No está tan de moda en estos días, pero muchas veces en los últimos años se ha trazado un paralelo entre el impactante crecimiento económico de la España democrática y la paralela decadencia de la Argentina. Es nuestra incapacidad, nos dicen, sumando un insólito factor étnico en el análisis: al fin y al cabo son latinos como nosotros, nos dicen.
Esos planteos ignoran un par de verdades evidentes. La primera, es que España queda en Europa y Argentina no. Una obviedad, como todas las grandes verdades.
España ingresó a la entonces Comunidad Europea en 1986 (ver foto, en el momento en que Felipe González, entonces joven y casi socialista, firmaba la adhesión), mientras en la Argentina se aplicaba el Plan Austral de Raúl Alfonsín. Una de las infinitas alquimias para encontrar la cuadratura del círculo, esto es restaurar una posición fiscal razonable en el contexto de la impresionante explosión de endeudamiento externo legada por el régimen militar. Una, y no de las menores, rémoras de la larga noche nacional.
Además, mientras la carga de la deuda asfixiaba la economía nacional, el mundo, Europa para el caso, asfixiaba al país a partir de la aplicación de un estricto proteccionismo. Los subsidios a la producción agropecuaria, que aun hoy son la verdadera traba para el acceso a un acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur, sometía a una Argentina descapitalizada a la quimera de reinventar su estructura productiva. Se nos acusaba de ineficientes cuando se trababa el desarrollo de los sectores en los que éramos verdaderamente eficientes. Algo así como burlarse de la pobreza de un eminente neurocirujano en un país en el que se prohíbe la práctica de la Medicina.
Pero, decíamos, España estaba en Europa y, a partir de los programas de adecuación y convergencia a los patrones europeos, comenzó a recibir desde Bruselas ingentes fondos. Nada menos que entre 140.000 y 170.000 millones de euros, lo que, entre otras cosas, permitió financiar el 50% de las obras de infraestructura construidas en el período. Acá, mientras tanto, el dinero también fluía, pero hacia afuera…
Si Estados Unidos hubiese tenido en este hemisferio la perspectiva política de Alemania y Francia, América Latina hoy sería un lugar mucho mejor del que es, y ellos mismos no sufrirían los problemas actuales de inmigración ilegal y narcotráfico. Pero la vida es como es.
Pero, incluso con sus dramas actuales, España se convirtió en la quinta economía europea y, por lo tanto, perderá buena parte de esos fondos en 2014, lo que le costaría medio punto de crecimiento económico cada año.
Mientras transita su peor crisis, España debe comenzar a imaginar cómo va a vivir sin la ayuda europea. Aquí lo hemos hecho con creces.
Esos planteos ignoran un par de verdades evidentes. La primera, es que España queda en Europa y Argentina no. Una obviedad, como todas las grandes verdades.
España ingresó a la entonces Comunidad Europea en 1986 (ver foto, en el momento en que Felipe González, entonces joven y casi socialista, firmaba la adhesión), mientras en la Argentina se aplicaba el Plan Austral de Raúl Alfonsín. Una de las infinitas alquimias para encontrar la cuadratura del círculo, esto es restaurar una posición fiscal razonable en el contexto de la impresionante explosión de endeudamiento externo legada por el régimen militar. Una, y no de las menores, rémoras de la larga noche nacional.
Además, mientras la carga de la deuda asfixiaba la economía nacional, el mundo, Europa para el caso, asfixiaba al país a partir de la aplicación de un estricto proteccionismo. Los subsidios a la producción agropecuaria, que aun hoy son la verdadera traba para el acceso a un acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur, sometía a una Argentina descapitalizada a la quimera de reinventar su estructura productiva. Se nos acusaba de ineficientes cuando se trababa el desarrollo de los sectores en los que éramos verdaderamente eficientes. Algo así como burlarse de la pobreza de un eminente neurocirujano en un país en el que se prohíbe la práctica de la Medicina.
Pero, decíamos, España estaba en Europa y, a partir de los programas de adecuación y convergencia a los patrones europeos, comenzó a recibir desde Bruselas ingentes fondos. Nada menos que entre 140.000 y 170.000 millones de euros, lo que, entre otras cosas, permitió financiar el 50% de las obras de infraestructura construidas en el período. Acá, mientras tanto, el dinero también fluía, pero hacia afuera…
Si Estados Unidos hubiese tenido en este hemisferio la perspectiva política de Alemania y Francia, América Latina hoy sería un lugar mucho mejor del que es, y ellos mismos no sufrirían los problemas actuales de inmigración ilegal y narcotráfico. Pero la vida es como es.
Pero, incluso con sus dramas actuales, España se convirtió en la quinta economía europea y, por lo tanto, perderá buena parte de esos fondos en 2014, lo que le costaría medio punto de crecimiento económico cada año.
Mientras transita su peor crisis, España debe comenzar a imaginar cómo va a vivir sin la ayuda europea. Aquí lo hemos hecho con creces.

