¿Acaso hay algo más desagradable que ver a demócratas traicionar a otros demócratas, vendiéndolos a un matón que niega el Holocausto y fragua elecciones, sólo para irritar a Estados Unidos y demostrar que ellos también juegan en la mesa de las grandes potencias? No, eso es lo más desagradable del mundo.
«Durante años, los países no alineados y en vías de desarrollo acusaron a Estados Unidos de perseguir cínicamente sus propios intereses sin ninguna consideración por los derechos humanos», observó Karen Sadjapour, de la Fundación Carnegie. «Como Turquía y Brasil aspiran a actuar en la escena global, enfrentarán las mismas críticas que antes blandieron contra otros.»
La visita de Lula y (el premier Recep Tayyip) Erdogan a Irán se produjo apenas unos días después de que Irán ejecutara a cinco prisioneros políticos que fueron torturados para que confesaran. Ambos abrazaron cálidamente a (Mahmud) Ahmadineyad como hermano, pero no dijeron ni una palabra sobre derechos humanos.
Lula, bajo fuego
Algunos siguen ignorando la pelea en curso entre Barack Obama y Luiz Inácio Lula da Silva, que registra varios antecedentes (como éste, éste, éste, y éste) y no se detiene. Es lo esperable entre el líder de un gran país emergente que aspira a más en el concierto internacional y la potencia hegemónica de la actualidad, según algunos en una decadencia que aún está por verse. Ilustremos un poco más la cuestión repasando algunas líneas de un artículo sobre la mediación brasileña ante Irán publicado por Thomas Friedman, columnista estrella y periodista por demás influyente de The New York Times, y reproducido hoy por La Nación. Para pensar un poco:

