristina Kirchner, nunca existió? Bueno, al menos no en los papeles, ya que los responsables de las cadenas de supermercados admiten un pedido verbal de Moreno de no comprar artículos en los que haya producción local que, aseguran, están cumpliendo.
No hay nada de malo en proteger la industria local, aunque el clima con los socios comerciales tienda a enrarecerse a partir de esa iniciativa. Finalmente, es un conflicto más, como los muchos que siempre habrá entre socios, que será tratado sin histerias. Sin prestarse a las exageraciones interesadas, conviene analizar qué hay detrás de una movida que irrita sin que, a priori, parezca necesaria.
Se habla, ni más ni menos, que de un deterioro incipiente de la balanza comercial, con importaciones que crecen de la mano de la reactivación de la industria (insumos, bienes intermedios y bienes de capital) y de un consumo que se dispara. Un hecho esperable y hasta positivo, pero que genera inconvenientes que hay que atender.
Esa cierta erosión, ya patente en abril, cuando el saldo comercial cayó un 15% interanual (con una suba del 19% de las exportaciones y de un 48% de las importaciones), ilumina el verdadero problema: el inflacionario.
Lamento insistir con un asunto utilizado abusivamente para erosionar, ya no el valor del dólar, sino al propio gobierno. El problema es que, valga la redundancia, el problema existe.
Con la paridad peso-dólar prácticamente invariable, y los precios evolucionando a, digamos, el 20% anual, la divisa se abarata y el país se encarece en dólares. Comprar billetes verdes se hace más fácil, importar es más barato y exportar, menos redituable.
A partir de la imposición de esta nueva barrera paraarancelaria se busca dar más protección a la industria local y preservar el superávit comercial. Un modo indirecto de aumentar el tipo de cambio del sector industrial sin tocar la paridad nominal.
Lo complicado es que, al ser una práctica que no pasaría la supervisión de la OMC, el Mercosur ni ningún organismo, resulta insostenible. De ahí que Cristina haya desmentido la existencia de esa orden: simplemente no la puede justificar en ningún foro ni reunión presidencial.
Además, el problema de la inflación se amplifica en la medida en que el dislate del INDEC se sostiene más allá de cualquier razonabilidad, dando pie a que cualquier consultor, serio o aventurero, imponga en la agenda pública cualquier guarismo, verosímil o no.
La inflación también (acaso primordialmente) se alimenta de expectativas, y el lugar de credibilidad que deja vacante el instituto oficial es cubierto por cualquiera. Basta con eso, por favor.
Lo que ocurre con los precios contribuye a socavar uno de los principios que más le redituó al actual modelo económico: el del dólar competitivo y el superávit fiscal.
Para peor, el Banco Central no puede validar una devaluación algo mayor del peso (que la hay, pero que queda lejos de la verdadera evolución de los precios internos) porque, en la actual coyuntura de consumo robusto, eso iría a alimentar directamente la inflación. Un círculo vicioso que se evita anclando el precio de la divisa.
Todas las chicanas en cuanto a que hablar de inflación es propiciar el ajuste son sólo eso, chicanas. Hay quien apunta al ajuste, y son muchos. Pero no es ésa necesariamente la receta.
Ni el deterioro del tipo de cambio ni, mucho menos, el de la balanza comercial son problemas acuciantes. Eso permite trabajar con gradualismo y sin shocks. Pero el tema está en la agenda, y se hace cada vez más urgente.
Mientras, el contexto mundial cambia. El real se devalúa frente al dólar (y complica el comercio con Brasil), el euro ídem (con la misma consecuencia con Europa). El dólar, obvio, va hacia arriba y, con él, todo lo que gira el torno suyo, incluido, desde ya, el peso.
Es hora de tomar nota para evitar males futuros.
¿Qué motivó al gobierno entonces para avanzar en una medida que, si uno se atiene a los últimos dichos de Cristina Kirchner, nunca existió? Bueno, al menos no en los papeles, ya que los responsables de las cadenas de supermercados admiten un pedido verbal de Moreno de no comprar artículos en los que haya producción local que, aseguran, están cumpliendo.
No hay nada de malo en proteger la industria local, aunque el clima con los socios comerciales tienda a enrarecerse a partir de esa iniciativa. Finalmente, es un conflicto más, como los muchos que siempre habrá entre socios, que será tratado sin histerias. Sin prestarse a las exageraciones interesadas, conviene analizar qué hay detrás de una movida que irrita sin que, a priori, parezca necesaria.
Se habla, ni más ni menos, que de un deterioro incipiente de la balanza comercial, con importaciones que crecen de la mano de la reactivación de la industria (insumos, bienes intermedios y bienes de capital) y de un consumo que se dispara. Un hecho esperable y hasta positivo, pero que genera inconvenientes que hay que atender.
Esa cierta erosión, ya patente en abril, cuando el saldo comercial cayó un 15% interanual (con una suba del 19% de las exportaciones y de un 48% de las importaciones), ilumina el verdadero problema: el inflacionario.
Lamento insistir con un asunto utilizado abusivamente para erosionar, ya no el valor del dólar, sino al propio gobierno. El problema es que, valga la redundancia, el problema existe.
Con la paridad peso-dólar prácticamente invariable, y los precios evolucionando a, digamos, el 20% anual, la divisa se abarata y el país se encarece en dólares. Comprar billetes verdes se hace más fácil, importar es más barato y exportar, menos redituable.
A partir de la imposición de esta nueva barrera paraarancelaria se busca dar más protección a la industria local y preservar el superávit comercial. Un modo indirecto de aumentar el tipo de cambio del sector industrial sin tocar la paridad nominal.
Lo complicado es que, al ser una práctica que no pasaría la supervisión de la OMC, el Mercosur ni ningún organismo, resulta insostenible. De ahí que Cristina haya desmentido la existencia de esa orden: simplemente no la puede justificar en ningún foro ni reunión presidencial.
Además, el problema de la inflación se amplifica en la medida en que el dislate del INDEC se sostiene más allá de cualquier razonabilidad, dando pie a que cualquier consultor, serio o aventurero, imponga en la agenda pública cualquier guarismo, verosímil o no.
La inflación también (acaso primordialmente) se alimenta de expectativas, y el lugar de credibilidad que deja vacante el instituto oficial es cubierto por cualquiera. Basta con eso, por favor.
Lo que ocurre con los precios contribuye a socavar uno de los principios que más le redituó al actual modelo económico: el del dólar competitivo y el superávit fiscal.
Para peor, el Banco Central no puede validar una devaluación algo mayor del peso (que la hay, pero que queda lejos de la verdadera evolución de los precios internos) porque, en la actual coyuntura de consumo robusto, eso iría a alimentar directamente la inflación. Un círculo vicioso que se evita anclando el precio de la divisa.
Todas las chicanas en cuanto a que hablar de inflación es propiciar el ajuste son sólo eso, chicanas. Hay quien apunta al ajuste, y son muchos. Pero no es ésa necesariamente la receta.
Ni el deterioro del tipo de cambio ni, mucho menos, el de la balanza comercial son problemas acuciantes. Eso permite trabajar con gradualismo y sin shocks. Pero el tema está en la agenda, y se hace cada vez más urgente.
Mientras, el contexto mundial cambia. El real se devalúa frente al dólar (y complica el comercio con Brasil), el euro ídem (con la misma consecuencia con Europa). El dólar, obvio, va hacia arriba y, con él, todo lo que gira el torno suyo, incluido, desde ya, el peso.
Es hora de tomar nota para evitar males futuros.

